Los días del mamut

La lluviosa mañana que Julio regresó, quince años después de su desaparición, era la última del otoño. La gente de la taberna le miraba desconfiadamente, por supuesto, no reconocieron en aquel hombre al niño que todos recordaban. Los días finales del otoño los forasteros no eran bien recibidos en el pueblo. Sin duda, el único que hubiera podido reconocerle era Néstor, su hermano pequeño, la última persona que le vio antes de que desapareciese. Pero aquella mañana especial, Néstor se encontraba en el bosque, esperando al mamut.

Aquel último día de otoño, cuando todo cambió, Néstor, con solo diez años, y Julio, cuatro años mayor, despertaron antes del alba. Su padre había acordado la venta de cinco asturcones a un paisano de otra aldea, pero una pulmonía lo tenía en cama con altas fiebres desde un par de días atrás, por lo que no le quedó más solución que confiar a sus hijos el trueque. Julio, el mayor, había acompañado a su padre el día del trato, sabía perfectamente en qué consistía el acuerdo, de hecho, fue gracias a  sus dotes de negociador el sumarle diez gallinas al precio de los caballos. Debían llevar los animales a la aldea del paisano, que estaba a unos doce kilómetros de distancia, por eso madrugaron. Su madre les preparó un zurrón con media hogaza y un par de morcillas. En un principio sólo iría Julio, pero Néstor se empeñó en acompañar a su hermano hubiera sido imposible impedírselo, acabarían sabiendo con el tiempo—. Salieron con los cinco animales atados entre sí, a lomos de los primeros, dejando el pueblo por su única calle. Néstor silbaba una canción que había escuchado por la radio la noche anterior —se le había quedado pegada—, y que jamás olvidaría, aunque nunca volviera a silbarla.

Se adentraron en el bosque por una débil senda que lo serpenteaba de un lado a otro. Los árboles aguantaban el rocío, una bruma fría que envolvía la cuenca con una tristeza insondable. Julio le explicó a su hermano que aquellos caballos les harían pasar un invierno más que digno, quizás el mejor hasta la fecha, no se iban a hacer ricos, pero no les faltaría lumbre ni comida. Lo hacía como un maestro socrático, intentando, en una correspondencia de preguntas y respuestas, que el alumno alcanzara por sí mismo el conocimiento. Néstor pensaba que sería un maestro nefasto, porque todas sus preguntas le parecían muy fáciles. Una hora después de tomar la vereda parecía que aún no hubiera amanecido, a consecuencia de las oscuras nubes que cubrían el cielo. Llovía, pero la espesura del bosque filtraba el agua, dejando la tormenta en una fina llovizna. Néstor y Julio siguieron cavilosos su itinerario, como si presintieran que algo tocara a su fin, internamente alertados de que era uno de esos días en que los sueños se baten violentamente con el destino, y la vida deja de ser como era.

Julio detuvo a los caballos, desde hacía un kilómetro tenía la sensación de que alguien les estuviera siguiendo, pero la intuición se convirtió en certeza cuando escuchó el bufido de una bestia entre los árboles. En ese momento echó en falta la escopeta de su padre, había pensado echarla, pero temía más a los guardias que acechaban a los furtivos que a los jabalís que acechaban a los caminantes. Por si acaso recogió un puñado de piedras y se las echó al zurrón. Subió al asturcón y continuaron la marcha. La lluvia arreciaba y eso no le hacía ninguna gracia, no por el hecho de mojarse, sino porque haría que los caballos llegaran sucios y malolientes y no le apetecía discutir con el paisano. Al poco, un nuevo bramido le despistó de sus meditaciones, poderoso y grave, reverberó con desconocida influencia en el entorno, como si viniera de todas partes. Una cosa estaba clara: no era un jabalí. Los dos hermanos miraron a su alrededor, expectantes y, esta vez sí, atemorizados. El largo bramido se desvaneció lentamente, cediendo el silencio al crepitar de la lluvia. Ocurrió en ese momento, frente a ellos, como surgido al amparo de un rayo no visto, se encontraba lo que, entonces, les pareció un jabalí gigante.

El animal tenía colmillos de tres metros, y su altura era la de seis hombres. Alzó la trompa y resopló ante la mirada atónita de los guajes. “Es un elefante”, dijo Néstor. Julio permaneció callado, sin saber cómo actuar ante aquel animal desconocido que les cerraba el camino y les miraba fijamente. “No, es otra cosa”, respondió al fin Julio. El animal volvió a levantar el hocico, pero esta vez emitió un bramido largo y desgarrador, como el primero que los chicos escucharon. El caballo que Julio montaba, presa del miedo, se levantó sobre sus patas y trató vanamente de escapar del lugar, pero lo único que consiguió fue que Julio cayera bruscamente al suelo. Néstor se hizo como pudo con las múltiples riendas y apaciguó a los caballos; su hermano estaba en el suelo, manando sangre por la cabeza e inmóvil. Quiso ceder al llanto, pero algo en su interior se lo impidió. La bestia seguía varada en el camino como una ballena en una playa, parecía que cualquier acción le costara un gran esfuerzo, que le fuera imposible respirar el aire del extraño mundo en que se encontraba. Sin perderla de vista ni un momento, Néstor bajó de su caballo y ató las riendas a un sauce. Después se apresuró sobre su hermano, que yacía con la frente cubierta de sangre. Trató de despertarle, le golpeó la cara empapada de sangre y lluvia, repitiendo obstinadamente su nombre, Julio, Julio… en una suplicante llamada que no obtendría respuesta.

El animal le miraba —Néstor pensó que lo hacía con tristeza—. Hasta que cesó la lluvia se mantuvo agarrado a su hermano, llorando y devolviendo rabiosamente la mirada al animal, sentenciándolo vengativamente como responsable de aquella situación. Éste, como vencido por el odio que el chico le destinaba, dobló sus patas delanteras, posó sus fauces sobre el manto húmedo del bosque y, después de un pobre y póstumo quejido, se derrumbó sobre el camino, ante la mirada impávida de Néstor.

Se acercó a la bestia, tocó sus colmillos y el áspero pelaje. Gobernado por una suerte de honor ancestral tras la batalla, supo que no marcharía de allí sin su hermano, pero tampoco sin aquella fiera gigantesca. Ató lo más fuerte que pudo las cuerdas de los caballos a los enormes colmillos; esforzándose hasta el límite de sus fuerzas aupó a Julio sobre la panza del animal. Subió al primero de los asturcones y se puso de regreso al pueblo. Tardó más de cinco veces el tiempo empleado en la ida en desandar el camino recorrido. Anochecía cuando apareció por la única calle del pueblo, de inmediato, de todas las casas surgieron candiles en alto. Nadie que la hubiera visto olvidaría jamás la imagen del niño tirando del monstruo antediluviano.  Ante los que se mantuvieron allí —muchos huyeron despavoridos—, Néstor, roto en el llanto del niño que era, dijo: “Traigo a mi hermano, ayudadle por favor”.

El estupor se propagó, entre los congregados rompieron como truenos los gritos de su madre y de su padre, que apenas se tenía en pie. “¿Dónde está, dónde está?”, gritó la mujer, a la vez que abrazaba al menor de sus hijos. “Sobre la bestia”, dijo Néstor. Pero sobre la bestia no había nada. En cuanto fue consciente de aquello, el chico se zafó de los brazos de su madre y salió corriendo, miró a un lado y a otro, y trepó sobre el animal. Era paradójico cómo aquella gente acostumbrada a creer en multitud de cosas que no podía ver, en esta ocasión no creía lo que veía. Lloraban y temblaban, las madres llevaban a los críos a las casas, y los hombres, tanto los jóvenes como los viejos, sentían que las piernas les temblaban. Mientras tanto, Néstor, desquiciado, buscaba a su hermano. Debía haberse caído en algún momento del trayecto y no se había percatado. Imploró a los hombres que fueran al bosque a buscarle, debía estar en el camino. Pero nadie se adentró en el bosque, al menos esa noche. Y él lloró. No sin esfuerzo, pudieron retenerlo, para que no marchara solo. Y los maldijo a todos.

Los escasos cien habitantes del pueblo se pusieron de acuerdo para llevar al animal a una vieja vaquería y reunirse en el atrio de la ermita. Una vez reunidos, a pesar del pánico y la fascinación, casi nadie pasó por alto una idea: ese año no faltaría comida. Fue una noche de intenso trabajo, entre muchos despellejaron al animal y resolvieron la matanza a la luz de los candiles, sin descanso, para tenerlo todo listo antes del amanecer. Había quien pensaba, sencillamente, que aquello era un regalo del cielo; según transcurrían las horas, más se contagiaban de ese pensamiento. Con el alba, una partida saldría en busca de Julio, cuyos padres lloraban ya sin lágrimas, ajenos a la matanza, quizás los únicos vecinos que no veían en el animal una bendición, sino todo lo contrario. Fue aún en la ermita cuando se pronunció por primera vez la palabra “mamut” en aquellos lares. Un guaje de dieciséis años afirmó que aquella especie de híbrido entre elefante y jabalí era un mamut, lo había visto representado en un libro de la escuela. Nadie le hizo mucho caso, hasta una semana después, cuando el muchacho tuvo en sus manos nuevamente el libro donde aparecía representado el animal. Los adultos que sabían leer confirmaron la teoría del chico, era un mamut. El libro decía que se extinguieron hacía miles de años, de eso decidieron no hablar.

Por la mañana, cinco hombres partieron en busca de Julio, pensando que no tardarían en encontrarlo. A juzgar por el relato de su hermano, si no estaba muerto le faltaría poco, con lo cual no podía estar muy lejos. Recorrieron el camino nerviosos, temerosos de encontrarse con otra fiera del mismo tipo, con las escopetas bajo el brazo. Cada metro que avanzaban sin que Julio apareciera, aumentaba su alteración. Continuaron gritando su nombre, hasta el pequeño descanso donde finalizaba el rastro de hojas ladeadas. En el pueblo, durante el día, se ocuparon de reducir a cenizas los huesos del animal. Al atardecer, los que habían ido al bosque regresaron y Julio no llegaba con ellos.

Como la noche anterior, todos, hombres, mujeres y niños, volvieron a reunirse. Acordaron retomar la búsqueda por la mañana, y guardar el secreto de lo ocurrido. “Nadie quería pasar hambre”, bajo esa máxima decidieron unánimemente. El caso es que pasaron los días y el muchacho no apareció. La misma tarde que se confirmó que la carne que ya se cocinaba en las casas era de un animal prehistórico llamado “mamut”, se dio por finalizada la búsqueda de Julio. Lo más lógico parecía que los jabalís o los lobos, se hubieran llevado el cuerpo del muchacho. Y eso fue lo que creyó la gente, incluidos sus atormentados padres. Volvía a resultar paradójico cómo en aquel lugar, donde los habitantes habían aceptado el hecho de que un animal de otra época apareciera misteriosamente, optaran por aceptar la posibilidad más lógica para explicar la desaparición de uno de sus vecinos. Tan solo Néstor, que desde aquel día se había sumido en un mutismo absoluto y que se negaba a comer la carne del mamut, no aceptaba la versión oficial sobre la desaparición de su hermano. De esa manera, se comunicó el suceso a la Guardia Civil. Julio había salido al bosque y no había regresado, sin que nadie supiera nada más.

Se cumplía justamente un año de la desaparición de Julio cuando Néstor volvió a hablar, de nuevo la última mañana del otoño. El chico ató cinco caballos y dijo: “Me voy al bosque”. Como si lo esperasen, todas las familias salieron a sus puertas, brindándole una silenciosa despedida, con la tácita esperanza de que regresara con otra presa. Al atardecer, Néstor emergió de la espesura del bosque, altivo, con el gesto severo, guiando la cabeza humillada del primero de los caballos, que se esforzaban en el arrastre de un nuevo mamut. El júbilo se desató entre la gente. Sin dejar de sonreír, todo el mundo se puso manos a la obra, mujeres y hombres volvieron a la vaquería, mientras los zagales vigilaban los caminos por si aparecían forasteros o guardias. Y así ocurrió un otoño tras otro. Hasta la plomiza mañana que Julio apareció, quince años después.

Le dejaron tomar dos vasos de aguardiente, luego el tabernero apagó la radio, para que el silencio lacerara la intención de sus miradas, y el forastero comprendiera que no era bien recibido. Sin embargo, él se dedicó una sonrisa cínica a sí mismo y una mirada complaciente a aquellos hombres ociosos que no le quitaban la vista de encima.

     —Tabernero —dijo Julio, ante la expectación de sus custodios—, ¿qué puede uno comer?

     —Se le puede ofrecer un guiso de carne de caballo —respondió el tabernero—, con verduras… muy bueno.

     —Eso estará bien —dijo Julio.

Con calma comió el guiso, y bebió un vaso de vino. Después se acercó a la barra a pagar y le preguntó al tabernero:

     —¿Hay algún sitio donde pasar la noche?

     —Hay una posada a cinco kilómetros, en el siguiente pueblo.

     —Yo puedo acercarle —irrumpió uno de los hombres que allí había.

Julio se mantuvo en silencio unos segundos, mirando a su alrededor.

     —Fue la bestia la que les devoró a ustedes —dijo, ante la encendida mirada de los presentes.

El tabernero sacó una escopeta y le apuntó al pecho. Julio, impertérrito, caminó hacia la puerta. Ninguno supo contestar al forastero —algunas cosas aún les sorprendían—. Desde el umbral, Julio miró al paisano que le apuntaba temblorosamente.

     —Quieto ho —dijo Julio—, no vayes a matar a un muerto. Y no esperen más, se acabaron los mamuts.

Después se fue.

Al atardecer la noticia estaba en boca de todos, nerviosos por la inquietante nueva y por la caza de Néstor. Como cada año, salió del bosque montando el primero de cinco caballos. Sin embargo, este año algo había cambiado, todo había cambiado: no arrastraba ningún mamut. Un murmullo se extendió entre la muchedumbre, y no cesó hasta que Néstor habló.

     —Se acabaron —dijo, con una fina sonrisa y una luz en sus ojos que no se encendía desde que fuera un niño—. ¿Por dónde marchó mi hermano?

Ningún vecino preguntó cómo sabía Néstor que Julio había pasado por allí —nada parecía más normal—, al fin y al cabo era el único que siempre pensó que Julio seguía con vida.

Un chiquillo, sin abandonar la multitud, le indicó con el dedo. Néstor sajó la cuerda que le unía al resto de caballos, y antes de marchar dijo:

     —Abandonaron a mi hermano, panda de cobardes. Llegó el momento de que se apañen solos.

Después de aquella última tarde del otoño, jamás se volvió a saber de ninguno de los dos hermanos. Tampoco nadie se aventuró en el bosque a la búsqueda del mamut. ♦︎

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