Lecciones de una bofetada

Quién lo iba a decir, que un bofetón iba a ser uno de los temas con más enjundia del año. Es casi absurdo hacer la sinopsis recordatoria para que todo el mundo conozca el contexto, pero hagámosla. Nos encontramos en Alicante, en los días finales del otoño de 2016, diciembre ya, cuando un joven youtuber de media fama, que se dedica fundamentalmente a gastar bromas de dudoso gusto con cámara oculta por la calle, escoge a su nueva ‘víctima’: un hombre que aparenta treinta y pocos años y que está trabajando como repartidor de una empresa de mensajería. El youtuber se acerca a él, le pregunta por una zona de tiendas; el hombre le responde cordialmente. A continuación, el youtuber le llama “caranchoa”, y el repartidor, atónito, se indigna y le acaba soltando un sonoro bofetón que hace que el bromista se vaya sin demasiadas ganar de reírse. Hasta aquí lo que España entera vio, y lo que la puso casi de unánime acuerdo.

El bofetón del “caranchoa” será recordado durante años por muchas generaciones. Un gesto tan sencillo, un hecho tan irrelevante en el girar del mundo y, sin embargo, tan significante. ¿Cómo se explica? Tal vez por esa misma sencillez, como la gran literatura, cuanto más depurada y comprensible es una idea, cuanto mejor ejecutada está en términos estéticos o prácticos, mayor es su capacidad de afectación de masas. Y la breve escena —apenas 40 segundos— del insulto de uno y la respuesta del otro, es apabullante en significados, está cargada de mensajes fáciles de comprender, de lecciones.

Lo primero que puso de manifiesto tal situación fue el choque de dos culturas, que pueden identificarse generacionalmente, pero que no tienen tanto de eso: la cultura del trabajo y el esfuerzo, frente a la cultura del lucro y el éxito basada en el mínimo esfuerzo y la frivolidad. Lo fácil sería decir que las generaciones de jóvenes actuales están educadas todas ellas bajo la inspiración de los gurús youtuber, y que todos estos son una panda de oportunistas de la trivialidad y lo zafio. Y que quienes se criaron antes de la era de internet poseen una conciencia más sensata. No es una cuestión de edad, el culto al éxito y al lucro basado en la venalidad está instalado en el sistema desde su misma concepción, la corrupción es prueba de ello. Los sentados en el banquillo de las tarjetas black o del juicio Gürtel le llevan llamando “caranchoa” al trabajador desde hace décadas. Por eso mismo, la reacción del repartidor no fue solo la respuesta a un crío maleducado —aunque lo fuera—, sino un acto de rebelión contra todo un estado de las cosas. Un enorme ‘basta ya’ tanto más cargado de dignidad cuanto fue un acto sin intención de proyección de masas, tanto fue un acto de exigencia individual de dignidad que no esperaba convertirse en símbolo para mayorías. Y esa es otra de las lecciones, quizá la más valiosa, que dejó el repartidor con su bofetón a quien llegó a faltarle al respeto: la de no consentir, la de no bajar la cabeza, la de plantar cara en defensa de la dignidad, se arriesgue lo que se arriesgue.

La unanimidad en la defensa del repartidor y en denuncia de la actitud del joven youtuber fue otra de las aristas más interesantes de analizar. La lectura políticamente correcta de condena de la violencia en abstracto no fue suficiente para generar un consenso en esta línea, todo lo contrario. Aquello de “la violencia nunca está justificada” cayó en saco roto. Y esto es un punto de esperanza, por lo que tiene de conciencia y de espontánea sublevación frente al pensamiento y la moral dominante. Todo el mundo ha defendido fervientemente el acto incuestionablemente violento del repartidor, y lo ha hecho por una asunción del acto incuestionablemente violento del youtuber. Se entendió la lógica de la acción y la reacción. Y se defendió el derecho de la defensa, incluso de la defensa cuando es a la ofensiva. Porque la violencia no siempre está injustificada, porque ejercicio de la violencia hay en todos los órdenes de la vida y porque ésta regla todo ordenamiento social. El sistema se apuntala sobre el ejercicio de violencias y la amenaza de futuras consecuencias de este tipo. La defensa pública del derecho a defensa por medios violentos, adecuados a la situación, que llevó a cabo el repartidor frente al youtuber en Alicante, es una enorme lección para avanzar en la comprensión y conciencia sobre quién ejerce la violencia, qué violencia es de represión y cuál es de liberación y defensa de derechos básicos.

Son muchas las lecciones que se podrían seguir extrayendo de la casi parábola “caranchoa”. Pero quizás la que más merezca cerrar un primer acercamiento al tema sea la que pone de manifiesto el papel de los medios de comunicación en su divertimento de mofa y demonización de la clase obrera. Se han convertido en habituales los reality y programas que hacen de la mofa y burla sobre trabajadores el eje principal de sus temáticas. Se habla de ‘canis’ y ‘poligoneras’, de ‘hooligans’ y ‘chonis’, de periferias grises y pueblos catetos. Existe un evidente elitismo clasista en el mensaje mediático. La bofetada del “caranchoa”, tan sencilla, tan justificada, tan cargada de dignidad y tan amenazante, es una bofetada a ese discurso, un acto cargado de orgullo que debería reforzar la conciencia de la verdadera identidad de la clase obrera, no definida por una estética o una manera de hablar, sino por el esfuerzo diario y el gran acto de poner el mundo a funcionar cada día.

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