Lampedusa, Visconti y el príncipe Salina

Giuseppe Tomasi de Lampedusa no escribió, y la escribió ya en sus últimos años, más que una novela, y no la vio publicada en vida. Sin embargo, tal obra ha pasado al cuadro de honor de la literatura del siglo XX, y su título se ha convertido en un sinónimo de una forma de interpretar la política y el juego de lo colectivo. A ello contribuyó Luchino Visconti que, no mucho después de la muerte del autor y de la publicación del libro, construyó una de las más bellas películas de la historia del cine.  Pocas veces se ha dado una simbiosis tan perfecta entre el papel y el celuloide (porque en aquellos años sesenta el cine era todavía celuloide).

Giuseppe Tomasi de Lampedusa / Foto: AFP.

Mi primer contacto con El Gatopardo fue la película, que vi, con algunos compañeros de estudios y de otras cosas, cuando se estrenó en Madrid. Salimos, todos, traspuestos y dispuestos a largos comentarios en los bares de los alrededores.  Pocos meses después, en un cine de reestreno, pude comprobar los destrozos que una exhibición irresponsable puede perpetrar en una obra de arte: se había suprimido la secuencia de la cacería del príncipe Salina con el hidalgo organista don Ciccio Tumeo. Seguramente el exhibidor  había pensado que aquello de dos tipos con escopetas caminando por los montes mientras discutían y reflexionaban sobre la dignidad, la conveniencia y el honor era un latazo que aburriría al respetable. Y quizá tuviera razón, porque también hube de escuchar  comentarios de alguien a quien la secuencia del baile le había resultado insoportablemente larga y aburrida. En resumen, no sólo el filme, sino las reacciones al mismo eran materia de reflexión en aquella España de la primera mitad de los sesenta.

Algunos años más tarde leí el libro, que me impresionó en la misma medida. Había algunas diferencias, claro, pero que no alteraban el contenido literario y sólo mostraban la genialidad de Visconti. Y ahora, tanto tiempo después, a uno lo que le gustaría es poder asistir una conversación entre Lampedusa y Visconti. O mejor, entre tres, participando en ella el príncipe Salina. Porque al fin y al cabo de lo que se trata es de la historia de un príncipe contada por otros príncipes. No se olvide que tanto Lampedusa como Visconti pertenecían a la alta aristocracia italiana. Y a su mirada, distanciada, lúcida e irónica, sobre lo que fue aquella revolución, tengo poco que objetar.

El Gatopardo, además de un relato apasionante y bien construido, es un ejercicio de reflexión, de reflexión cínica, sin duda, pero de un tipo de reflexión que no se ha repetido (y a lo mejor no era posible que se repitiera) después. Cuando el príncipe Salina entiende lo que está pasando y reacciona ante ello en función de sus intereses de clase más que de su presunta dignidad personal, está escribiendo una página de historia. Lo que no le impide manifestar su desdén hacia los que intentan construir justificaciones ideológicas para el proceso vivido. Ese es el significado de ese baile, que ocupa casi un tercio de la película (y a algunos ha aburrido).  Ahí se unen la evidente decadencia de su clase y la infatuación de quienes la sustituyen.  Y es explícito el fracaso de la utopía democrática personificada en Garibaldi.

Hay un episodio clave tanto en el texto como en el filme, aunque pueda parecer menor por ocupar pocas páginas, que es la conversación del príncipe con el emisario de la nueva monarquía italiana. Un diálogo ejemplo de cortesía e hidalguía en el que Salina explica las razones de su escepticismo, con un inmenso respeto por la fe del otro en el futuro. Pero nada es tan sencillo. Cuando el príncipe propone como senador del nuevo reino al intrigante burgués don Calogero Sedara, con  el que acaba de emparentar, el caballero piamontés le responde: “Si los hombres honrados se retiran, el camino quedará libre para la gente sin escrúpulos y sin perspectiva, para los Sedara…”.  Él tampoco se engaña respecto al futuro y es muy consciente de los riesgos que se ciernen sobre la sociedad que está ayudando a construir. Su escepticismo es parejo al del príncipe, sólo que él sigue luchando, mientras que éste contempla el espectáculo refugiado en su torre de marfil, una vez masticado el sapo de las decisiones que ha tomado.

A pesar de ser tan hermosa la película, hoy corresponde ocuparse del libro, quizá menos conocido. Lo escribió Lampedusa poco antes de morir y no lo vio publicado, como se ha dicho. Hasta qué punto esto le pudo frustrar, nadie lo sabe. Lo cierto es que aunque lo escribió de un tirón, en poco más de un año, llevaba dos décadas dando vueltas al proyecto y reuniendo materiales. Todo gira alrededor de un personaje, el príncipe Fabrizzio Salina, al parecer contrafigura de un antepasado del autor, de antiquísimo abolengo feudal, sabio astrónomo enamorado de las matemáticas, y capaz de entender lo que pasa a su alrededor, independientemente de que le guste o no. Símbolo de la alianza entre la antigua aristocracia y la emergente clase poseedora (más especulativa que productiva) que se dio en las tardías revoluciones burguesas de los países mediterráneos. Pocas veces se ha dado en la literatura  un análisis tan fino de este proceso. Y prácticamente, nunca visto desde los ojos de la clase declinante.

Pero, sobre todo, El Gatopardo es una gran novela. Una novela repleta de personas vivas, a las que comprendemos, aunque estén tan lejos de nuestras preocupaciones y experiencias actuales. No son, desde luego, marionetas en un libro de tesis. Esta fue la primera y única novela de Lampedusa, pero antes había escrito mucho más, especialmente ensayos literarios sobre Virginia Wolf, James Joyce, Stendhal, Yeats, la literatura francesa del XVI… Poseía una inmensa cultura sobre la novelística del siglo XIX, lo que es evidente en la  impecable estructura de su libro. Esos ocho capítulos autocontenidos en los que encierra el mundo que desea presentar. Por ahí desfila el imponente, lúcido, atormentado y en ocasiones (muy pocas) tierno príncipe Salina, a cuya enorme humanidad dio carne y sangre magistralmente en el filme Burt Lancaster. Sólo que, en el texto, el personaje es más complejo todavía. Hay sutilezas del pensamiento a las que la imagen no puede llegar. Y está su numerosa familia, apantallada por la inmensa personalidad del padre, tan inteligente, culto y comprensivo como opresivo y dominante. Sin perder de vista a sus personajes alternativos, entre los que destacan cuatro: el impresentable e intrigante (¡pero tan listo!) Sedara, el pobre e íntegro hidalgo campesino, don Ciccio Tumeo, el mencionado emisario piamontés, y el cura Pirrone, sobre el que habrá que volver. Todos son símbolo de algo, pero en todos late la vida.

Y llevando el hilo conductor del relato, los amores de Tancredi y Angélica, tan atractivos y guapos ambos (más todavía en la película, interpretados por Alain Delon y Claudia Cardinale) que casi hacen olvidar lo que de sórdido y calculado por ambas partes tiene su emparejamiento. ¡Qué fácil hubiera sido que quedaran en un señorito aristocrático tronado y golfo y una bella nueva rica trepadora! Pero no hay nada de eso. Es éste un libro, afortunadamente, sin estereotipos. Un libro tan lleno de inteligencia que estremece, repleto de sensibilidad y, curiosamente, casi ausente de ternura. Apenas ésta nos la inspira, en algún momento, la honestidad de don Ciccio, o la pobre princesa Salina, tan beata y deseosa de recibir las, más bien escasas, efusiones amatorias de su marido. Contradictoriamente, el personaje en que podría descansar el patetismo, la infeliz Concetta, en realidad la víctima del cálculo de unos y otros, no inspira ternura, es demasiado principesca para eso, aunque sí simpatía.

Pero volvamos al capellán de la Casa de Salina, el jesuita padre Pirrone. Es un campesino que ha accedido a los estudios por medio del sacerdocio, como era tan habitual en el siglo XIX y primera mitad del XX en los medios rurales del sur de Europa. Además de consejero  espiritual del príncipe, con consejos muy poco seguidos, es su compañero y colaborador en sus trabajos matemáticos y astronómicos y, como ambos se aprecian sinceramente, aguanta con resignación las bromas y exabruptos con los que el prócer le fustiga, siempre compensados por gestos de consideración. Por Pirrone y sus problemas familiares conocemos la Sicilia profunda, y es de observar que el capítulo monográfico dedicado a ello  sigue inmediatamente  a las últimas páginas del anterior, en las que el príncipe ha explicado su propia visión de la isla y sus habitantes al emisario piamontés, sirviendo de eficaz contrapunto. Recuérdese lo que se dijo más arriba sobre la estructura del libro. Y entre unas cosas y otras no tenemos tiempo de mirar el reloj, porque la anécdota es tan viva que a menudo se nos escapa la reflexión latente.

Aunque la película sigue fielmente el texto hay diferencias, quizá sutiles, entre ambas obras de arte. El príncipe Salina es el mismo príncipe Salina en las dos, pero identificando estas diferencias se puede aprender algo sobre las que pudiera haber entre la visión de Lampedusa y la de Visconti. Es aconsejable ver la película inmediatamente de la lectura de la novela, disfrutar ampliamente de las dos, e intentar comprender a este trío de príncipes lúcidos.

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