La globalización y el increíble hombre resiliente

Dicen, rumorean, informan que la globalización viene para quedarse. Dicen, rumorean, informan que es más buena que el pan, más inocente que la virgen y más verdad que dios. Dicen, rumorean, e informan que ella es el futuro y ya está aquí.

Hace años no consulto un diccionario, tan gordos, tan tétricos, tan desactualizados siempre, ahora la wiki lo soluciona todo, siempre atenta a los mínimos deseos.

Definen la globalización como “un proceso económico, tecnológico, político y cultural a escala planetaria que consiste en la creciente comunicación e interdependencia entre los distintos países del mundo uniendo sus mercados, sociedades, culturas…”  y blablabla “la valoración positiva o negativa de este fenómeno, o la inclusión de definiciones alternas o características adicionales para resaltar la inclusión de algún juicio de valor, pueden variar según la ideología del interlocutor”, como diría Ramón de Campoamor “nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira”.

Cumbre del G-20 en Hangzhou, China (septiembre de 2016) / Foto: Getty Images.

Económicamente, la globalización reina y ejecuta a través de los llamados tratados de libre comercio. La tecnología se ha convertido en su gran aliado, y todos los días cientos, miles de empresas hacen viajar sus mercancías de un lado a otro del globo, y como en un cuento; unos extraen las materias primas barato, otros cortan barato, otros ensamblan barato, otros ponen la etiqueta barato, otros compran barato, otros sólo pueden comprar mucho más barato, y unos gordos, muy gordos se comen la riqueza y el trabajo de todos, y esta vez, ningún lobo hambriento les espera al otro lado, perro educado no muerde al amo.

No nos engañan, siempre dejan el camino sembrado de migas. Cuando hace una década uno descubría que en Amazon, una temporada completa de cualquier serie de tv costaba dos tercios menos que en cualquier tienda física o virtual patria, uno la adquiría con emoción, y cuando abría el paquete descubría qué significaba el indicativo “zone”. Es cierto que tenía fácil solución, siempre había reproductores dvd “nisupu” que los leían sin problema, o en su defecto había software adicional que abría la llave para visualizarlo en el ordenador. Lo importante era y es el mensaje entre líneas: las empresas podemos explotar, fabricar, transportar y vender en cualquier lugar del mundo, pero tú, pobre mortal, no. La globalización no es para todos.

NAFTA, firmado ente Estados Unidos, Canadá y México, es de los primeros tratados, y a fecha de hoy los efectos son devastadores para una parte importante de la población del trío. Los americanos perdieron y pierden miles de buenos empleos industriales; los mexicanos mutaron de país exportador de maíz a importador; y los canadienses empapelados a denuncias para que los llamados inversores no dejen de ganar buenos dólares a costa de esquilmar los derechos de los demás.

Los tratados de libre comercio, no son libres ni hablan de comercio, simplemente aseguran beneficios astronómicos a sus “promotores”. Obligan a cambiar legislaciones para poder vender sus productos sin cortapisas, pueden denunciar a gobiernos por subir el salario mínimo de los trabajadores de cualquier país firmante; se imponen a constituciones y a gobiernos democráticamente elegidos, y a su paso sólo dejan un puñado de ricos y un reguero de cadáveres. Quieren destruir el Estado, pero no dudan jamás en exprimirlo como a un limón al mínimo problema o al olor de la más “raquítica” de las subvenciones. No se pierden una.

La globalización no sólo no permite ni ha permitido que los trabajadores del llamado tercer mundo alcancen unos niveles de vida aceptables (salvo excepciones), sino que su gran logro es que los afortunados trabajadores del primero que consiguen trabajo o aún conservan el suyo, no ganen lo suficiente ni para vivir ellos con dignidad y mucho menos para mantener una familia. ¿Es posible sostener de forma indefinida esta situación? ¿Cómo continuar vendiendo futuro cuando siquiera hay presente? Aparentemente, las nuevas generaciones asumen el mantra de “vivir peor que sus padres”, pero esa aceptación, ¿será indefinida?

Llegados a este punto los extremos se mezclan, se confunden y se hermanan. Estar en contra de esta política es cosa de fascistas y de rojos, las personas de bien sólo desean que sus jefes sean cada vez más ricos y poderosos, ¡por si acaso les cae algo! El caladero en el que tienen que ganar votos tanto la izquierda (siempre radical según los nuevos criterios) como la extrema derecha es la ingente masa de perdedores, esos que no reciben ni las migajas que no caen, si acaso, con suerte, unos gramos de calderilla. Los antagonistas clásicos han de disputarse las simpatías y los votos de los olvidados, y si la izquierda no hace su trabajo (que obviamente no lo hace, al menos bien; y cuando lo intenta no le dejan, no sabe o no quiere) dedicándose a tachar de ignorantes a sus “votantes naturales” (en vez de asumir que parte de su mensaje es “todo para el pueblo pero sin el pueblo” y obviar que la gente no es tonta),  la derecha lo hará gustosa, porque si la derecha sabe hacer algo es hablar claro y conquistar el corazón (para eso está la inteligencia emocional) y las vísceras (sobre todo las vísceras) de las masas que ellos mismos han empobrecido y enseñado a pensar.

El objetivo teórico del libre comercio es eliminar o reducir aranceles, en realidad se trata de hacer que muchos (los otros) eliminen sus barreras comerciales mientras tú subvencionas a los sectores que te interesa mantener (EEUU “líder ideológico” de esta charada colectiva, protege su agricultura a través de diversos subsidios ,lo cual hunde el agro de pequeños países que dejan de producir determinados alimentos al convertirse estos en una actividad no rentable, y perdiendo por el camino su soberanía alimentaria). El agua, la agricultura, la energía, las telecomunicaciones, etc. son sectores estratégicos que no deberían estar en manos de intereses privados que han dado muestra sobrada de su ineficacia y estulticia.

La globalización, como doctrina económica, podríamos decir que es aquella que defiende la propiedad privada sobre todas las cosas, aboga por el abismo entre clases (preferentemente sólo dos: ricos y pobres), y distribuye entre unos pocos la riqueza de muchos.

Si la globalización económicamente es un fracaso absoluto para la mayoría de habitantes de este globo, culturalmente es un éxito sin competencia posible, se ha convertido en el gran Pigmalión de la educación de las masas. Se impone por las buenas o por las malas. Le va bien tanto si le dices que sí como si le dices que no. Vende Hayek, Friedman, Ayn Rand y también triunfa en las librerías Naomi Klein porque rebelarse vende (El rebelarse vende: el negocio de la contracultura de Joseph Heath y Andrew Potter).

El neoliberalismo se ha convertido en una síntesis perpetua. Cualquier tesis que triunfe lleva en su interior su antítesis, y el neoliberal está ahí, siempre pendiente de convertir ambas en negocio. Todo vale, todo es comparable, todo es igual.

Se dice, se rumorea, se comenta que cada dos semanas muere una lengua, y no por la extinción de sus hablantes naturales, sino porque a éstos su propia cultura ya no les sirve para sobrevivir. Se impone la lengua en la que se hacen los negocios. Necesariamente, esto no es ni bueno ni malo, salvo por el pequeño detalle de que las lenguas no sólo son vehículos de comunicación y transmisión de conocimientos, sino que también configuran y limitan nuestro pensamiento.

El neoliberalismo ha implantado su idioma, toda actividad humana es susceptible de negocio. El hombre en sus manos se convierte en sujeto de derechos en un ente sometido a las leyes y obligaciones del mercado. De hombre racional pasamos a ser hombre marca, un hombre producto desde que nace hasta que muere; cuya infancia, adolescencia y madurez están consagradas a un futuro sin circunstancias del que solo él es responsable.

Ser el mejor es el objetivo, ¿pero es accesible para todos? Por supuesto que sí. Las librerías están inundadas de triunfadores que te dirán cómo ser un genio, cómo oír el latido de la tierra siendo sordo o cómo ver siendo ciego… Y si tú fracasas es porque eres un inútil, un paria no imbuido por el positivismo de los tiempos, un tipo que no domina su mente. El hombre marca es emprendedor, seguro de sí mismo, y su mayor habilidad es la resiliencia. ¿Aún no la conoce?

Resiliencia es la estrella en este firmamento conceptual, la habilidad que permite a los individuos salir victoriosos de la adversidad e incluso de la pobreza, porque por si no lo sabía, los pobres son pobres porque quieren. Por resumir, resiliencia es la forma que tienen psicólogos y demás subespecies de expertos de decir “que lo que no te mata te hace más fuerte”, pero si te mata es porque no eres resiliente, algo que puedes aprender acudiendo a la librería más cercana o a su consulta, porque lo importante, es que ellos han estudiado y todo te lo pueden enseñar en “diez sencillos pasos” (siempre que sus bolsillos ganen peso).

El hombre marca es, ante todo, una respuesta permanente a los deseos del mercado. No pregunta, está prohibido, simplemente conoce las respuestas.

Se discute hasta la saciedad si universidad pública o privada, si universidad al servicio de la empresa o universidad al servicio del conocimiento (en rigor, esto último no se discute) sin plantearnos en ningún momento qué debería ser la universidad del siglo XXI. ¿Realmente pensamos que nunca vamos a necesitar historiadores? ¿Filósofos? ¿Filólogos? ¿Habríamos llegado hasta aquí contando sólo con economistas? ¿Con físicos? Toda rama del saber puede ser más o menos útil en un momento dado, pero todas han sido necesarias para llegar al día de hoy, y todas, en mayor o menor medida, serán necesarias para el mañana (si hay mañana).

Un día tras otro, venden lo que llaman “cultura del esfuerzo”; un día tras otro venden “menos estado y más empresa”, menos trabajadores y más autoempleo, menos educación pública inútil y más enseñanza privada de tareas supuestamente productivas, menos historia y más matemáticas, menos filosofía y más física, ninguna política y más economía.

El resultado ya lo tenemos aquí. Un tipo grosero, zafio, sin más bandera que sus negocios ni más dios que el dinero que pueda obtener, arrasa en la cuna de este “sin dios”. Es su producto, nuestro producto, nuestra suma y nuestra resta. Hinchemos el pecho con orgullo, subvencionemos el incendio en las calles, rompamos el espejo que no por estar roto dejará de ser el reflejo de lo que somos o de lo que nos llevan a ser.

Cuando uno se asoma a las entrañas del mundo de hoy, éste cada vez practica más la propiedad acumulativa despreciando cada vez más la distributiva.

La globalización, como doctrina cultural, podríamos decir que es un sistema cultural impuesto a las masas a través de los más diversos medios, especialmente mediante programas educativos estándar que sirven para unificar el mundo ignorando la diversidad de culturas del mismo.

Para finalizar, podríamos decir que la globalización es una práctica económica y cultural que consiste en el gobierno de unas élites a las que nadie ha elegido. Éstas se caracterizan por colaborar entre sí para esquilmar toda riqueza, cualquier tipo de riqueza, ignorando de forma consciente las consecuencias morales, económicas, sociales, científicas y ecológicas que deja a su paso. Un comunismo (los bienes que se apropian son de todos) para ricos.

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