La clave: ¿qué fue de los cantautores?

En 1990, durante los días previos al nacimiento de Antena3 Televisión, el futuro director de dicha cadena decidió contar con José Luis Balbín para resucitar un programa que había sido un referente en la televisión durante los años de la transición: La clave. Aquella segunda etapa del programa apenas duró tres años en antena. El formato, si bien no había caducado, tenía una competencia feroz en cualquier tipo de medio, en una época en la que la cuota de pantalla, azuzada por las nuevas cadenas de televisión privadas y autonómicas, estaba por encima de la ética, como demostró la guerra de telediarios que, por aquellos días, deformó los horarios televisivos hasta hacer que el grueso de la población se metiese en la cama media hora más tarde.

El 7 mayo de 1993, en uno de las últimas emisiones de La clave, se trató un tema cuya trascendencia escapaba al propio debate: ¿qué fue de los cantautores?

Entre los invitados cuatro pesos pesados: Javier Krahe, Carlos Cano, José Antonio Labordeta y Chicho Sánchez Ferlosio. El debate, o más bien coloquio, comienza con la evocación de aquellos primeros conciertos que parecían rituales (Labordeta defiende la descripción apelando a un espacio en el que, arropado por la relativa multitud, se podía respirar cierta libertad) y anécdotas más o menos interesantes sobre la censura que muchos de ellos sufrieron durante el franquismo –cabe destacar el momento en el que, otra vez Labordeta, cuenta cómo dos guardias civiles se sientan en primera fila durante uno de sus conciertos increpando a los que le aplauden–, para continuar con la autopsia de alguna de las carreras de los allí presentes.

En un momento dado Javier Krahe diserta con José Antonio Labordeta sobre la deformación del oído de una generación que prefería el runrún anglosajón al autóctono, después de decir que a él los conciertos de Raimon o Lluís Llach le parecían algo exageradamente aburrido. Balbín hace hincapié en el famoso capítulo de Cuervo ingenuo y es entonces cuando empieza a aflorar la verdadera identidad del debate. Porque, aunque no se llega a profundizar, se hace presente lo que ha ocurrido a nivel mediático durante los diez años anteriores: España ha cambiado y no conviene o no interesa dar cobertura a personajes que sacan los pies del tiesto. Después de la censura oficial comienza la censura mediática. Tras la resaca del 92, y después de una colección de grupos de niños pijos aporreando guitarras, rimando por rimar y diciendo sandeces o perogrulladas, la mirada de un país que intenta medirse con los que le quedan al norte se vuelve hacia la parte más mezquina de su propia idiosincrasia musical olvidando el soniquete anglosajón. Ese año La Macarena será canción del verano. Porque la respuesta a la pregunta que da título al debate está en el silencio al que los medios han condenado a una generación de músicos que le pusieron banda sonora a las reivindicaciones de una sociedad que pagó el precio de creer que podía prescindir de las letras de calidad en un mercado musical que empezaba a saber lo que era ganar dinero.

El final del programa es sin duda la parte más interesante y divertida. Balbín no tiene prisa por terminar y les pide a los invitados que interpreten algún tema. Mención aparte merece la intervención de Carlos Cano, que derrocha talento pese a la insistencia de Chicho para que le quite la cejilla a la guitarra (lo que al final agradece). El último en cantar es precisamente Chicho. Ha participado poco del coloquio. No quiere acompañarse de la guitarra, lo que el resto de invitados le reprocha cariñosamente por haber sido el único que se la ha llevado, obligándoles moralmente a cantar. Está decidido a hacerlo a capela.

Explica la división de poderes destacando el cuarto poder –que es de lo que versa el tema– y comienza a entonar sin el micro preparado. Tiene 53 años, está cansado. Viste de forma elegante pero desastrosa, escondiéndose tras unas gafas demasiado grandes y una sonrisa sin dientes pero sincera. El resto de invitados escucha con atención; saben quién es y lo que significa. Tras la primera estrofa empieza a crecer. Se abre el micro. Chicho Sánchez Ferlosio derrama profesión, perspicacia y carisma. La letra de la canción es esta: Yo iba mirando la enciclopedia / y hallé una regla que no está mal / separar el legislativo, el ejecutivo y el judicial. / Y pensaba yo, y pensaba yo, / que en mi tierra de alguna forma / la antigua norma se quebrantó, / y el segundo acalló al primero / amarró al tercero / y al cuarto no. / Pero al cuarto no, / pero al cuarto no. / El segundo acalló al primero / amarró al tercero / y al cuarto no. / No me parece que vayan / hacia la democracia que yo soñé / solo siento mucho recelo / poco consuelo, ninguna fe. / Porque digo yo, porque digo yo / que al fundirse los tres en uno / quizás ninguno sobrevivió. / Y el segundo acalló al primero / amarró al tercero / y al cuarto no. /  Pero al cuarto no, pero al cuarto no. / El segundo acalló al primero / amarró al tercero / y al cuarto no. / Por eso buscopor los diarios / y por las radios mi libertad, / con cuidado de que en la tele / no se me cuele la autoridad. / Porque ya se vió, porque ya se vio, / que a despecho de tanta euforia / la vieja historia se repitió: / y el segundo acalló al primero / amarró al tercero / y al cuarto no. / Pero al cuarto no, pero al cuarto no. / El segundo acalló al primero / amarró al tercero / y al cuarto no. / Pero al cuarto no, pero al cuarto no. 

Y, sin pretenderlo –o quizás sí–, termina aquel alegato contra ese silencio al que le condenaron los medios de comunicación, redondeando el debate con un elogio al periodismo, en un programa de televisión abocado a desaparecer, que incide en el ocaso del oficio de trovador, que es el suyo. Maravilloso.

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