La cara B del calendario en Sevilla

Se acaban los días en la ciudad del mismo modo que un niño pequeño añora, antes de comer incluso la última onza, su mascada tableta de chocolate. Se machacan los nudillos —tanto en ciertas mesas de los casi tres mil bares a la redonda como en las caras aún por cicatrizar de los demás— al igual que los granos de arena socavan las tibias en un día de ventolera. Se peinan las sirenas de los camiones de bomberos a pesar de que el agua de sus cisternas les alborota el pelo sin cesar en su intento por apagar cerillas. Los gitanos amplifican su ‘quejío’ con el eco de la madrugada en los arrabales dorados de la ciudad. El viejo invierno es, para este preciso momento que se describe, un mal recuerdo que se condensa con cada gota de sudor sobre el algodón de las ropas. Las palmeras desfilan imponentes a lo largo de las cien avenidas de esta urbe a la deriva y la tristeza de las palomas termina por desquiciar a las rapaces del eslabón más alto de sus cadenas.

Sevilla, 2016 / Foto: Victoria Jiménez.

Los coches parecen vigilantes de seguridad asustados y en las lúgubres alcantarillas de la Londres del sur los roedores engullen sin descanso pedazos de comida a medio mascar. El reloj marca las tantas menos cuarto, el sueño comienza a tumbar una a una a las farolas y el omnipresente río grande riega los balcones y los arriates que los veraneantes abandonaron por una simple toalla de playa. El pavimento traga saliva, los policías eructan su apatía y en las piernas de las muchachas brilla la miel en forma de pomada que atrae las miradas tuertas de los maridos. La luna en su apogeo, la mitad de las luces por apagar y todo el inmenso bullicio de cualquier otro mes de la temporada de flores no es más que una factura por liquidar en este mes de agosto que se sirve otro whisky en la cocina. Sueña la soledad en su calma, los turistas se sonrojan más que nunca y las rutinas de los taxistas se ventilan como si de pescado seco se tratara. Huele a suciedad, se echa de menos a la muchedumbre ingenua de las aulas, retumban las rejas de cada negocio cerrado por vacaciones y el polvo da de este modo por finalizada su colonización de huecos en cada ventana.

Pocos días después y a medida que el lubricante de los coches recupera su lugar en las hamacas del asfalto, el mes de septiembre se nos va haciendo mayor. Comienzan con él los imposibles a hacerse realidad a la par que las viejas glorias de los chiringuitos atlánticos del trimestre anterior van olvidando su prolongada resaca poscoital. Es fácil darse cuenta de que las niñas quieren seguir siendo modelos en los espejos de cada gimnasio mientras se aplastan las perennes barrigas, que preceden a los mustios sementales, soñando con un mundo mejor. A la rutina se le reza tantas veces al día como veces los imanes señalaban antaño el este por el espejo retrovisor de sus mezquitas. Los abuelos piden murmurando a gritos tragos de juventud que soporten con estoicismo sus esperas a las puertas de los cientos de colegios. Enfrente —entre idas y venidas a lo largo de sus huertos solares— los profesores de la barra y la bandeja van repartiendo clases magistrales en cada frenada para que los sedientos renueven su buen beber. Aterrizado ya pues el otoño, se comenta en los mentideros que, en la bolsa del cariño, el sexo se devalúa frente al amor.

Un par de golpes más al calendario y ya huele a castañas en la calle, la atrevida lluvia enjabona de nuevo la ropa tendida en las azoteas y el dulce vaivén de los hombres que suspiran por otros hombres pide entre escalofríos un golpe de calor. La boca de los niños exhala vaho con cada carrera en el patio del recreo antes del mediodía. Los príncipes de los semáforos persiguen a sus ruidosos cortesanos de cuatro ruedas buscando una mísera moneda que se cuele por el descosido de sus pantalones. El hastío reina en esta mañana buscando un rumbo al que perseguir mientras en el mercado los pescados hacen cola pidiendo ser perfumados con unas gotas de limón. Los telefonillos de los edificios no paran de masturbarse, las familias tienden a reunirse, las parejas a descasarse y el jamón envía un SOS en las tabernas buscando un destripador con pedigrí que sepa desnudarlo. Las esposas caminan de dos en dos por las aceras que las conducen hasta el patio trasero de los visillos, el sol lleva hoy su gorro de nazareno y evita con ello que las sombran se posen sobre el suelo. Brilla lo tenue en los charcos, también el pelo rubio de las maduras que quieren seguir reinando en la fiesta de su extinto instituto y cada pajarillo se ha quedado mudo previendo que a las nubes en breve se les escurrirá algo por el vestido.

Es así como Sevilla se ha venido comportando estos últimos meses a los ojos de algún catalejo inexacto, están a punto de llegar de su migración los belenes junto a una oleada de hambrientos ilusionados que renuevan sus nervios por Navidad. Los meses más propicios para visitarla, los que se extienden desde más allá de la cuesta de enero hasta el descuento de la primavera, es preferible que usted se pase por aquí, consiga una de esas excelentes guías turísticas impresas con miles de nombres propios o, alternativamente, se deje aconsejar por las rutas profesionales de los guías de carne y hueso. Otra opción más que interesante sería buscar por las calles de los barrios a aquellos que sepan contarles la leyenda de la ciudad en primavera.

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