La balada de Ira Hayes

“Ira Hayes, Ira Hayes, llamadle Ira Hayes el borracho, ya no contestará más, ni el indio bebedor de whiskey, ni el infante de marina que estuvo el la guerra” (“Ira Hayes, Ira Hayes / Call him drunken Ira Hayes / He won’t answer anymore / Not the whiskey drinkin’ Indian / Nor the Marine that went to war”). El tema La balada de Ira Hayes no es la historia de un hombre, es más bien el resultado del cruce de las vidas de dos hombres, dos descendientes de tribus nativas americanas y dos héroes en dos guerras distintas. Porque, de alguna forma, Ira Hayes y Peter La Farge aparecen unidos no sólo por la canción que el segundo escribió sobre el primero, sino por todas las contradicciones de la historia de los Estados Unidos que lo convierten en un país tan grande y brillante como injusto y cruel. Un país, como nos recuerda Pete Seeger (Broadside Ballads vol.2, 1963), en donde los moteles cercanos a las reservas indias combinaban carteles como “vengan a ver a los pintorescos pieles rojas” con avisos del tipo “prohibida la entrada a indios y a perros”.

Marines de EEUU izan la bandera americana en la cima del monte Suribachi, Iwo Jima, 23 de febrero de 1945 / Foto: Joe Rosenthal.

Ira Hayes es uno de los seis soldados, el primero por la derecha, que aparecen izando la insignia de las barras y estrellas en la mítica fotografía de Joe Rosenthal en lo alto del monte Suribachi, tras la batalla de Iwo Jima, que tuvo lugar en 1945. Se trata de uno de los episodios más cruentos de la guerra en el Pacífico que se cobró más de 6.000 bajas estadounidenses y en torno a 18.000 japonesas. La imagen de Rosenthal, ganadora de un premio Pulitzer, fue tomada el quinto día de los treinta y seis que duro la contienda, y rápidamente se convirtió, gracias a la eficaz propaganda militar, en icono del esfuerzo bélico norteamericano en general y del cuerpo de infantería de marina, conocidos popularmente como marines, en particular. De hecho, y sin menospreciar el sacrificio militar, el monte fue conquistado sin demasiada resistencia, puesto que los defensores estaban ocultos en las cuevas y túneles sometidos al fuego aéreo. Además, la bandera que ha pasado a la historia fue la segunda izada en aquella jornada y sustituyó a la primera que los mandos consideraban pequeña para ser vista desde otras posiciones de la isla. En cualquier caso, es La Imagen, así con mayúsculas, de la Segunda Guerra Mundial.

La balada de Peter La Farge nos cuenta que Ira Hayes era un indio del sur de los Estados Unidos: “de la tierra de los indios Pima / una gente noble y orgullosa / que cosechó el valle del Fénix en tierras de Arizona” (“From the land of the Pima Indian / A proud and noble band / Who farmed the Phoenix valley in Arizona land”). El propio cantautor era igualmente un indio descendiente de la tribu Nargaset de Nuevo México, extinta desde el siglo XIX. Él y su hermana fueron criados en la reserva Hopi de la  tribu Tewa, cerca de Santa Fe. Conocía de primera mano, por tanto, el drama que habían vivido y que vivían los pueblos nativos norteamericanos. 

☜ Ira Hayes, posando ante la foto de Joe Rosenthal.

Los Pima, a los que pertenecía Hayes y que se autodenominan Akimel O’otham, tradicionalmente habían vivido de la agricultura trabajando las tierras que fertilizan los ríos Gila, Salt, Yaqui y Sonora, pero, tras la Guerra Civil, la presión demográfica de granjeros inmigrantes procedentes de Europa llevó a que comenzaran a encontrar dificultades para acceder a los recursos hídricos necesarios para su subsistencia agraria. En las primeras décadas del siglo XX el problema se acentuó por culpa de las políticas gubernamentales —algunos lo tachan de verdadero genocidio—, como la autorización de la construcción de una presa en el río Gila (San Carlos Project Act, 1924) que dejó a esta comunidad sin agua para regar sus campos dando lugar a los llamados “años del hambre”. Como gráficamente describe la canción: “Hasta que el hombre blanco robo los derechos del agua / y la espumosa agua cesó” (“’Till the white man stole the water rights / And the sparklin’ water stopped”).

No obstante, al entrar los Estados Unidos en guerra con Japón, Hayes olvida las traiciones que ha sufrido su pueblo por parte del Gobierno y se alista en el ejército  para defender a su país. Será destinado al 2º Batallón del 28 Regimiento de Infantería de Marina, participando en la batalla de la isla de Iwo Jima, en la que el mando norteamericano persiguió con éxito hacerse con un bastión de apoyo para el ataque aéreo de los bombarderos al archipiélago nipón. 

Aquel 23 de febrero de 1945, tras el ataque americano y una vez asegurada la cumbre del monte Suribachi, fue izada una pequeña bandera que traía en su mochila un soldado, utilizando para ello un trozo de cañería abandonado por los japoneses allí. Pero el alto mando consideró necesario izar una enseña mucho más grande que pudiese ser vista desde distintas posiciones de la isla para elevar la moral de las tropas. El pelotón al que pertenecía Ira Hayes fue el encargado de llevar a cabo la tarea y su imagen, tomada por Rosenthal, se convirtió a partir de entonces en un símbolo de valor, esfuerzo y victoria en los Estados Unidos.

Ira Hayes (izquierda), junto a John H. Bradley y Rene Gagnon portando la bandera de Iwo Jima / Foto: John Lindsay/AP Photo.

La fotografía enamoró al pueblo americano, hasta tal punto que el presidente Roosevelt accedió a que se convirtiese en la imagen de la séptima campaña de venta de bonos de guerra lanzada en marzo de ese año. Por orden presidencial, los tres supervivientes de la foto —Ira Hayes, Doc Bradley y Rene Cagnon—, debían ser localizados en sus unidades y trasladados a Washington para apoyar la campaña. Pero Hayes no se sentía cómodo en su papel de héroe mediático; le parecía inapropiada la atención impostada que concentraban él y los otros que enarbolaron la enseña, mientras que el sacrificio de los muertos y heridos en la batalla quedaba en segundo plano. Además, poco antes de entrar en el cuerpo de marines había trabajado en un “centro de relocalización” de nipones americanos, un eufemismo para referirse a un campo de concentración, y había tratado con japoneses, había visto el miedo en sus ojos y había tenido a sus bebés en sus brazos. En palabras del historiador Robert S. Burrell (The Ghosts of Iwo Jima, 2006): “Los japoneses eran sus enemigos, y les odiaba, pero no podía deshumanizarles completamente”. Sus sentimientos encontrados y su dolor desbordaban todo ese folclore nacionalista que se veía obligado a interpretar. Intentó pasar desapercibido y desatender la llamada de la Casa Blanca, pero fue delatado por Cagnon y fue llevado a la capital el 19 de abril. Los meses siguientes de presión de los medios y actos públicos permaneció silencioso y taciturno, siendo su postura recriminada por los periodistas, que buscaban escribir una historia sobre un carismático perfil heroico, no sobre un indio huraño. Durante su estancia en Washington Hayes empezó a darle a la bebida seriamente, su malestar y culpabilidad crecían pues “no podía dejar de pensar en todos esos chicos que no volverán nunca y mucho menos a la Casa Blanca”. Solicitó la vuelta a su unidad en Hawai y le fue concedida por el bien de la campaña. Los años siguientes sufrió una profunda depresión agravada por el alcoholismo, fue arrestado hasta en cincuenta y una ocasiones por desórdenes públicos, y un día en 1955 lo encontraron muerto en una choza de su Arizona natal después de haber pasado la noche bebiendo con unos amigos. A pesar de su comportamiento en los últimos años y de su huida deliberada de la senda de la gloria, Ira Hayes fue enterrado con todos los honores militares en el Cementerio Nacional de Arlington.

☜ Peter La Farge, Nueva York, 1962 / Foto: David Gahr/Getty Images.

Peter La Farge también combatió, pero una contienda muy distinta, en la guerra de Corea. Con diecinueve años, en 1950 sirvió a bordo del portaaviones USS Boxer y en el servicio de inteligencia estadounidense. Y como Hayes, volvió a casa en 1953 como un héroe profusamente condecorado, aunque con algo roto dentro de él, aparte de la nariz, que se fracturó en un combate de boxeo estando en el ejército. Tras su paso a la vida civil nuestro hombre intentó hacerse hueco en el mundo del espectáculo, primero como jinete de rodeo y más tarde como actor teatral en Nueva York. Precisamente en esa ciudad empezó a frecuentar el mundillo intelectual del Greenwich Village y a relacionarse con gente como Bob Dylan, Ramblin’ Jack Elliot, Dave Van Ronk o el mismísimo pope del renacer folk y portador de la llama sagrada del maestro Woody Guthrie, Pete Seeger. Su mentor en el mundo de la música folk fue Cisco Houston, otra vieja gloria y amigo de Guthrie, que supo convertirle en el principal cantautor protesta defensor de la causa de los nativos americanos de aquella época.

La Farge abrazó la causa antibelicista a pesar de haber destacado en Corea; con 19 años tenía a noventa hombres bajo su mando y ganó cinco estrellas en batalla. Pero un día que iba de uniforme por San Francisco, una mujer lo miró con desdén y dijo, refiriéndose a la guerra: “¿esa estúpida cosa sigue adelante?”. Un comentario que le suscitó la siguiente reflexión: “Años saltados, años desperdiciados. Peleamos en una guerra en la que nunca debimos pelear. No hubo héroes en Corea”.

El cantautor eligió la figura de Ira Hayes, indio como él, para denunciar la sinrazón de la guerra y cómo los estados sacrifican las vidas de los jóvenes en la defensa de causas a veces oscuras, sin el menor respeto por el ser humano. Después de trabajar la canción verso a verso, palabra por palabra, con su maestro Cisco Houston, La Farge publicó La balada de Ira Hayes en 1962. Siempre la consideró su mejor composición y fue versionada por gente de la talla de Johnny Cash y Bob Dylan. Aparte de la figura heroica de la foto de Rosenthal, Peter La Farge nos brindó a ese joven Hayes humano que bebía demasiado y que nunca se recuperó de su paso por la guerra. El último estribillo del tema introduce un cambio, dice: “sí, llamadle Ira Hayes el borracho / pero su tierra sigue igual de seca / y su fantasma yace sediento / en la cuneta en donde Ira murió” (“Yeah, call him drunken Ira Hayes / But his land is just as dry / And his ghost is lyin’ thirsty / In the ditch where Ira died”). 

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