Kirk Douglas, senderos de dignidad

En un universo caracterizado por la falta de decencia, un lugar que es casi sinónimo de corrupción y venalidad, propicio a la traición, la falta de compromiso, el individualismo y el lucro, en ese lugar de todos los demonios que es Hollywood, resulta fascinante contemplar la estela de un ángel extraño, de rasgos duros y mirada desafiante, que se ha mantenido ajeno a esos valores infames más tiempo que nadie. Kirk Douglas cumple cien años. Su última aparición en la gran pantalla fue en el film Illusion, de 2005, con casi 90 años. Diez antes había recibido el único Oscar de su carrera, el honorífico de la 68º Edición de los Premios de la Academia. Fue sencillo en su recibimiento, se lo dedicó a sus hijos y a su mujer, Anne Buyden —con quien lleva más de sesenta años casado—, y todo el teatro se puso en pie para aplaudirle. Lo normal en un premio así. Aunque no estemos hablando de una estrella normal en el universo Hollywood. Y eso que es una de las grandes, una auténtica supernova de extraordinaria longevidad. El aplauso de ese teatro lleno de celebridades estaba plagado de cámaras y de poses para la galería, pero más allá de aquel postín, el aplauso al actor del hoyuelo en la barbilla era también el homenaje a un hombre íntegro en un universo corrompido. Era el aplauso a Espartaco, en definitiva. Y contrasta en el recuerdo con el Oscar honorífico de tan solo tres años después, en 1999, cuando Elia Kazan recibió la estatuilla a toda su carrera ante el crítico silencio de buena parte de la platea, que no se levantó de su asiento e incluso declinó aplaudir al viejo director y delator macarthysta. Para la historia quedaron las imágenes de Nick Nolte o Ed Harris impertérritos en sus butacas.

Kirk Douglas, en Senderos de Gloria (1957) / Foto: Everett Collection.

Kirk Douglas ha sido el último superviviente del Hollywood clásico, pero no se le recordará por eso, ni tan siquiera —aunque también— por una filmografía extensa y con rotundos éxitos, sino por constituirse a sí mismo como un ejemplo de independencia y valentía en un momento de la Historia en el que la mayor parte de las grandes estrellas del cine estadounidense cedieron al oprobio de traicionar a sus compañeros durante la Caza de Brujas. Fueron bastantes las grandes figuras que se solidarizaron y resistieron en primera hora. Más tarde fueron quedando pocas. De la máxima influencia y prestigio, Orson Welles se mantuvo firme en sus principios, entre los cineastas. Entre los grandes nombres actorales, solo uno no se amedrentó en ningún momento, Kirk Douglas. 

A finales de los años 40 se consagró como uno de los intérpretes con más fuerza y presencia, especialmente tras su papel de boxeador en El ídolo de barro. Se granjeó una pronta y legítima leyenda de actor de carácter, su físico le ayudó a ello. Pero sobre todo lo hizo su apuesta por mantenerse lo más independiente posible al sistema de los grandes estudios. A mediados de los 50 fundó su propia productora, Bryna, con la que comenzó a embarcarse en proyectos de alto riesgo económico, pero de valor artístico seguro. Tras el espaldarazo de su papel como Van Gogh, sufragó la primera gran obra maestra de Stanley Kubrick, Senderos de Gloria, por la que no cobraría nada como actor. Solo por hacer posible dicha maravilla de película, el cine estaría siempre en deuda con él. Sin embargo, su gran aportación, no solo al Séptimo Arte, sino a la historia de este, aportando una lección moral, estaba por llegar. Fue de nuevo con Kubrick tras la cámara, con doce millones de dólares de presupuesto —una superproducción—, adaptando la novela histórica de Howard Fast, Espartaco.

El mero hecho de querer contar la historia de Espartaco y hacerlo a partir de la adaptación de la novela de un escritor perseguido por comunista, ya es encomiable. Pero las decisiones que tomó Kirk Douglas, en contra no solo del poder de los estudios, sino de las propias instituciones políticas de su país, fueron una de las muestras mayores de coraje y valentía frente a la censura y la persecución política. Dalton Trumbo, el nombre más conocido de los Diez de Hollywood que acabaron en la cárcel por negarse a declarar su militancia o ideas comunistas, llevaba años apartado de la industria, teniendo que escribir sus guiones bajo pseudónimo y sin que se enteraran las autoridades. Kirk Douglas le eligió a él para escribir el guión de Espartaco. Podría haber hecho como otros productores, haber contratado a Trumbo clandestinamente e inventado un nombre para el firmante del guión que apareciese en los títulos de crédito, pero no lo hizo. Decidió, por su cuenta y riesgo, que Dalton Trumbo figuraría como guionista del film. Y se presentó con él en la premiere. Con ese gesto desafiante hizo caer el ignominioso telón de las listas negras de Hollywood. Unos habían conservado sus piscinas —domo dijo Orson Welles—, pero otros mantuvieron intacta su dignidad. Cuando al final del film los esclavos gritan uno tras otro “¡Yo soy Espartaco!”, y Douglas se mantiene en silencio, en Hollywood el eco decía “¡Yo soy Trumbo!” y la voz poderosa que resonaba era la de Kirk Douglas. Senderos de dignidad por ello.

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