‘Eraserhead’, la Madonna y el inconveniente de haber nacido

Tenía en mis manos un libro, El inconveniente de haber nacido, de Emil Cioran, y realmente no recordaba, ni recuerdo, qué me llevó a leer a ese tipo. En esas páginas, a través de aforismos, a través de pequeños planteamientos, y a grandes rasgos, trata de hacer frente al optimismo ante el que se enfrenta la humanidad, mostrándolo como el principio de destrucción y desdicha que azota a todos y cada uno de los aspectos que rodean a la existencia.

Judith Anna Roberts, en Eraserhead (1977) / Imagen: David Lynch/The American Film Institute for Advanced Film Studies.

En ese sentido, hay que tener en cuenta que muestra una realidad que tiene lugar únicamente bajo el yugo de la condición de existencia de una mente consciente, que es la nuestra y que da nombre y divide las parcelas tanto de lo imaginario como de lo tangible. Este órgano pensante, si se muestra como tal hasta la última de las consecuencias, se atormenta por su condición. Bajo la palabra de Cioran se nos muestra una realidad frívola y decadente enmascarada en la que nacer es el mayor de todos los males y el principio del tormento de la vida, tanto para el propio sujeto como para todo lo que lo rodea. La condena reside en que uno no decide nacer y, habiendo nacido, pierde por completo la libertad que da la nada y la inexistencia en el aura de la incertidumbre.

Todo ese ambiente nihilista me llevó irremediablemente a pensar en Eraserhead, primera película de David Lynch.

Siempre he pensado que un poema es una sucesión de imágenes mentales, sensaciones y sentimientos que no tienen que tener necesariamente un sentido argumental, o siquiera entre verso y verso, y esta película, sumida en el anacronismo subconsciente, parece el resultado de un poema escrito tal como lo concibo, con un fuerte calado surrealista en el que se pueden identificar influencias de Buñuel o de Bergman por ejemplo, pero donde la firma del director es sumamente única e inimitable.

Madonna (1895-1902), de Edvard Munch.

En esta película, el protagonista, Henry (Jack Nance), rodeado de un ambiente industrial completamente claustrofóbico y agobiante, se ve asaltado por el recuerdo de su amada Mary (Charlotte Stewart) quien ha dado a luz a un feto deforme y enfermo, producto del amor entre ambos. Ese feto no es sino un símbolo del miedo a la sorpresa de ser padre demasiado joven y un ataque de la propia vida si entendemos que la aparición de este destruye el equilibrio que había hasta ese momento. Henry, angustiado, podría decirse que se encierra en sus propios sueños y en su depresión hasta que no aguanta más y acaba por asesinarlo. Este acto podría entenderse como una liberación del sufrimiento al que se ve sometido el pequeño y al que se ve sometido él mismo.

Frente a Henry, en el pasillo del mismo edificio, vive una bella mujer (Judith Anna Roberts). Esta mujer me recuerda, ya sea por su físico, ya sea por su papel en el filme, irremediablemente a una de las versiones de la Madonna de Munch.

La versión de la que hablo supondría un litografía en la que se rodea al cuerpo de la mujer, en este caso blanca, con un marco rojo en el que una procesión de espermatozoides parecen salir de un feto, situado en la esquina inferior izquierda, dando toda la vuelta a la obra, como si de un deambulatorio se tratase, hasta dirigirse, en la parte inferior derecha hacia la propia figura de la mujer. Si atendemos, casi pareciese que la propia imagen del feto, deforme, emanara de la figura femenina, y que, de igual forma, las sombras y luces de la figura femenina tuviesen lugar gracias a las figuras de los fetos, agolpados entre sí. Se le daría otro matiz, en este caso, a la teoría de Cioran y a la obra de Lynch, donde coincide que la mujer también aparecería como víctima, mientras, en esta obra pictórica, además de esto aparece como la portadora de esa fatalidad.

Si aunamos estas tres obras, y le damos este sentido, atendiendo al principio de subjetividad en el arte, podríamos ver desarrollada la teoría del nacimiento como la verdadera y única mala suerte, como decía Cioran.

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