El ‘youtuber’ y la furia

Fíjense en esta sinuosa y perfectamente senoidal onda. Silva, vibra, culebrea, esquiva todos los obstáculos durante unas milésimas de segundo para después perderse entre los gritos de la masa que busca los regalos de Navidad en una calle contigua. Nace con la forma de unos pocos pero efectivos DB’s, el equivalente en términos menos abstractos a una palma de la mano de un repartidor sobre la cara de un imberbe con pinta de nazi ochentero y que, irónicamente, utiliza el término “experimento sociológico” para justificar que le acaba de llamar “caranchoa”, y muere con los ecos de todo un país que parece más pendiente de si el imbécil en cuestión se la merecía o de discutir sobre el uso de la violencia (que levante la mano el que crea que no) que de la plasticidad de la obra sonora en sí misma. El gran productor Juan de Dios Martín, uno de los mejores oídos de este país no ha pasado por alto este detalle y ha tenido la brillante idea de grabarla en su Pro-Tools,  añadirle unas gotas de compresor Neve 2254E para calentarlo un poco (a la hora en la que se produjo la colisión en Madrid hacia apenas unos miserables 9 grados) y darnos la oportunidad de admirarla sobre la pantalla… y descojonarnos. 

Al igual que las ondas sonoras que se inician en un punto aleatorio y se extienden indiscriminadamente hasta que el ruido y la furia desaparecen, la figura más clara es la del albañil cagándose en alguien muy alto desde el segundo piso un miércoles antes del amanecer, la influencia de las personas en el mundo ha ido variando. Primero fueron los jefes de Estado, con sus discursos repletos de consejos paternalistas y las dosis justas de miedo y patriotismo, a los que les siguieron los de los grandes empresarios y banqueros que, con sus trajes caros y pieles UVA, revirtieron la tendencia en defensa de sus cuentas bancarias y el interés (se abren comillas) “común” para dejar paso a un poder fáctico pero sin cara o visibilidad concreta que coincide con la incorporación de las mujeres a las áreas de influencia política y empresarial. 

Todo iba como la seda hasta que se colaron, con un siglo XXI a punto de cumplir la edad legal para mantener relaciones sexuales consentidas con adultos, unos personajes más bien planos dentro de sus pantallas cuadradas, dotados con la inteligencia de un trilobite, absolutamente grotescos a los ojos de cualquiera que lea un poco y que inquietan a los machos de estado, empresarios, poderosos sin cara y mujeres beligerantes. Al menos en el plano virtual (que levante la mano otra vez el que haya conocido a su pareja en un lugar que no sea Internet). 

Estos niños-ñas-ñatos son los youtuber y su estridencia es tan ensordecedora que, un poco por envidia, por incomprensión y simplemente porque nada dura para siempre y menos aún en Internet, comienzan a ganarse la antipatía de muchos. La mía ya la tenían desde hace tiempo, pero es lógico, soy español y me jode el éxito de los demás y más aún el de los jóvenes.

Paradójicamente, este del experimento sociológico con perfil de anchoa ha conseguido exactamente lo que se proponía pero con los efectos indeseados: ser lo más visto y comentado del día, hacerse unos cuantos euros por la cara, que las cazadoras de piloto a lo Top Gun se pongan otra vez de moda y dejar muy claro que la violencia nunca está justificada pero que a veces, aunque solo sea por la preciosa onda sónica que genera, puede ser algo que se parece mucho a la perfección.

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