El precio del gasóleo

Algunas veces los conductores no sabían a cuánto les salía el litro de gasoil. Aquello ocurría por la tardes. En la pantalla de cada surtidor sólo quedaba registrado el precio del último combustible que se hubiera repostado. La mayoría pasaban a pagar sin decir nada. Pero alguno que otro no se resistía a hacer algún comentario jocoso sobre los precios que figuraban en la torre, o mejor dicho, sobre los precios que no figuraban. Y yo fingía no haberme dado cuenta con un lacónico “condenados críos”.

Fotografía de Harry Gruyaert, Magnum Photos.

No era mucho lo que tenía que hacer, básicamente, cobrar lo repostado en cada uno de los ocho puestos, y lo que la gente comprara en la tienda: hielos, pan y periódicos, apenas invariablemente. A la entrada de la gasolinera había una especie de estandarte de hierro y plástico duro, de unos cuatro o cinco metros de alto. La mayor parte del panel lo ocupaba el logotipo de la empresa, debajo quedaban los precios de los combustibles. Todas las semanas variaba alguna tarifa. Y entonces debíamos cambiar el precio en el panel. Cada dígito se componía de siete pestañas, dos verticales a cada lado y tres horizontales: una superior, otra inferior y otra en el medio. Si ninguna estaba girada, se formaba un ocho amarillo fosforescente. Si sólo estaba girada la de en medio, el número formado era un cero. Si se giraban las dos de la izquierda: un tres.

Yo trabajaba una semana de noche y dos de tarde. Por las noches apenas hacía otra cosa que leer las revistas y escuchar la radio. Por la tardes había más movimiento. La gasolinera bifurcaba la travesía, por donde estaban obligados a transitar todos los vehículos que quisieran entrar o salir del pueblo. El trasiego de peatones también era constante. A unos trescientos metros se encontraba el polideportivo y, justo enfrente, la estación de tren.

Los críos bajaban a entrenar fútbol y aprender a nadar, en su mayoría. Se detenían a un par de metros del panel, intentando pasar inadvertidos junto a un semáforo cercano, mientras observaban si yo estaba dentro de la tienda y si estaba ocupado o no. Cambiaban los precios del gasóleo girando las pestañas. Mientras unos vigilaban, un par de ellos reemplazaban los números por letras. Tan sólo los del gasóleo, porque eran los de las dos líneas más bajas. A los precios de la gasolina no llegaban. En ocasiones les veía cometer su fechoría y salir corriendo. A veces miraba por la cristalera y veía que donde debía haber un 100,43 o un 94,80, se leían cosas como “JODES CULOS”, o “PUTAS LOCAS”, cada palabra en una línea. Aunque también se abordaban otros temas. Me hacía gracia, y por eso mantenía el cambio hasta que algún cliente comentaba la travesura de los chavales.

De vez en cuando, cuando les veía rondando por el panel, salía y les espantaba, tan sólo para que el juego no se hiciera aburrido. Y de esa manera, las siguientes tardes volvían a intentarlo con renovado ánimo. En cierta forma se fue configurando como un juego con un desarrollo más o menos tácito, una suerte de función secreta entre los chicos y yo. Con unas reglas igualmente comprendidas. Si los mensajes que formaban en el panel me parecían poco originales o se hacían repetitivos, entonces los eliminaba rápidamente y no les daba posibilidad de que pusieran nada los días siguientes. Si por el contrario la ocurrencia me resultaba divertida, entonces les premiaba manteniendo los textos hasta la hora de marchar. Antes de irme volvía a poner los precios, para no transferirle la broma al compañero del siguiente turno. O quizás fuera sólo por egoísmo, como un crío que no quiere que nadie más juegue con su pelota. Y lo cierto es que algunas veces me daba pena sustituir lo escrito por el precio del gasoil, porque algunos textos eran realmente originales, casi artísticos, como “SAPOS COJOS”, “ERROR FATAL”, “OLOR A PEDOS”, o “FUERA JUEGO”.

Una tarde pasó un tipo a la tienda, a eso de las siete y pico, cuando más gente había. Era un hombre de unos cincuenta y cinco años. Entró alarmado y se detuvo junto a la puerta: “¡Oye –chilló–, hay unos chavales cambiándote los precios!”. Con tanta gente alrededor no podía pasar del asunto como si no tuviera importancia, algún conocido del jefe podía andar por allí. Así que me dispuse a hacer un poco de teatro para la clientela y salí a ahuyentar a los chicos. Corrí hasta el panel, gritando: “Cabrones, dejad eso”. Los chavales se esfumaron rápidamente. Me detuve y les lancé un par de fingidas amenazas más, de cara a la galería. Habían salido corriendo y ya estaban lejos, posiblemente ni siquiera llegasen a escucharme. Lo más probable es que sólo me viesen hacer aspavientos junto a su obra inacabada. Y justo entonces, en un instante, todo desapareció.

Recuerdo que vi la piedra acercándose a mi, apenas un segundo antes de que me golpeara en plena frente. El sol estaba bajo, a punto de caer bajo la línea del horizonte y me cegaba. No pude ver cuál de los chicos lanzó la piedra. Me golpeó sobre la ceja derecha y caí al suelo de súbito. Cuando recobré la conciencia se acercaban los clientes que estaban repostando en ese momento. Traté de incorporarme, pero la gente me lo impidió. Me había llevado un buen batacazo y la verdad es que la sangre manaba escandalosamente. Al fin convencí al gentío de que estaba bien y me llevaron a la tienda. Maldijeron a los chicos y yo no dejaba de asombrarme por lo poco que la herida me dolía.

Me dieron cuatro puntos de sutura y estuve un par de días de baja. Luego me incorporé en el turno de noche, y pasé la semana con la rutina acostumbrada de las madrugadas: escuchando la radio y leyendo, a la espera de algún insomne que acudiese a comprar cualquier irrelevancia, o de los taxistas que solían ir a llenar el depósito. 

Al lunes siguiente, por la mañana, me quitaron los cuatro puntos. Desde que era un crío no me habían cosido ninguna brecha y ya no recordaba esa sensación del hilo deslizándose bajo la piel. A las tres de la tarde le di el relevo al compañero. El camión cisterna estaba llenando los depósitos y se había formado un poco de cola en la tienda. Luego la actividad se normalizó y todo fue como siempre, sin demasiada prisa. Recuerdo que me pasaba la mano con cuidado sobre la cicatriz porque aún conservaba unos pequeños puntitos de costra y me daba la sensación de que se fueran a abrir. Precisamente salía del baño, de comprobar en el espejo que la herida estaba perfectamente cerrada, cuando a través de la cristalera vi que algo había cambiado. En el panel, los precios del gasóleo habían desaparecido. Uno estaba sencillamente fundido a negro, con todas las pestañas giradas. En el otro, el de la línea de abajo, se leía “PErdn”. No estaba bien escrito, porque no había espacio suficiente para todas las letras. La “p” y la “e” eran mayúsculas, la “r” y la “d” minúsculas, y no había ninguna “ó”, tan solo una última “n” minúscula. La palabra lucía extraña, como si estuviera escrita con el alfabeto de un idioma desconocido. Sin embargo se reconocía fácilmente.

Aquella tarde nadie hizo comentario alguno sobre los precios del gasóleo. Y me fui a casa sin cambiar el panel, fue la primera vez. Después ya no hubo más textos, y los carburantes se pusieron por la nubes. ♦︎

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