El hombre es un hombre para el lobo

“Déjame en el monte, déjame en el risco,

déjame existir en mi libertad,

vete a tu convento, hermano Francisco,

sigue tu camino y tu santidad […]”

Los motivos del lobo, Rubén Darío

¿Quién no ha escuchado y leído historias sobre lobos? Desde siempre, todo tipo de cuentos, fábulas, leyendas, han ejemplificado el temor que nos producen. Pedro y el lobo, Caperucita roja, Los tres cerditos, El lobo y los siete cabritillos… En todos ellos, la figura del lobo ha sido presentada como un animal maligno, cargado de crueldad y sed de sangre: el lobo feroz es el arquetipo que el ser humano creó y transmitió a lo largo de los siglos para meter miedo y cuidarnos, así, de su presencia. Tan terrorífico es. Pero, ¿es justo este estigma?

El lobo protege lo suyo y nosotros protegemos lo nuestro, de eso no hay duda. Lo nuestro, en la era de los primeros cazadores, fue la presa como único sustento de la vida. Lo suyo también. Ambos hemos competido por la supervivencia. El instinto de conservación era algo común a todos los animales, porque todos estaban en igualdad de condición. ¿Qué condición? La ausencia absoluta de moral que operaba bajo una especie de “contrato” natural y tácito. Mas, aquellos cazadores lograron organizarse en colectivos mayores y acabaron descubriendo la manera de agrupar a ciertos animales más o menos dóciles para su propio beneficio e, incluso, domesticar a otros más fieros como el lobo para proteger lo suyo de, por ejemplo, otros lobos. La caza y la recolección fueron sustituidas por la ganadería y la agricultura; ya no era necesario competir con el resto de animales por la subsistencia de la especie. Al instinto de conservación se le superpuso, entonces, uno más ambicioso y exclusivo del hombre: el instinto de dominación.

ejemplares-iberico-ana-retamero-ea_ediima20160401_0231_4Ejemplares de lobo ibérico / Foto: Ana Retamero EA.

El salto que supuso el neolítico al pasar de pequeños grupos nómadas a sociedades sedentarias mucho más complejas, también supuso una gran revolución en el germen ya habido de la cultura como un rasgo fundamental de lo humano: junto al dominio del entorno y la construcción de herramientas y objetos por medio de la técnica, se le fue sumando, poco a poco, la creación de conceptos y categorías a través del lenguaje. Así, con el transcurrir del tiempo, las sociedades crecieron, establecieron reglas y delimitaron su espacio, dejando bien definido el límite de la civilización frente a lo salvaje. El lobo domesticado se convirtió culturalmente en “el mejor amigo del hombre”, mientras que el otro, per negationem, en el peor: un monstruo sanguinario que debía ser exterminado por el bien de la comunidad.

“El hombre es un lobo para el hombre”. Aunque el ser humano se haya fijado en la naturaleza desde sus primeras edades, no siempre ha sido un puro deleite o terror sagrado lo que le ha llevado a contemplar la inmensidad de lo otro, sino la búsqueda de un espejo que consiga reflejar su ser profundo, su identidad. El lobo, más que cualquier otro animal, representa esa parte del ser, lo atávico, que nos constituye —a este respecto, no son nada azarosas las leyendas sobre hombres-lobo, surgidas en culturas tan distintas y alejadas entre sí—. De ahí que la famosa locución popularizada por Thomas Hobbes, aparte de expresar la violencia (demasiado humana, que diría el otro) a la que es capaz de llegar el hombre, revele de manera clara el uso que la cultura popular ha hecho del término lobo. De ahí también la necesidad imperiosa de separar, de una vez por todas, esa parte animal, inconsciente quizá, de la humana conciencia.

A medida, pues, que el lenguaje abstracto se fue desarrollando, introdujo términos morales (no vamos a entrar en qué lo motivó) como el Bien y el Mal. El Bien era todo lo que partía de Dios y encaminaba al hombre hacia la salvación. El Mal, al contrario, todo aquello que quedaba excluido, fuera de sus límites y, por tanto, condenado al Infierno. Las bestias, lo salvaje, las alimañas… todo lo que fue considerado enemigo de la moral era, en definitiva, demoníaco y había que erradicarlo. Los lobos, como no podía ser de otra forma, fueron categorizados por la cultura en este segundo grupo de seres “inmorales”.

Hasta nuestro días. El imaginario construido alrededor del lobo ha quedado tan arraigado que algunos de nuestros ganaderos y cazadores furtivos —y no tan furtivos— siguen tomándose la licencia de matarlos en masa y en secreto. Y ya ni siquiera en secreto. Ahora, en una suerte de regresión al sacrificio, alardean de su triunfo frente al animal, colgando sus cabezas de árboles, postes y señales de tráfico. Es el signo de la fuerza y la territorialidad. En todos ellos, las connotaciones hacia el lobo son las mismas que se fueron forjando a lo largo de la historia. Adjetivos como “crueles”, “sanguinarios”, “asesinos” son usadas clamando justicia para defender su ganado, su territorio, su propiedad. Las batidas para dar caza al lobo están a la orden del día. Por supuesto, tienen derecho a su bienestar y al de los suyos —si es que tal derecho existe, si no son los derechos vanos espejismos que disimulan una falla.

Sin embargo, habiendo superado ya determinadas construcciones morales y, sobre todo, habiendo cambiado de manera irreversible la condición natural de igualdad, ¿es nuestro derecho superior al del resto de seres vivos? ¿No habría que poner en marcha un tercer instinto por encima del instinto de conservación y el de dominación? ¿No es la Moral, la Ética, no es el pensamiento y la imaginación a todas luces lo que nos diferencia, más que cualquier otra cualidad, del resto de animales?

Lo que no cabe es ese doble rasero de querer mantener al lobo como un animal autóctono y salvaje, revestirlo de cierta simbología, de cierto misticismo identitario, a la vez que se le masacra. El silencio administrativo y la ineptitud de los gobernantes para lidiar con el lobicidio no hacen sino agravar la situación. Medidas tan superficiales como la indemnización por la muerte de reses supeditan el interés económico y el rendimiento político al ecológico. No se da solución ni al exterminio de los lobos ni a la convivencia con ellos; se agudizan, de hecho, las prácticas furtivas y la picaresca para el lucro e interés de unos pocos.

Si miramos la escena desde el prisma de una ética naturalista el lobo ya no es el “temible monstruo” de los cuentos. Es tan solo un animal eco-dependiente e interdependiente a punto de ser extinguido por otro animal que también lo es aunque éste se piense soberano y absoluto—. Al fin y al cabo, somos nosotros, los humanos, los que creamos las reglas, las palabras, las definiciones, los conceptos; nosotros categorizamos y etiquetamos, e inventamos historias y cuentos que calmen nuestra angustia frente a la implacable incertidumbre. Queremos limpiar la conciencia de nuestros actos, por muy atroces que sean.

¿Os imagináis qué pasaría si la evolución dotara a otros animales de conciencia con la que alcanzar una moral superior a la nuestra?, ¿qué leyendas, qué mitologías, que fábulas del hombre feroz relatarían? Lo más triste es que hoy día ya no hace falta imaginación alguna para ver cuán feroz es el hombre.

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