¿Cómo de alto es demasiado alto?

1995. Llovía. Un blanquito, con el pelo como una fregona y una lata de Stella arrugada en una mano, abrió violentamente la puerta (suponemos que con la mano libre) del estudio donde un ingeniero trabajaba sobre el master en condiciones óptimas de resonancia y amplificación. Éste percibió su aliento desde su mesa de madera noruega situada a varios metros de la entrada, hizo ademán de continuar mirando fijamente la pantalla de su ordenador por miedo a recibir una paliza y asimiló perfectamente, cortesía del mejor acento de Manchester, las siguientes palabras: “¡La mezcla del disco no suena una mierda así que más te vale subirla a tope o te reviento la cabeza! D’you know what i mean?

oasis-whats-the-story-morning-glory-wonderwallFotograma del video oficial de Wonderwall, Oasis.

Portazo. El hooligan en cuestión era nada más y nada menos que Liam Gallagher. La víctima, Owen Morris y se puede disfrutar del resultado de la interacción del uno sobre el otro en cualquiera de los doce millones de copias del aclamado What’s the story morning Glory de Oasis. Sí, es verdad. Suena distorsionado, en particular el pico de distorsión es Some might say, que viene a ser el equivalente a la batalla de Stalingrado en esa carrera absurda conocida como la “Guerra del Volumen”, es tan exagerado que ninguna persona (sobria) sería capaz de diferenciar los platos, de la pandereta o la caja de la guitarra. Bueno, Liam puede pero ya sabemos que siempre se ha considerado a sí mismo un puto genio.

Y es que este episodio no es más que un ejemplo extremo de lo que se inició en la década de los cuarenta con los singles de siete pulgadas, momento en que los capos de una industria que utilizaba maletines llenos de dinero como ceniceros, se tomaron muy en serio el lema: “A más volumen, más ventas”.

Cráneos privilegiados aparte, la única manera de conseguirlo era disminuyendo el rango dinámico, o lo que es lo mismo, homogeneizando las partes de toda la canción: los picos o áreas destacadas son destruidos y los pasajes más flojos son literalmente dopados, hasta convertir una onda sónica con la forma de una montaña rusa en un chorizo plano y sin movimiento interno.

guerra-del-volumenAsí, año tras año, más y más volumen no traducidos en ventas, hasta llegar a los Cuatro Jinetes del Heavy: Metallica y su Death Magnetic (2009) que, a día de hoy, sigue ostentando el record de compresión extrema con la única intención de deshumanizar el sonido y convertirse en la banda más ruidosa del planeta. Ahá…

El imbécil de Lars Ullrich podría poner de manifiesto que el oído reacciona de diferente manera en función de los niveles de presión sonora a los que está sometido y por tanto, las probabilidades de hacer headbanging escuchando That was your life en el coche, el móvil o con los altavoces de nuestros abuelos aumentan logarítmicamente con esa práctica, (“lo hicimos por los fans”, se justificó en su día el danés) pero a cambio la música nos llega desprovista del componente humano que la hace emocionante y única (por no hablar de que, Ian Shepherd, ingeniero de mastering de ese aborto, trabaja ahora vendiendo perritos en los conciertos de la banda californiana). Además suena mal.

El mundo ha cambiado a lo largo de esos casi ochenta años. Las grabaciones se han democratizado, cualquiera puede ser una estrella y mover el culo en los MTV Awards simplemente mostrando previamente sus canciones en YouTube y la música no se disfruta de la misma manera. ¿Cuántos de nosotros podemos jurar haber escuchado un disco de principio a fin en los últimos meses? Es por esa razón que, a punto de llegar al 2017, debemos retroceder en el tiempo para encontrar la verdadera razón por la cual esta guerra es, como todas las guerras, inútil.

1951. Llovía. Un chico desgarbado con el pelo a lo militar y unas enormes orejas entró en la cámara anecoica de la Universidad de Harvard. Lógicamente no pudo escuchar cómo la puerta se cerraba detrás de él. Se sentó rodeado de todos esos paneles que absorbían completamente cualquier propagación del sonido y esperó unos segundos. Estaba ahí en busca del silencio. Esperó un poco más y abandonó la sala.

Más tarde comentó muy sorprendido que, durante su estancia en el interior de ese lugar aislado del mundo, había podido percibir dos sonidos: uno alto y otro bajo. El técnico de sonido del laboratorio le miró y, colocándose las gafas sobre el puente, le respondió con un susurro: el alto corresponde a tu sistema nervioso y el bajo a tu flujo sanguíneo.

El chico se llamaba John Cage y ese día llegó a la conclusión de que el silencio no existía, que no era un fenómeno acústico sino el consciente abandono de la intención de oír, el mismo al que nos conduce esta industria en su carrera suicida hacia el volumen 11, justo en ese punto donde alto es simplemente demasiado alto.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies