Anestesia

Era más feliz cuando no sentía nada.

El día en el que llegó a esa conclusión decidió anunciarse en Internet. Un conocido suyo de moral laxa diseñaba webs bastante resultonas. Ella buscaba algo elegante, sofisticado, acorde con el tipo de cliente al que quería atraer.

     —¿Estás segura de esto? —le preguntó J. cuando ella le propuso el proyecto.

     —Aquí tienes el texto. Colores neutros y estilo minimalista. Soy una mujer refinada, culta y educada. Igual te hago una mamada que te hablo sobre la estructura gramatical de Proust.

M. vivía sola en aquella ciudad y apenas tenía amigos. Solo un reducido grupo de personas perfectamente superficiales con las que se reunía de vez en cuando en el último local de moda. Sonreía y hablaba sobre las vicisitudes de su trabajo, ése que había dejado hacía ya dos años.

FRANCE. Paris, March 2014. Fashion week. Haider Ackermann backstage.Fotografía de Alex Majoli, Magnum Photos.

Sin embargo, en aquel ambiente era fácil mantener las apariencias. El dinero seguía fluyendo y su nueva profesión la obligaba a mantener un estilo siempre impecable. Para el caso daba igual ser puta que ejecutiva en una agencia de publicidad. Las mentiras flagrantes y las imposturas eran comunes en ambos mundos.

     —¿Qué tal el trabajo? —le preguntaba su madre por teléfono a 500 kilómetros de distancia física y miles de años luz de distancia emocional.

     —Bien, ayer estuve en una presentación. El viernes tengo una rueda de prensa con el ayuntamiento. Nada nuevo.

A su madre le seguía pareciendo fascinante eso de tener una hija que se relacionaba con cantantes y políticos de medio pelo. Sobre todo por el lustre que daba ante sus amigas.

Daba igual que el “famoso” de turno fuera un drogadicto en la intimidad, un infiel reconocido orgulloso de su condición o tuviera todas las papeletas para acabar en la cárcel por defraudar a Hacienda. Lo importante era que su hija saliera en el periódico del domingo con Sergio Dalma o el alcalde de turno.

Gente en África arriesgándose para salvar vidas que seguramente la despiadada moral tercermundista acabaría segando a la vuelta de la esquina, pero para su madre el mayor logro seguía siendo la foto con cualquiera de aquellos tipos.

Pero la verdadera razón por la que tres veces por semana recibía a hombres en un discreto apartamento del centro, era la necesidad de encontrar una anestesia.

Tras lo de A., y después de mucho tempo hibernando, comenzó a sentir la necesidad de volver a sentir en su piel el tacto de las yemas de unos dedos dibujando la curva de sus caderas. Había noches en las que lo echaba especialmente de menos.

Fue entonces cuando empezó a explorar caladeros de hombres. Explotó primero los más cercanos: exnovios de amigas, examigos de exnovios, amigos de los que sabía que a la vez que se acostaban con ella frecuentaban a otras, compañeros de trabajo…

Al principio funcionó. Satisfacía sus necesidades sin atisbo de emoción y al día siguiente se presentaba en la reunión ejecutiva de la agencia con ojeras, pero especialmente sonrosada.

Pero como todo caladero se agota dejando esa sensación de vacío que necesita llenarse con algo. Fue entonces cuando empezó a enamorarse de aquellos hombres, buscando lo que ellos nunca le podrían dar. Después del sexo, deseaba pasar el domingo por la tarde con cualquiera de ellos. Primero con F., luego con P., después con O… Ninguno estaba dispuesto. Nunca hay tiempo para un paseo dominguero cuando un hombre está casado, con resaca, o follando con otra en el mismo instante en que tú le escribes para un encantador picnic campestre.

Se dio cuenta de que comenzaba a sentir la necesidad de amar y que el dolor de sólo encontrar pura lujuria era demasiado insoportable. No entendía que aquello le ocurría porque se acercaba a los demás ofreciendo la nada.

Sufría. Tenía que asfixiar la imperiosa urgencia de sentir, pero sin renunciar a que un tipo le arrancara un gemido sollozante bajo la luz  tenue de las sábanas.

Se convenció de que con dinero y bien provista de sexo, su vida podría continuar hasta el fin de sus días.

M., que nunca tuvo reparo en salir a las diez de la noche a cenar sola y exhibir el último vestido estilo Jackie Kennedy, barajó seriamente la posibilidad de ligar con tipos en bares. Pero aquello le parecía demasiado complicado. Arreglarse, aventurarse en las frías noches de invierno, agudizar el ingenio aunque sólo fuera durante cinco minutos para mantener una conversación de cortesía pre-preliminares… Rememorando sus tiempos de master en finanzas, la relación coste-beneficio era a todas luces excesiva.

Entonces recordó a un antiguo cliente suyo. Una noche en la que la invitó a cenar le acabó confesando que en sus tiempos en Chicago se había recorrido todas las scorts de la ciudad gracias a la Visa de la multinacional con la que trabajaba en aquellos locos 80. La mayoría eran chicas jóvenes y refinadas que cobraban 200 dólares a la hora por pasar un rato con tipos como su cliente, ejecutivos educados que buscaban evadirse un rato de la vida cotidiana.

Cobrar por recibir caricias y orgasmos de desconocidos le pareció la solución ideal. Nada de implicaciones sentimentales ni fantasías románticas, sino una simple transacción comercial en la que ella recibía algo más que dinero, sin peligro de enamoramiento ni turbulencias sentimentales.

Y empezaron las visitas a los hoteles; las bragas de cincuenta euros; las cenas en las que alguna vez acaba hablando con su cliente de las fluctuaciones de la bolsa; los orgasmos sin culpabilidad ni amor… En el fondo aquello no era muy diferente de la época en la que ofrecía sexo gratis, con la salvedad de que ahora cobraba 300 euros a la hora.

     —No es una mala vida —le dijo un día J. cuando le preguntó qué tal marchaba el negocio.

     —No, la verdad es que vivo tranquila.

Lo cierto es que había logrado su objetivo. Había dejado de sentir nada por nadie. Su corazón tenía la paz de un cementerio.  Pero a veces, en las noches en las que no trabajaba, se quedaba sola en casa y miraba los anuncios de Ikea sobre familias cotidianas. Entonces sentía una incómoda sensación, como de algo que la pellizcaba queriendo llamar su atención en la quietud de su elegante apartamento de soltera. ♦︎

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