Alejandra Pizarnik, en las postrimerías del lenguaje

«…prostituir mi muerte y hacer
de mi cadáver el último poema».

(Last river together (1980), Leopoldo M. Panero,)

La crítica literaria, como tal, siempre se encontró de frente con la ardua tarea de acotar lo puramente textual. Este problema se acentuó con el positivismo historicista de finales del siglo XIX. En el ámbito humanístico, más concretamente, en el hermenéutico, siempre ha sido una labor controvertida, que ha dado pie a variadísimas polémicas, quizá, hoy por hoy, consensuadas, el hecho de trazar una frontera exacta entre la vida y la obra de un autor.

En su caso, Alejandra Pizarnik (Buenos Aires, 1936-1972) es una de esas escritoras que plantean un verdadero problema al crítico a la hora de deslindar su vida y su obra, bien sea por un gesto poético asumido, el modus vivendi elegido o pura ‘literaturización’ de la vida, como dirían las voces posmodernas. En cualquier caso, su temprana, lírica y cuasi fílmica muerte, quedó signada en una aciaga noche bonaerense de un 25 de septiembre de 1972, en la que cuarenta pastillas de Seconal sódico fueron ingeridas por la poeta —con premeditación o no—, desatando el ya tan conocido mito: Alejandra Pizarnik poeta maldita.

Polémicas aparte, aquel desventurado suicidio, sin lugar a dudas, quedará impreso con tinta indeleble, como verdadero legado histórico, en los anaqueles de la Historia literaria y en el anecdotario de la eternidad, por estar en íntima relación, como si de universales o arquetipos literarios se trataran, con los sonados suicidios de escritoras como Silvia Plath, Anne Sexton o Virginia Woolf. Suicidios, todos ellos, en suma, diseminados por las distintas esquinas del mundo como si se tratara de una suerte de primitivo descubrimiento del fuego, que se origina al mismo tiempo. Mujeres, al fin, todas ellas, que se dejaron ir hasta el fondo por no hallar amparo suficiente bajo el palio de la intrincada casa del lenguaje.

alejandra-pizarnikAlejandra Pizarnik.

Alejandra Pizarnik escribió ocho poemarios, una pieza teatral Los poseídos entre lilas (1969) y una obra que entraña cierto hibridismo, pues se sitúa a medio camino entre la literatura y la crítica, a saber, La condesa sangrienta (1971). Su primer poemario, La tierra más ajena (1955) es una temprana publicación, cuya precocidad, no obstante, no resta valor a la misma, al igual que le sucediera al simbolista francés Arthur Rimbaud. Poeta, éste último, por el que sintió especial predilección Alejandra, al igual que por toda la nómina de escritores simbolistas franceses: Isidore Ducasse, Conde de Lautréamont, autor de Les Chants de Maldoror, verdadero germen del surrealismo; Verlaine, Mallarmé y Charles Baudelaire.

Gran parte del mito que se ha erigido póstumamente en torno a la figura de Alejandra Pizarnik viene derivado sobremanera del amplísimo abanico de anécdotas que se conocen de su vida. Ha ayudado a ello, tal vez, la conservación de sus Diarios (2013) íntegros, reeditados recientemente por Ana Becciú, en colaboración con la editorial Lumen. Dentro ya del espectro anecdótico cabría subrayar la conocidísima adicción de Pizarnik a las anfetaminas, el gusto por la noche como instante de lucidez y clarividencia, los tremendos complejos adolescentes que la asediaron, las visitas a las clínicas de los terapeutas León Ostrov, en primer lugar, y Pinchón Rivière, más tarde, con ánimo de mitigar sus obsesiones, el temprano vaticinio de su propia muerte… hasta el punto de llegar a dejar por escrito, once años antes de su muerte, en su diario: “La vida perdida para la literatura por culpa de la literatura. Por hacer de mí un personaje literario en la vida real, fracaso en mi intento de hacer literatura con mi vida pues ésta no existe: Es literatura”, (15 de abril de 1961).

Toda la producción poética pizarnikiana, desde La tierra más ajena (1955) hasta El infierno musical (1971) supone un salto al vacío lingüístico, en busca del ultra pretérito íncipit del género lírico. Género nacido en el seno del primer latido de la madre Gea, durante la noche de los tiempos, al amor de la primera hoguera, con forma de invocación, conjuro, plegaria o rito, esto es, mágica imprecación por la continuación de la vida o por la prorrogación de la misma ante la ignota inmensidad de la muerte.

Así las cosas, Pizarnik escribe una poesía que nos devuelve, tras su atenta lectura, a ese tiempo que el ensayista y poeta mexicano Octavio Paz, en Los hijos del limo (1999) reconociera como “el tiempo en que hablar era crear. O sea: volver a la identidad entre la cosa y el nombre”, a ese azaroso instante en que “apenas el hombre adquirió conciencia de sí, se separó del mundo natural y se hizo otro en el seno de sí mismo”. Entonces, amén de lo enunciado, leer a Pizarnik constituye siempre un constante “volver a empezar”, ya que el tiempo mítico no es conocedor de la fecha exacta. Tiempo del mito, instante desdibujado, impreciso comienzo que siempre actualizamos con el acto de lectura. En suma, para ejemplificar lo que venimos articulando atendamos al poema 29 de su quinto poemario, Árbol de Diana (1962): “Aquí vivimos con una mano en la garganta. Que nada es posible ya lo sabían los que inventaban lluvias y tejían palabras con el tormento de la ausencia. Por eso en sus plegarias había un sonido de manos enamoradas de la niebla”.

“Querer agarrarlo todo” leemos ya hacia el final del poema Seguiré, de su primer y joven libro. Pues bien, ese ansia por “agarrarlo todo”, con el adverbio subrayado por la propia poetisa, pudiera ser nítido epítome definidor de gran parte de la poética de Alejandra, dado que su poesía discurre a través de la cara oculta de las palabras, por el filo de los significados, al pie de las mismísimas postrimerías del lenguaje, allá donde se ostenta “nombrar lo que no existe”. Tamaña empresa se va diluyendo, tristemente, hasta ir a parar a un callejón lingüístico sin salida. De este modo, a la poeta, desarmada de palabras, sólo le queda, como última opción, practicar el más grande de los actos humanos existentes, la humildad y, así, entonar un abatido, humilde y dolorido: “no sé”, el cual se convertirá en leit motiv de su poesía. En este sentido, podemos leer los versos: “El poema que no sé decir / el que no me merezco…” o “Yo no sé de pájaros / no conozco la historia del fuego /…”. El subrayado es mío.

Entre otros muchos, elementos como el tamiz escritural surrealista sui generis, el jardín elevado a frágil arcadia infantil, el bosque en tanto que lugar de deseo, la desintegración pronominal del yo, el espejo, la herida, la muerte, etc. son motivos axiales, esto es, partes fundamentales de la poética pizarnikiana. Y, en su conjunto, los rasgos mencionados son en sí mismos Pizarnik, esto es, forjan la esencia de Pizarnik, pero, al mismo tiempo, estas características también han contribuido, en ciertos momentos, a la nombrada falta de comprensión de su poética por parte de la crítica, debido, como anunciábamos con anterioridad, a una recurrente inclinación por avalar y respaldar el comentario crítico textual tomando como punto de partida el anecdotario biográfico.

Sea como fuere, sin lugar a dudas, Alejandra Pizarnik tiene reservado un rincón en el Parnaso argentino, con vistas al Canon literario universal, pudiendo ser situada por ello, sin ninguna suerte de reserva, a la misma altura que están ubicados los intocables titanes de las letras hispanoamericanas —César Vallejo, Pablo Neruda, Mario Vargas Llosa, Eduardo Galeano, Mario Benedetti, Julio Cortázar—, tanto por la calidad lírica que entraña su producción, como por la incuestionable contribución a la evolución literaria y humana, que, a modo de huella lírica, nos ha legado aquella “que pidió entrar y le fue concedido”, Flora Alejandra Pizarnik.

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