Yo, probablemente, no sea yo

Hace un par de días estaba con un amigo que ha escrito una novela; quería pasarme un borrador para ver qué me parecía, había alegado la semana anterior. Cuando abrí el manuscrito vi que el nombre del personaje era nombrado por una letra mayúscula, coincidente con la de su propio nombre. Antes de que hablase yo, dijo tajante:

     —No es autobiográfico. —Me sorprendió su rotundidad.

     —Pensaba en El ciudadano ilustre.

Él no la había visto, así que le conté más o menos de qué iba.

La interesante película filmada por Gastón Duprat y Mariano Cohn, presenta la situación de Daniel Mantovani (interpretado por un muy buen Óscar Martínez, premio en el Festival de Venecia 2016 a mejor actor), un escritor que vuelve a su pueblo natal, Salas, después de casi cuatro décadas, tras recibir el premio Nobel de Literatura.

el-ciudadano-ilustre-aleph-media-television-abierta-a-contracorriente-films-magma-cineEl ciudadano ilustre (2016) / Imagen: Aleph Media/Televisión Abierta/A Contracorriente Films/Magma Cine.

La película se presta a múltiples lecturas: el retrato de una parte de la sociedad argentina (y seguro que de otras poblaciones); la posición del intelectual consagrado frente a su origen modesto, o el reconocimiento social sin saber bien qué se ha hecho en la vida. Pero quizás, lo más interesante es la idea que articula el largometraje: los orígenes y límites de la creación. El lugar de donde un artista saca ideas y construye mundos que en ocasiones son realmente parecidos a un mundo circundante que lo limita y lo configura como sujeto, puede provocar problemas y remover al propio autor.

Es cierto que cuando una obra sale a enfrentarse al mundo, el creador deja de tener el control pleno sobre ella, es más, ya no le pertenece únicamente a él. Es como ese hijo que se hace mayor y que inexorablemente se aleja de la pretensión que tenían los padres de lo que habría de ser. Pero no por ello se debería entender la obra como una cuestión puramente personal. En la literatura de la autoficción, tan presente en nuestros días, los personajes, aunque lleven el nombre del autor es posible que no se deberían de confundir con el autor. Es innegable que si leemos a Malcolm Lowry, lo hacemos en clave personal: a algunos escritores, para entenderlos, es necesario saber qué pie calzan, qué comen o con qué motivos queman la mañana.

También hay otros casos, como la famosa anécdota de James Joyce, que para poder escribir sobre la infidelidad, le pide a su esposa, Nora Barnacle, que le sea infiel, el material es de la vida propia. Pero no hay que olvidar nunca que es necesario entender que el papel de la imaginación juega un elemento esencial, siempre. ¿Por qué? Principalmente por lo que es: ficción, ficción y más ficción. En consecuencia, habría que juzgar la obra en su calidad literaria y no en términos de veracidad biográfica. Aquí debería de jugar un papel esencial no la lectura pasiva, sino activa del receptor, es decir, como un acto crítico.

Karl Ove Knausgård, según ha comentado en numerosas entrevistas, y se podrían poner otros muchos ejemplos, ha tenido problemas con parte de las personas que aparecen retratadas en los tomos de Mi lucha. Habrá quien argumente a favor de la consulta a los interesados por parte del autor, pero conviene no olvidar que vivimos en la era de Google, de las redes sociales, y demás sistemas de almacenamiento de datos, en donde no dejamos de ser personajes que creemos construir en base a nuestros propios criterios de veracidad (o de falsedad), pero a los cuales les revelamos información estrictamente personal que ellos recopilan.

Sin ánimo de desviar el tema, ya que la discusión sería eterna, es cierto que el señor Mantovani se ve en una calle sin salida a medida que avanza la película exactamente porque su material de trabajo es el recuerdo que tiene de su propio pueblo, en donde todos se reconocen pero nadie sabe quién es el autor: si el propio Mantovani o Salas.

La eterna pregunta sobre la cantidad de vida real que hay en una obra de ficción, no debería de ser tan relevante, en aras de conseguir centrar la atención en el propio mecanismo ficcional y no tanto en el material narrativo. Si fuese lo contrario, sólo se podría escribir ciencia ficción o género fantástico; es decir, empobrecer las obras.

Posiblemente no habría que dejarse arrastrar por la vida del autor, ni tampoco con una identificación del autor con el protagonista, ni tan siquiera con un personaje secundario. Que cada uno haga la lectura que quiera, aunque sin ser sesgada. Como señala el protagonista de la película, si la marca del pecho es de una caída, de una bala o de un mordisco es una pregunta para el espectador/lector.

Mi amigo siempre dice “¿qué importa que yo sea yo?”. Así que, es probable que los disparos lleguen desde todas las partes, que alguien diga que hay una visión moralizante, o que haya quien se lo tome a broma. Ni moral, ni verdad, ni broma: ficción, es decir, elijan. Pero si nunca está claro si el protagonista es el autor, su padre o un amigo, menos claro está quién puedo ser yo. Es más, es muy probable que yo no sea yo.

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