Warren Zevon, el outsider admirado por Dylan

Warren Zevon, Virginia, 1980. Foto: Turbett/Redferns/Getty.

Equis, i griega… Al fin. Zeta. Abajo, en la esquina. En la zona donde se solapan los dos estantes de discos hasta casi no dejar sitio para la mano. Toca agacharse para rebuscar. “¿Zappa?”, pregunta un cliente cincuentón con la emoción de quien cree descubrir un correligionario singular, casi un OOPArt. “No, Zevon. Warren Zevon”. Silencio incómodo. Cara de póquer ante el último artesano ilustrado del rock. Ante el iconoclasta admirado por Bob Dylan, Bruce Springsteen o Neil Young. Ante el niño que pisaba más la casa de Igor Stravinsky que Disney World.

Ironía. Sensibilidad literaria. Capacidad para fiscalizar el lado oscuro de las cosas. La terna que fija los cimientos de un talento entrópico que prefería recorrer librerías a mancharse los dedos de polvo hurgando entre viejos vinilos. Como un guitarrista de doce cuerdas de la generación perdida. Más cercano a Scott Fitzgerald que a la rebeldía impostada del frontman. Prácticamente un desconocido. Un desterrado con picos de repercusión, como sus colaboraciones con R.E.M. o Jackson Browne; marcando el compás a golpe de aullido a las virguerías de Tom Cruise sobre el tapete (El color del dinero) o por culpa de una enfermedad incurable y su testamento grabado.



Su biografía, adulterada por un malditismo acentuado tras el cáncer terminal y la publicación de The Wind, desdibuja la frontera entre lo real y lo legendario. Excesos de toda ralea se enmarañan con una épica sombría para concebir capítulos, en el mejor de los casos, exóticos o surrealistas. Desde un supuesto viaje iniciático a bordo del coche ganado a las cartas por su padre a una estancia a mediados de los 70 en España, donde la parada en Sitges le permitió frecuentar una taberna regentada por cierto exmercenario, a la postre inspiración para Roland the Headless Thompson Gunner.

Tras el conato en 1969 de Wanted Dead or Alive, el álbum Warren Zevon le permite prender la mecha siete años después gracias a temas del calibre de Poor Poor Pitiful Me, Mohammed’s Radio o Carmelita. Un avance de lo que estaba por venir. La explosión definitiva del hasta entonces intermitente songwriter de Chicago se presentaría en 1978 merced a Excitable Boy, probablemente su trabajo más redondo. Rock afilado a la par que contenido, ejecutado en un pulso imposible que alea vértigo con reminiscencias de trazas místicas. Donde el piano del propio autor (a ratos endiablado cual Jerry Lee Lewis, a ratos comedido en sintonía con su formación clásica o el contemporáneo Jersey Shore Sound) adquiere el rango de cigüeñal. La ‘obertura’, Johnny Strikes Up the Band, ya aventura buenas vibraciones para una travesía que concede su primer regalo en el segundo corte, Roland the Headless Thompson Gunner. Puro Zevon. Cine negro atemperado con acordes académicos. Un himno a su creación.

Le sigue la pieza que da nombre al disco, propuesta a modo de biopic o confesión. Casi tres minutos de tralla que ambicionan escenificar la montaña rusa de una vida sin cinturón de seguridad. Casi tres minutos que se disparan en directo, como demuestra la guitarra desbocada de John Wood en el concierto de Passaic en 1982. Sin olvidar Werewolves of London, patrimonio de la humanidad versionado hasta por el actor Adam Sandler, o Accidentally Like a Martyr, a la salud de Martin Scorsese. Como colofón, Lawyers, Guns and Money, otra de sus obras maestras. Zevon en estado de gracia. El afiliado agradecerá el gesto de Little Steven en la serie Lilyhammer, donde el poderoso riff decora una de las escenas.

Tras un nuevo impasse de mala racha y autodestrucción, Bad Luck Streak in Dancing School, con temas como A Certain Girl, Play It All Night Long, su parodia del Sweet Home Alabama de Lynyrd Skynyrd, o Jeannie Needs a Shooter, coescrita con el Boss, permiten que vuelva a sacar la cabeza del agujero. Aparece y se ausenta. La historia se repite. El fracaso de The Envoy, otra muesca de esa etapa de dientes de sierra perpetua, no impide que emerjan nuevas pepitas de oro como Charlie’s Medicine o la maravillosa Looking for the Next Best Thing.

Y un lustro después, tiempo para la resurrección. Sentimental Hygiene contaba con mimbres para ser más de lo que fue. Rock punzante, sentido del humor y la inteligencia y creatividad de Zevon en plena efervescencia. Amén de un elenco de colaboradores de altura, con R.E.M., en el camino de lo que se convertiría en el proyecto grupal Hindu Love Gods; Bob Dylan, a la armónica en The Factory; Don Henley; David Lindley; Neil Young… Sólo por Detox Mansion, Boom Boom Mancini, que recoge el fatal capítulo del boxeador Ray Mancini (merecedor de un artículo en profundidad por sí solo) o la canción que comanda el disco merece la pena adentrarse en la tormenta conceptual que azota la cabeza del músico de Illinois.

En Transverse City parece desaparecer el peregrinaje asociado al trabajo hijo de los 70 o los 80, en el que el escuchante pasaba de un punto A a un punto B, afrontando una experiencia holística en la que quedaba claro que el todo era mucho más que la suma de las partes. La novela deja paso a una colección de canciones, una ensalada con excepciones como Splendid Isolation, donde el fino sarcasmo abre la baraja para alumbrar uno de los temas más angulosos de su discografía. Y del bajón, al nuevo renacimiento. Vuelta a las andadas. Mr. Bad Example, otro de esos tesoros con menos éxito del que la lógica implicaría arrastrar, despacha crestas de su inventiva como Finishing Touches, Suzie Lightning, Things to Do in Denver When You’re Dead o Searching for a Heart, tema en el que el Zevon deja atrás el vacío y la negrura, su disfraz de nihilista o desahuciado, para mostrar su cara más frágil.

Tras Mutineer, otro título ‘menor’, y un previo pasaje de directos, en 2000 regresa con Life’ll Kill Ya, con una retórica olvidada a excepción del altavoz que supuso la serie Californication, y posteriormente con My Ride’s Here, donde recurre a la ayuda de escritores como Hunter S. Thompson o el ganador del Pulitzer Paul Muldoon, junto al que Zevon talla el tema principal, como pálpito de su enfermedad mortal, a modo de despedida. Sin morbo, sin la afectación de algunas partes del ulterior The Wind. Bajo una simbología por momentos bíblica, por momentos profana. Alegórica y pop. Cabalgando entre serafines y John Wayne. Cada verso, un obsequio.

A continuación llegaría el adiós escatológico, pese a las buenas intenciones. El testamento rodeado de colegas en el que, casi sin fuerzas para levantarse ya de la cama, grabando literalmente desde ella, se sacude sus últimos destellos de genialidad. Como Disorder in the House, con el solo de guitarra pretendidamente sucio de Springsteen, cual desahogo en el que quema sus últimos cartuchos. O como Numb as a Statue. “¿Sabéis si todavía se publican EP?”, bromeaba Zevon, agarrándose al humor negro ante el final del viaje, ante la cercanía de la última estación. Su Knockin’ on Heaven’s Door, con el añadido “Open up for me”, pone los vellos de punta. Pero Zevon, el auténtico Zevon, va más allá de ese ‘hasta la vista’ pseudonecrófilo. Toca puertas de nuestro interior olvidadas. Las que hacen daño. Las que redimen. Las que impiden digerir que el Rock & Roll Hall of Fame ningunee su legado año tras año. ¡Disfruta de cada sándwich!

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