‘Waking Life’ o la bofetada que nos da el sueño

Waking Life (2001). Imagen: Fox Searchlight Pictures.

La rutina es el hilo de pescar para los que no tenemos hambre. Es el sacrilegio de la improvisación y del egoísmo que nos hacen tanta falta para ser felices. La rutina es una de esas líneas marcadas por los satélites de navegación que escupieron sobre el viejo trono de las estrellas polares. De la rutina viven las marionetas de media sonrisa que fingen creerse todo cuanto nos rodea y que además van poniéndole rejas a los sueños de los demás. La rutina es a la alegría lo mismo que el vómito es a la comida. De la rutina vive la letra pequeña de la basura mercantil, los grandes trazos del derecho al desalojo y los bocazas que ofrecen crecepelos tras las verdades que tragamos con cada informativo. La rutina es el miedo para el raptado que besa a su síndrome de Estocolmo, es la voz interior del galimatías de la frustración, la fina cuerda que separa los dos mundos para el funambulista. No hay más verdad que la rutina de la mentira para el político sediento de gloria, para el detective de la mercadotecnia y para el vil proxeneta de carne fresca. No hay más camino que el voto de rutina para la vocación reglar, para el yonqui de la esquina y para el bohemio que se empeña una y otra vez en su ruptura. La rutina es el enemigo de las pendientes sin pedalear, la abrazadera de los biorritmos que preceden al amanecer, el hipotálamo de los zombis que recitan el padrenuestro. No hay mayor rutina que el hábito que disfraza al monje, que el carmín ajeno en camisa de donjuán, que la nada en la nevera del que pide limosna.

 



Buceando entre tanta opulencia moral en el día a día, en ocasiones parece que nos ahogamos. No es fácil distinguir si es un hecho o un deseo, más bien depende del estado anímico y el optimismo que nos guíe ese día en concreto. Es de suponer que muchas de las terrícolas criaturas de las que formamos parte apenas dejan entrever la debilidad que su fachada esconde, pero a algunos se nos ven las costuras con suma facilidad. Vivir, por el mero hecho de vivir y producir y dormir y rendirle cuentas al vientre y quitarle trozos de aire a la atmósfera… Vivir, en el puro sentido vegetal es un hecho endiabladamente vacuo. Y sería lógico pensar que ese vacío existencial no es tal o cual, sino un simple y escueto punto de vista propio. Pero el oxígeno, en determinadas ocasiones, parece ponerse de tu lado. Es dar con la persona correcta que te ponga en las antípodas de esa rutina de los quehaceres diarios. Eso que, tras varios cientos de palabras derramadas podríamos definir —simplemente— como dicha.

waking_lifeEn los estantes de este maremágnum de sensaciones, se hace preciso para el que suscribe estas letras describir uno de los puertos principales en su travesía contra el tedio y la angustia existencial. Un hallazgo fortuito, de esos que tienes cien años delante de tus narices y no lo ves hasta que comienzas a mirar las cosas a través de un prisma diferente. Corrían por entonces los primeros tiempos tras el apocalipsis tecnológico del año dos mil, donde un millar de iluminados apostaron contra todo y les llegó de vuelta su merecido plato vacío. Por aquel entonces Richard Linklater —padre de la criatura y dichoso artista— ya había tenido tiempo de crear cosas digeribles, experimentar con otras y parir alguna obra excelente. Se atrevió en el año 1995 a crear el primer capítulo de su trilogía del amor a través de Before Sunrise, antes nos dejó Dazed and Confused (1993) donde dejaba ya entrever la cicatriz del espíritu joven de sus historias. Su debut propiamente dicho se produjo con el cortometraje Woodshock en el año 1985, cuando apenas contaba con 25 años de edad. El salto al largometraje llegó de la mano de la experimental It’s Impossible to Learn to Plow by Reading Books (1988) y junto con Slacker (1991) marca una tendencia a encontrarse y citarse con diversos personajes dotados de un carácter interesante, complejo y muchas veces también excéntrico. Compartiendo en algunos momentos cartelera con la inspirada Tape, en el año 2001 aparece Waking life. Es la cinta que le catapulta al olimpo de los directores de culto del cine independiente, allí donde sólo pueden beber tipos como John Cassavetes, Jim Jarmusch, algunos trozos del cuerpo de Hal Hartley, la juventud robada de John Cameron Mitchell y la extinta brevedad de Vincent Gallo. Quizás fue una obra única, es probable que aburra al más pintado.

Pongámonos en situación: el bueno de Richard decide asistir durante seis meses a clases de Filosofía, ha de suponerse que tiene ascendentes morales a imitar en alguna parcela de su vida y piensa también en un buen puñado de tipos que merecieron su atención por su discurso. Como es un cineasta de esos —en extinción— que no depende de lo que diga la taquilla, ni tampoco sueña con la posteridad ni se cuelga de nuevo las arrugas, coge una cámara y comienza a grabar determinadas situaciones dialogadas. Trata en ellas con, entre otros, Noam Chomsky, Alex Jones, Timothy Levitch, su profesor en la Universidad de Texas —David Sosa— y un buen puñado de actores que encabezan Julie Delpy y su actor fetiche Ethan Hawke.

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Waking Life (2001). Imagen: Fox Searchlight Pictures.

Sucumbe —en las aparentemente inconexas escenas— a los encantos de los dictados de tipos como Hume, Descartes, Nietzsche, Kant y la relativista escuela de los sofistas, entre otros. Como se puede apreciar, temas recurrentes en nuestra sobremesa, amantes de la mencionada rutina y carentes de toda importancia histórica o existencial… Lo que sí es cierto es que es uno de esos filmes que vagan sin pena ni gloria, a modo de sueño, como el exabrupto de un mal despertar. El paradigma cinematográfico de esas innecesarias cosas que quizás, sólo quizás, dan que pensar. Realizado con la tradicional técnica de la rotoscopia —con el añadido de pintar sobre vídeo— que también utilizará el director estadounidense con posterioridad en A Scanner Darkly (2006). Puede ser una verdadera joya para aquellos que van al gimnasio, entre otras cosas, a escupirle a los espejos y un verdadero martirio para esos otros que esperan besos por respuesta desde el otro lado. Quizás, sólo quizás.

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