Recuerdo de Leonard Cohen en el Puente de Brooklyn

Leonard Cohen en su casa de Los Angeles, en septiembre de 2016. Foto: Graeme Mitchell, para The New Yorker.

Yo tenía 6 años cuando entró en casa el disco que cambió mi vida. Sí, ya entonces. Fíjense, solo 6 años y ya condicionado para siempre. Fue por culpa de una imagen y de una canción. Un álbum con una portada y un primer corte en el vinilo que arrollan cualquier sensibilidad. Un hombre de espaldas, con chaqueta y sombrero al modo de los detectives del Hollywood clásico, contempla el atardecer, cayendo sobre el Puente de Brooklyn. Yo entonces no sabía que ese puente estaba en Brooklyn, porque no sabía lo que era Brooklyn. Como tampoco sabía que la ilustración era obra del pintor Eduardo Úrculo, ni sabía quién era Eduardo Úrculo. Quizás por todo ese desconocimiento, quedé en parte subyugado por aquella imagen. Me encantaba mirarla. Lo hice toda la infancia, me embobó durante la adolescencia y sigue haciéndolo ahora, treinta años después. Me imaginaba en aquel paisaje, por allí caminando, observando de la misma manera que observaba el hombre del sombrero, y observándole también a él, ese tipo de espaldas, de inviolable incógnito, misterioso por siempre. La primera canción del disco era una suerte de vals, con un lamento en su estribillo que decía “Ay, ay, ay, ay…”. Siempre que lo escuchaba algo me obligaba a secundarlo, aunque fuera tarareando en voz baja. Hasta donde llegan mis recuerdos, aquel vals, cantado por una voz grave de hombre, fue la primera música que me emocionó plena y conscientemente. Y me pasé buena parte de la infancia poniendo la aguja una vez tras otra en el inicio de la cara A del disco Poetas en Nueva York —homenaje a Federico García Lorca—, para escuchar Take This Waltz, de Leonard Cohen, y sumergirme en la contemplación del Puente de Brooklyn. 

Se dice que la música de Leonard Cohen ha marcado a varias generaciones. Y es cierto. Pero a mí eso no me dice nada, apenas me importa. Supongo que como a gran parte de toda esa gente de esas generaciones marcadas por la voz susurrante y la poesía del canadiense. Porque lo único que nos importa de él es cómo nos marcó a nosotros, cómo nos acompañó a lo largo o aún breve de nuestras vidas. Es así y es perfectamente legítimo, es más, es lo natural y más honesto. Porque si hubo un músico con la capacidad de intimar con quienes le escuchaban en la distancia, ese fue Leonard Cohen. Rompía las barreras, parecía que pudiera hechizar o contagiar de alguna forma los formatos de la tecnología en los que su voz quedaba guardada. En las cintas, los vinilos, incluso a través de los intangibles archivos informáticos, su voz terminaba por hacerse presente, fantásticamente material. Si cerrabas los ojos aparecía allí, a tu lado, cantando solo para ti, con esa media sonrisa de pillo, de tipo que sabe más de lo que te pasa que tú mismo. Luego te daba una palmadita en la espalda y se marchaba, y tú sentías que todo iba a a ir bien.



Es por eso que, para rendir tributo a Leonard Cohen no hay que tender al recuerdo de lo que hizo para todos, como quien pasa un examen demostrando saber fechas e hitos. No tiene sentido enumerar cada uno de sus discos, sus libros de poemas antes de coger la guitarra, sus avatares amorosos, sus noches en hoteles ya desaparecidos o sus años de retiro budista, sus giras y las últimas entrevistas. Nada de eso vale. La única manera de recordar con honesto agradecimiento a Leonard Cohen es pensar en nosotros mismos. Leonard es nuestros recuerdos de él en su paso por nuestras vidas. 

Yo recordaré que me enamoré para siempre de una mujer a la que dediqué Dance me to the end of love, casi como si fuera yo quien había compuesto la canción. Cohen me echó un cable entonces, le dijo de mi parte qué intenciones tenía. Y fue la mejor manera de que ella entendiera que iba en serio. Por si acaso, tenía en la recámara I’m your man. Pero no hizo falta, así que pude decirle, tiempo después, que cuando llegara el final para mí, alguien hiciera sonar el Pequeño Vals Vienés en mi funeral.

Portada del disco Poeta en Nueva York. Ilustración de Eduardo Úrculo.

Yo recordaré el día que vi con mis propios ojos el Puente de Brooklyn, unos veinte años después de que el cuadro de Úrculo se instalara para siempre, sin saberlo, en mi memoria. Recordaré el atardecer a los pies del puente, contemplándolo desde la orilla de Brooklyn, como en la portada del disco. Me senté en un banco, me puse los cascos, seleccioné Take This Waltz y le di al play. Allí estaba, en el paisaje imaginado, un lugar que era real pero que no lo parecía. Pensé en el hombre del sombrero, ese tipo misterioso que anima a identificarse con él. Es curioso, va vestido exactamente igual que Leonard Cohen en sus últimos años, de impecable observador que habla en voz baja. Recordaré la tarde desde el Brooklyn Bridge, echándose como sobre “un hombro donde solloza la muerte”. Y recordaré a Leonard Cohen, que apareció allí justo entonces, tan real como aquel paisaje idealizado, y cantó para mí un vals tan triste, que tuve que sentirme feliz.

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