Puerta prohibida los días sin peligro

En aquella época apenas conocía a nadie en la ciudad, un par de compañeros de trabajo y los tres o cuatro pobres diablos con los que coincidía silenciosamente en la barra del bar, y de quienes no sabía más que la forma en que pedían el café por la mañana y qué marca de cerveza tomaban por la tarde. Trabajaba de noche en una fábrica de envases. Mi puesto era el último de la cadena; formaba cajas de cartón, metía los envases que se deslizaban sobre la cinta, ordenadamente, precintaba las cajas, y las dejaba sobre un palé hasta que alcanzaban un metro cincuenta, retractilaba el palé y lo llevaba hasta las puertas del almacén, donde otros compañeros se ocupaban de él. Esa era mi vida por la noches, el cartón marrón, el cielo negro a través de las ventanas plastificadas, y los fluorescentes verdes al final de cada pasillo y sobre cada puerta indicando la salida de emergencia.

No dormía lo suficiente, llegaba a casa a las seis de la mañana y nunca era capaz de aguantar el sueño más allá de las once o las doce del mediodía, a veces incluso menos. Todo sonaba demasiado, los retretes del piso de arriba, las puertas del vecino de al lado, la calle, los patios, el sol. Portaba unas llamativas ojeras. Cuando despertaba y salía a desayunar la claridad se me hacía difícil de tolerar. Pedía un café con leche mediano, tomaba la galletita de cortesía que iba en el plato y leía el periódico. Y por el periódico fue que decidí acudir a mi médico de cabecera, no tenía problema con los titulares, pero era un suplicio meterme en las columnas, necesitaba pegarme el papel a las narices para poder descifrar las pequeñas letras. 

La cita era a las cinco de la tarde, pasé a la consulta con media hora de retraso.

     Hola, dije, y me senté frente a la mesa del doctor.

     Hola, contestó él, sin levantar la cabeza de una agenda en la que estaba anotando algo. Esperé a que terminara lo que estaba haciendo para explicarle mi problema, mientras tanto, dejé la tarjeta de la seguridad social sobre la mesa y guardé en el bolsillo de la cazadora el resguardo arrugado donde figuraba la hora y el número de consulta de la cita.

     Dígame, dijo al fin, cerrando la agenda.

     No veo bien.

     ¿Qué nota?

     Me cuesta distinguir la letra pequeña cuando leo.

     ¿Irritación, algún tipo de alteración como vista doble o mala apreciación de los colores…?

     Me molesta la claridad por las mañanas. Trabajo de noche.

     Bien, le haré un volante para el oculista. Y se puso a teclear en el ordenador.

     De acuerdo.

     ¿Alguna otra cosa? Las palabras parecieron habérsele escapado sin querer.

     ¿Necesitaré gafas?

     Probablemente, dijo, mientras seguía con cierta torpeza rellenando informáticamente el formulario para el oculista.

     Ahora que lo dice, me aventuré, no sé por qué, desde hace un tiempo vengo sintiendo unos dolores en el pecho cuando voy a dormir, puede que sea por un catarro mal curado que pasé este invierno, pero el caso es que en ocasiones no me deja pegar ojo. Siento como si se me encogiera el pecho y noto presión casi hasta el cuello.

El doctor escuchó mis palabras sin inmutarse, dio un último golpe seco y satisfecho en el teclado y comenzó a imprimirse el volante para el oculista. Tomó la hoja y me la pasó, miró de nuevo mi ficha de la seguridad social y la deslizó un poco, dando a entender que ya no la necesitaría más.

     Miedo a la muerte, ¿no?, dijo, como si repitiera esa frase un millón de veces cada día.

Le miré atónito, sin ser capaz de gesticular lo que estaba sintiendo, pensando si habría escuchado bien.

     ¿Miedo a la muerte, de qué está hablando?

Su expresión cambió, perdió ese aura de seguridad y de conformidad consigo mismo. Me incorporé un poco sobre la silla, incrédulo aún de lo que acababa de oír.

     ¿Por qué dice eso? dije, con el tono más afable que fui capaz, ¿es una especie de chiste de médicos o algo así?

     Perdóneme, creo que no me ha interpretado correctamente.

     Bueno, no hay muchos significados distintos para las palabras “muerte” y “miedo”.

     Son síntomas clásicos de angustia existencial.

     Pero… ¿de qué coño está hablando?

     De sus síntomas.

     ¿Qué síntomas?

     El dolor de pecho y el ahogo.

Bajé la mirada unos segundos, tratando de recapacitar, pero la turbación que sentía era incontrolable. 

     ¿Piensa que está hablando con uno de esos viejos que le cuentan cada semana los mismos achaques? ¿Con quién se cree que está hablando? Mi dolor de pecho es real, dije, con una mezcla de indignación y de ira.

     No lo pongo en duda.

     ¿Entonces… qué miedo a la muerte? ¿Pero qué te enseñaron en la universidad? Me duele el pecho cuando me acuesto y me dices que tengo miedo a la muerte… ¿qué gilipollez es esa? Debería pensar si tengo algún problema respiratorio, le he dicho que pasé un fuerte catarro hace unos meses, quizás exista un jarabe o unas pastillas o lo que sea para eso, no creo que sea tan raro… joder…

     Le miré con atención, y vi que el doctor no estaba asustado, ni mucho menos, pero sí desconcertado. Me miraba fijamente, silencioso, trabajando a toda máquina en su interior.

     De acuerdo, dijo después de unos segundos, discúlpeme. Si me permite auscultarle, señor…

No le respondí. Doblé el volante, recogí la tarjeta sanitaria y lo guardé todo en la cartera. 

     Déjelo, dije, extrañamente agotado.

Me levanté y salí de la consulta sin despedirme, y sin aspavientos. Una mujer ojerosa ocupó mi lugar, ella cerró la puerta. Crucé la sala de espera semivacía y caminé por el angosto pasillo que conducía a la entrada del ambulatorio, confuso y pensando que apenas faltaban cuatro horas para que entrara a trabajar. Me fijé entonces en un plafón verde sobre la salida de emergencia, hacia el final del pasillo, igual que en la fábrica. Cuando llegué a su altura me detuve y eché un vistazo alrededor, no había nadie. A dónde daría aquella salida, me pregunté. Y sentí que no podía irme sin descubrirlo, como si la solución al mayor misterio que me hubiera atenazado jamás estuviera a escasos centímetros y sólo costara el esfuerzo nimio de abrir una puerta, una puerta prohibida los días sin peligro. Bajé la barra y salí.

Un par de segundos después de cruzar el umbral, con ambos pies sobre el suelo húmedo, detenido en un callejón sin nombre y sin números, en el que aquella era la única puerta, comenzó a sonar la alarma estridente del ambulatorio. Y eché a correr, pero no por miedo a ser descubierto saliendo por donde no debía. Tan solo me dejé llevar por un ingobernable deseo de desaparecer de allí, siendo allí un territorio inmenso, de escapar de la gente, tanto de la buena como de la mala. Doblé la esquina a la carrera, veloz, pero no tanto como podía. Y continué corriendo, esquivando a los pocos transeúntes que pisaban aquellas calles periféricas, pasando de la acera al asfalto a saltos. Corrí sin rumbo fijo no sé cuanto tiempo, quizás cinco o diez minutos, hasta que mi corazón estuvo a punto de estallar.

Me senté en un banco de piedra de un parque al que no creo que hoy supiese llegar, respirando a bocanadas, sin ser capaz de coger todo el aire que precisaba, con las venas duras como si por ellas corriera acero líquido en vez de sangre, con las piernas y los brazos temblándome. Eché la cabeza hacia atrás, sobre el respaldo del banco, y pensé que quizás el miedo y la muerte tuvieran más de un significado. ♦︎

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