‘Persona’, o el alma humana hecha de celuloide

Ingmar Bergman contaba algo más de veinte años de carrera cinematográfica en 1966. Había dirigido la mayor parte de sus hoy consideradas grandes obras. En 1953 le dio la instrucción a Harriet Andersson, en el papel de Mónica, de que mirase a cámara para despedir el último plano de la que sería su primera obra maestra, Un verano con Mónica. Dos años después sentó al cruzado medieval Max von Sydow frente a la muerte y un tablero de ajedrez en una playa. Después de aquello, metió al anciano Victor Sjöström en un coche que viajaba hacia el pasado, a un lugar secreto donde crecían ‘fresas salvajes’. En el 59 rodó El manantial de la doncella; en el 61 Como en un espejo, film con el que el sueco nunca quedó satisfecho, pero que resulta de sus más sugestivos trabajos; y en el 63 dejó la inconmensurable El silencio. Su cine se había convertido en un lugar propio y exótico, un universo de marcado carácter filosófico que retaba al espectador mirándole directamente a los ojos, que le asaltaba, le incomodaba en su butaca. Un cine que era una educada amenaza a los límites de la nueva experiencia artística, desde el rodaje a la proyección. Un animal mirando fijamente más allá de la jaula, al que le faltaba rugir y lanzarse al combate contra los barrotes. Y eso fue lo que hizo Bergman en 1966, con Persona, posiblemente el film más hipnótico, intenso, intrigante y turbador de toda la historia del séptimo arte.

persona_bergmanBibi Andersson y Liv Ullman, Persona (1966) / Imagen: Svensk Filmindustri.

Elisabet Vogler, conocida actriz, se queda sin habla en plena representación de Electra. Los motivos no son físicos, sino psicológicos. Algo en aquella mujer con fama y prestigio se cortocircuita en su interior, y se sume voluntariamente en un mutismo inexplicable, o más bien, incomprensible para la mayoría. La cuidará en su retiro una solícita joven enfermera, Alma, que pasa de la idolatría a la aversión sobre la personalidad de la frágil pero imponente celebridad a su cargo. Bergman eligió a Liv Ullman, con quien nunca había trabajado, para interpretar el papel de Elisabet Vogler. Y a Bibi Andersson para el papel de Alma. Los primeros planos de ambas son parte de la historia del cine, símbolos de uno de los trabajos dramáticos más intensos y complejos jamás filmados. Sobre la relación entre estas dos mujeres, una que no habla y otra que no para de hablar, solas en una casa de playa para que la enferma se recupere, Bergman inaugura un particular género cinematográfico, el del vampirismo intelectual. Dos personas que se mimetizan, se alimentan la una de la otra, se devoran. Por una parte está esa relación vampírica, la de Elisabet y Alma. Pero por otra la del propio film con nosotros mismos, espectadores, hipnotizados y atraídos por el pulso de su luz, llevados a su mundo de sombras imposibles.

Persona avisa desde su secuencia inicial, nos adentramos en un mundo extraño. No lo sabemos aún pero lo que vemos es cine de conciencia en estado puro. Se nos plantea la historia y nos dejamos llevar por ella en cuanto transita por un camino que creemos conocer, con la llegada de las primera secuencias de una narrativa a la que estamos acostumbrados. Es una trampa, y caemos en ella. Solo nos damos cuenta de que el monstruo nos ha mordido pasadas unas secuencias, cuando vemos a Elisabet Vogler en un plano general en su habitación de hospital, perdida contra la inmensidad de una pared vacía, frente a un televisor sin sonido que es una ventana a las más brutales realidades del mundo. Es entonces cuando el espectador percibe algo nunca experimentado, como si lo que está viendo existiera en realidad. No es una interpretación, sino algo así como otra dimensión. La luz de la escena palpita. La sensación es que podríamos pasar al otro lado de la pantalla si lo intentáramos. Y queremos hacerlo, movidos por la compasión y la necesidad de ayudar a la atormentada Elisabet Vogler. Lo que nosotros no hacemos, lo hará Alma después, a lo largo de la película. La fotografía de la secuencia es obra de Sven Nykist, gran maestro de la luz cinematográfica, un habitual ya por entonces en el equipo de Bergman. El cineasta sueco había conseguido lo que, probablemente, llevaba años buscando, articular ese grito que rompía las barreras entre la obra de arte y el espectador pasivo frente a ella.

Con el espectador hipnotizado no por un argumento sino por la exposición de un problema filosófico que ni siquiera acierta a formular, Bergman nos lleva a un universo fílmico nunca visto. No estamos dentro de una historia de ficción, sino dentro del cine como dimensión. Un lugar en el que las normas narrativas y de comunicación no nos son del todo conocidas, un lenguaje con reglas y expresiones nuevas. Pero detrás de toda historia, de cualquier necesidad comunicativa, hay una pregunta por resolver. Eso no varía en ninguna realidad, por muy sobrenatural o metacinematográfica que sea. Y la pregunta que Bergman parece plantear en Persona es, tal vez, la más grande de todas: ¿de qué material está hecha el alma humana? Alma divaga sobre “el sueño imposible de ser”, en una de sus ingenuas disertaciones. Le habla a Elisabet de remordimientos del pasado, de sexo y placer, de confianzas, de verdades dolorosas. En el silencio de Elisabet hay otros remordimientos, ideales de belleza, miedos. La pregunta parece imposible de responder con un mínimo de concreción, hasta que estalla el conflicto entre las dos mujeres. La imagen del otro sobre nosotros mismos y la imagen de nosotros en los demás. La confianza y la traición. Pareciera que Bergman intenta decirnos que el alma humana está hecha de pedazos de otras personas, o de los sentimientos que nos provocan cada uno de los seres con los que tenemos un vínculo íntimo. Sentimientos de culpa por no cumplir deberes o expectativas, sentimientos de amor ineludible o perdido. Y después, sentimientos respecto a la consciencia de nuestra identidad en función de todo eso. ¿Es eso el alma humana? 

Cuando Alma se siente traicionada por Elisabet, la película se quema. El celuloide arde y se le ven los cromosomas, los que aparecieron al inicio del film. Tal vez sea otra respuesta, que el alma humana, al menos algunas de ellas, están hechas de celuloide, o algún tipo de material inflamable como con el que se hacían las películas, el soporte para los sueños de los que se nutre el cine.

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