Mr. Western

     —¡Pam, Pam! Estás muerto.

Si le hubiesen dado un céntimo cada vez que había escuchado aquello, ahora sería el hombre más rico del mundo. Aunque bien mirado, le servía para sacarse algún que otro vino, y a veces hasta un pincho o media de rabas. Siempre y cuando él procediese con su habitual liturgia: desenfundar rápido, mirar a los ojos del adversario y después llevarse lentamente una mano al corazón. Incluso a veces, si estaba de humor o borracho, ampliaba su actuación clavando las rodillas en el suelo y exhibiendo su mejor rostro de vaquero moribundo. Entonces la carcajada era unánime.

Pueblo Nuevo village.Fotografía de Jean Gaumy, Magnum Photos.

Mr Western, como bien sabía esto, se reservaba el bonus para cuando no tenía nada en los bolsillos, o para cuando el hambre apretaba su pequeño estómago. Entonces entraba en algún bar, de los que él consideraba salones aliados, y soltaba alguna frase del tipo:

     —Busco al sheriff.

O también por ejemplo:

     —¿De quién es ese caballo que hay ahí fuera?

     —¡Pam, Pam! Estás muerto—  le respondía el más rápido de los borrachines, y Mr Western se disponía a hacer su número. Acabada la función se acercaba a la barra y posaba la pistola sobre ella, mientras se llevaba alguna desproporcionada palmada de aprobación en la espalda, alguien le pedía un vino y todos aprovechaban para vacilarle un poco. Él solía dejarse, pues cuanto más pecaba de infeliz más rondas sacaba. Lo único que no toleraba era que le quitasen el sombrero para pasárselo de unos a otros. Eso ya le parecía una total falta de respeto. Solía ocurrir demasiado a menudo, y él se marchaba enfadado, jurando que no volvería a pisar el salón. Cosa que jamás cumplía.

Nadie recuerda de dónde le venía a Mr Western su afición por el lejano oeste. Es probable que su hermana lo supiera, pero la pobre mujer hacía ya años que se le había ido la cabeza y pasaba el día encerrada en su habitación como un mueble más, tumbada en la cama o sentada en una mecedora de mimbre, que su hermano había encontrado en la basura una noche cuando volvía para casa.

Él era quien se encargaba de administrar las rentas básicas que ambos percibían, así como de alimentarla y asearla. Se tomaba muy a pecho sus tareas, y pese a que muchos le consideraban incapaz para ello, se sabía patrón de su pequeño rancho. Los domingos por la tarde la sacaba de su habitación e instalaba en la pequeña salita. Allí juntos veían algún clásico de John Ford o Howard Hawks, a los cuales confundía. Como también confundía Río Bravo, Río Salvaje y Río Rojo. Lo que importa es la isencia, no los nombres, solía decir cuando entre todos aquellos ríos naufragaba su memoria.

Comía siempre en el primer turno de la cocina económica. Antes de eso, se dispensaba en la Magina un desayuno temprano, consistente en leche fría y un pedazo de bizcocho, y después daba un largo paseo por la bahía para hacer tiempo. Cuando sobre las once y media llegaba donde las monjas, guardaba fila con un tupper en la mano junto a los inmigrantes africanos. Estos observaban con curiosidad a aquel hombre menudo y escuchimizado, que vestía como el vaquero de una película antigua. Él los saludaba guiñando un ojo cómplice y ellos cuchicheaban algo, suponía acerca de su atuendo. A Mr Western no le importaba en absoluto. Es más, disfrutaba sintiéndose el centro de atención allá donde fuera. Cuando llegaba su turno se quitaba el sombrero con gravedad, entraba en el gran comedor y siempre se sentaba en una pequeña mesa junto a la ventana. Las monjas le conocían bien, y aunque Mr Western no era especialmente devoto, las tenía en buena estima. Le habían alimentado durante años, y pese a que esto no le hacía mucha gracia, ellas eran las únicas que le llamaban por su verdadero nombre.

Acabado el almuerzo, regresaba a casa para dar de comer a su hermana. Después la cambiaba el pañal, acostaba, y salía a hacer la primera ronda. A esta hora solía coincidir con los chiquillos que salían del colegio. Estos le rodeaban, disparándole con sus pequeños deditos y pidiéndole regalos.

     —¡Mr Western me prometiste un sombrero!— decía uno.

     —¡Regalame las pistolas!— replicaba otro.

     —¡Yo también quiero esas botas, Mr Western!

     —¡Pam, Pam! Estás muerto ¡Pam, Pam! Estás muerto ¡Pam, Pam! Estás muerto— le gritaban todos.

A veces los niños más mayores le insultaban, llamándole maricón y borracho, pero esto no era lo más habitual. Cuando llegaba al bar la ronda ya había comenzado. Mr Western conocía bien sus tiempos y sabía que cuando va avanzada, al menos por la tercera o cuarta vuelta, es más sencillo colarse para que te conviden. Hacía su aparición, soportaba alguna que otra grosería y se tomaba lo que tocase: bien unos blancos, unos manchados, unas cañas o unos soleras, sin hacer nunca ascos al palo que llevara la ronda. Llegar el último también tenía sus inconvenientes. El principal era que Mr Western acaparaba toda la atención y la conversación comenzaba a girar en torno a él, con lo que ello conllevaba:

     —Aquí llega el pequeño John Wayne.

     —Págate unos cubatas vaquero.

     —Sí… unos cubatas se va a pagar éste. Lo llevas claro.

     —Oye. Di algo ¿No? ¿Ya has descargado las pistolas?

     —Sí, follándose a su hermana. Así las ha descargado.

     —No seas burro, Marcial.

     — JAJAJAJAJAJAJA —(reía el coro)

     —No creo que pueda. Va a comer donde las monjas. Y esas putas echan polvos a la comida para que no se te levante.

     —¡Que más dará! ¡Si es maricón!

     —¡Le gusta que le pongan mirando para Wisconsin!

     —¡JAJAJAJAJAJAJA! —(volvía el coro a reír)

     —¡Pam, Pam! ¡Estás muerto!

     —Oye, pero tírate al suelo, que te he disparado.

     —¿No estás muerto?

     —¡No te enfades, hombre! ¡Que estamos de broma!

Mr Western había desarrollado una especie de oído selectivo, el cual le hacía soportar aquellas vejaciones apenas sin inmutarse. Se había de centrar en cómo conseguir el próximo trago, eso era todo, y a poder ser gratis. Cobrando 426 euros al mes de pensión no era fácil poder alternar a diario, aunque fueran unos simples blancos, y eso que el alquiler del piso era de renta antigua. De no ser así se hubieran visto en la calle hace tiempo. Para sacarse algún dinero extra, los viernes y sábados, recogía vasos de tubo y botellas vacías en las inmediaciones de las discotecas del polígono. Por allí merodeaba con un carrito metálico de la compra. Los muchachos le conocían de sobra y nunca tenía problemas con ellos. Le invitaban a porros y él les hacía el número del hombre herido, que por cierto les encantaba. En ocasiones también le ofrecían pastillas, pero de eso no quería saber nada. Hubo un tiempo, no tan lejano, en el que los fines de semana anduvo merodeando por los jardines cercanos a la catedral. En más de una ocasión, después de realizar el servicio, no fue pagado, por lo que tuvo claro que recoger vidrio era más inteligente que jugarse a lo tonto la salud. Amén de mucho más digno.

Concluida la ronda mañanera, donde habíamos dejado a Mr Western, regresaba a casa con tranquilidad. Al menos una vez por semana, modificaba su trayecto de vuelta y esperaba sentado a que abriesen la juguetería de la plaza. Lo hacía con la ilusión intacta, siempre soñando con un flamante traje de cowboy que pudiera ampliar su colección. Uno con chaleco negro y corbatín blanco, como el que llevaba Kirk Douglas en aquella película, o quizás el tradicional sombrero beige a lo Gary Cooper, a juego con los pantalones de montar. O uno rojo, nunca había tenido un traje rojo. Cualquiera de ellos sería ideal. Se apoyaba en la pared de la tienda y se quedaba dormido con el sombrero sobre la cara, entregado a estas dulces ensoñaciones, hasta que el sonido de la verja metálica le despertaba. En la juguetería casi nunca había disfraces nuevos, pero aun así intentaba aprovechar el viaje para comprar unas pistolas, unas esposas, o una nueva cartuchera. Llegado a casa, echaba una pequeña siesta en el sofá y más tarde cocinaba algo para los dos. Después de dar a su hermana de cenar lo hacía él; metía la tele en el cuarto de ella para que la hiciera compañía; apagaba las luces de la casa; se aseguraba de no haber dejado encendido el fuego; cerraba con llave y salía a hacer la ronda de la tarde.

También al menos una vez por semana, antes de pisar los salones, se compraba un par de latas de cerveza y acercaba al cementerio. Cogía una pequeña escalera que encontraba atada a una cadena, y allí encaramado con un trapo húmedo, pasaba el polvo acumulado en el nicho de su madre. Luego tomaba prestadas algunas flores del gran panteón de los gitanos, donde siempre había más que de sobra, y las ataba en la palmatoria de la lápida. Apuraba las cervezas en respetuoso silencio, mientras anochecía, sentado sobre el mármol. Cuando ya había oscurecido del todo descendía por los atajos, camino de la zona vieja, dispuesto a echar unos tragos.

Por entonces, el otoño ya se había metido de lleno en la bahía y empezaba a refrescar, cosa que Mr Western agradecía. Las telas acrílicas de los disfraces eran un suplicio cuando el calor apretaba, y aunque cortaba las costuras para entrar en los trajes talla de doce a catorce años, estos le seguían quedando justos, haciéndole rozaduras. El sombrero también le hacía sudar considerablemente. Los escasos pelos que poblaban su cabellera se le pegaban a la cabeza y le producían picores, que acababan siempre en ronchas. En verano, estas pequeñas cuestiones acababan por resultar un suplicio, y Mr Western se preguntaba cómo sus antepasados habían podido sobrevivir al clima de las grandes llanuras.

Poco antes de llegar la navidad, ocurrió un hecho que acabaría trastocando para siempre la rutina del viejo vaquero. Una noche, mientras Mr Western hacía la ronda, su hermana pareció despertar de su letargo. Por desgracia esta resurrección sería simplemente pasajera, pues dos horas más tarde la mujer volvería a vegetar. Después de que en los últimos doce años de su boca no hubieran salido otra cosa mas que espumajos y sonidos guturales, comenzó a gritar. Aquellos alaridos tenían algo de infrahumano. Los vecinos, alertados por aquel quejido doloroso, no dudaron en llamar a la policía. Éstos al llegar hicieron lo propio con la ambulancia, los cuales hubieron de requerir el servicio de los bomberos para echar la puerta abajo y rescatar a aquella sirena, que ya sobrepasaba los ciento cincuenta kilos. Tal despliegue causó sensación en el humilde barrio.

Cuando Mr Western regresó de la ronda, se encontró la puerta abierta de par en par y la casa desierta. Después de que unas vecinas le contaran lo sucedido, no pudo hacer otra cosa mas que bajar a la calle, sentarse en el descansillo del portal y echarse a llorar.

     —¡Pam Pam, Mr Western! Los vaqueros no lloran. ¡Pam Pam, Mr Western! Los vaqueros no lloran —se repetía una y otra vez tratando de reprimir el llanto.

Jamás supo quién efectuó la denuncia, aunque esa cuestión pronto dejó de importarle, pues ella nunca volvería a casa. Los servicios sociales tomaron cartas en el asunto y fue internada en un centro para personas con discapacidad mental, de reciente construcción, a las afueras de la ciudad. Mr Western hubo de escuchar cosas terribles. Fue acusado de negligencia por haber encerrado con llave a su hermana. Ésta, dijeron, se encontraba desatendida, ya que requería ciertas atenciones especiales dados sus graves problemas de salud. Tenía trombos en las extremidades y a punto estuvieron de amputarla una pierna. Acerca del estado de la casa, dijeron que no requería las condiciones mínimas de habitabilidad y salubridad para una persona en tales condiciones. Posteriormente, dictaminaron la incapacidad de Mr Western para hacerse cargo de ella, pues adujeron presentaba un trastorno límite de la personalidad, acompañado de un más que evidente alcoholismo.

Superada la conmoción inicial, sería la desazón la que acabaría por anidar en el corazón de Mr Western. No llegaba a explicarse los motivos de aquella decisión, y aunque le aseguraban que su hermana estaría ahora mucho mejor atendida, él creía que todo se debía a alguna oscura conspiración. Se volvió huraño y taciturno. Dejó de hacer sus rondas diarias para permanecer en casa encerrado. Durante el día bebía vino blanco y moscatel, con las persianas abajo, vestido en ropa interior y sombrero. También dejó de ir a comer donde las monjas, como dejó de ir a la juguetería o al cementerio. Lo único que de alguna manera le había sujetado a la realidad se había esfumado. Su sencilla rutina era el ancla que le había mantenido atracado a una cierta cordura. Ahora su juicio vagaba a la deriva. Solo salía de madrugada. Deambulaba por el parque o se acercaba hasta el puerto a ver como salían los pequeños pesqueros rumbo a alta mar. Buscaba en los contenedores de la basura y en las papeleras, pues todo lo que encontraba pensaba podría servirle para algo. Aunque es más cierto que lo hacía por inercia, como si toda esa chatarra inservible pudiera llenar el hueco que había quedado tras la marcha de su hermana. Consumida ya la noche, podía escucharse el chirrido de las ruedas de su carrito cuando regresaba para casa. Entonces se encontraba con los barrenderos que empezaban su turno.

     —¡Pam Pam, Mr Western! Estás muerto le gritaban desde la otra acera.

Él ni siquiera se daba la vuelta y seguía su camino.

Cuando entraba por la puerta, dejaba el carrito en mitad del pasillo y presto se ponía a separar los hallazgos nocturnos. Lo hacía en tres montones, en función de los materiales. Los metálicos por un lado, el plástico por otro y el resto a un tercer montón. El sol entonces, sin pedir permiso, ya empezaba a colarse dentro de la casa. Mr Western trabajaba incansable hasta que vaciaba por completo el carro. La incipiente claridad del día hacía que aquellos objetos, que lo rodeaban, se convirtieran y cobraran nuevas formas. También él parecía transformarse en un ser aún más liviano, que revoloteaba como una mosca entre toda aquella porquería.

Y en aquel amanecer, que nada tenía de diferente al resto, entre toda aquella montaña de inmundicia, algo llamó su atención. Algo que le haría abandonar la penitencia que él mismo se había impuesto. Al fondo del carrito, abandonado entre periódicos y revistas, descubrió un papel satinado azul y blanco. No sabía cuánto tiempo podía haber permanecido allí, esperando a ser hallado. Estaba manchado de grasa y  había cogido las formas rectangulares de las celdillas metálicas. Entre sus arrugados pliegues aún podía adivinarse en grandes letras:

GRAN CIRCO CIMARRÓN. ÚLTIMOS DÍAS.

Si aquella simple tipografía había encendido de repente una luz dentro de Mr Western, su reverso acabaría por iluminarlo del todo. En la parte trasera de aquel papelajo cobraban vida todas y cada una de sus fantasías: los trajes no eran disfraces, eran auténticos; los vaqueros estaban encarnados por hombres apuestos y de ojos bondadosos; las chicas del cancán sonreían bellísimas, con una pierna levantada; incluso los indios también parecían del todo amables. Se representaban caballos salvajes y bisontes recorriendo la gran pradera, y casi podía escuchar como las balas de aquellos Winchester pasaban silbando cerca de él. Caravanas y diligencias levantaban, con sus grandes ruedas, el polvo de los caminos. Se preguntaba cómo era posible que en tan poco espacio de papel pudiera condensarse, con tal precisión, tanta dicha.

Y como quien recibe un repentino e inesperado caldero de agua fría sobre la cabeza, Mr Western despierta. Frota sus ojos cansados. Mira a su alrededor observando su presente. Montones de basura le rodean. Cosas absurdas y del todo inservibles. Por un momento siente compasión de sí mismo. Es un hombre mayor, es consciente de ello, y nadie le va a echar en falta. Coge sus pistolas y de un rápido movimiento las introduce en la cartuchera. Se pone su mejor sombrero y guarda en una vieja maleta cada uno de sus trajes. Cuando sale de casa ni siquiera se molesta en cerrar la puerta. Baja a la calle y se encamina hacía la estación de autobuses. El primero hacia Madrid, le informan en la ventanilla, sale a las 10 de la mañana. Compra un billete. Con el dinero que le sobra compra un bocadillo de jamón y una Coca Cola para el viaje. Después se sienta en un banco y espera pacientemente.

El autobús sale puntual. Mr Western va sentado al lado de una mujer negra y muy gorda, que ocupa parte de su asiento y habla a gritos por teléfono. De todas formas se duerme. Cuando despierta, la mujer ya no está y el paisaje ha cambiado por completo. Ahora los grandes circos de piedra, que rodean la meseta, se elevan sobre la extensa llanura. El sol se encuentra en su punto más alto. Observa por la ventanilla cómo los buitres sobrevuelan en círculo, recortando con sus siluetas el perfecto azul del horizonte. Se estira y bosteza durante un largo rato. Acaricia con suavidad el papel satinado, asegurándose que aún se encuentra en su bolsillo. Esto le reconforta. Después se acomoda, aprovecha para tumbarse sobre ambos asientos, oculta su rostro bajo el sombrero y vuelve a dormir. ♦︎

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