Los griegos

¿Qué fue de los griegos?

Invierno de 2011: que Grecia estuviese siendo víctima de una quiebra económica definitiva aún nos sonaba a gripe mal curada, a hecatombe (“sacrificio de cien bueyes”) que no significaría gran cosa el lunes por la mañana. Después de todo, la despensa de la casa de Ulises parecía no vaciarse nunca a pesar de la voracidad de los pretendientes.

Conversación de sábado noche con dos ciudadanos griegos, hombre y mujer: comentamos ligeramente la actualidad del país heleno, y de pronto les dije, así sin más, a aquel hombre y a aquella mujer afables y sonrientes, que nosotros estábamos siempre pendientes de Grecia, que toda Europa miraba orgullosa a Grecia por su capacidad eterna de sobreponerse. ¿Tú crees?, me respondió el hombre. Claro, puedes estar seguro, tuve que responder: nadie se puede echar atrás después de haber dicho algo así. Mis interlocutores no dejaban de sonreír, pero había un punto de melancolía en sus rostros, ese punto exacto que hace que simpatices con alguien para siempre, aunque “para siempre” no tenga la oportunidad de aparecer.

philippos-margaritis-1865-acropolis Acrópolis (1865) / Foto: Philippos Margaritis.

Han pasado cinco años. El ruido mediático ya no zumba sobre ellos. La Maquinaria sigue triturándolos, pero el Ojo que corona la Maquinaria ahora se fija en otros pueblos. Siria; París, Bruselas (¿Alguien se acuerda de lo que pasó en Bruselas en Fin de Año?).

Esta guerra se libra con números. “Eso es, tened miedo”: la Maquinaria se frota las garras y las tenazas mecánicas. “Estamos logrando que los griegos dejen de ser valientes”. Están logrando que la dignidad sea cosa de temerarios.
Hay que definir de nuevo los conceptos de “metrópoli” y “colonias” que imperaron hasta el siglo XX; hay que hacerse a la idea de que la metrópoli es la Maquinaria tras sus muros. Han construido una fortaleza inexpugnable, inexpugnable porque es incomprensible.

La realidad ya sólo consiste en fuegos artificiales y lo que se acaba de hacer ahora mismo. Somos esclavos complacientes poniendo la espalda al látigo de un negrero amable.

Los atenienses antiguos votaban a mano alzada en un mundo más sencillo, pero no por ello menos aterrador. El mundo era más grande entonces, y ni los más sabios podían tener una idea precisa de su geografía ni de los pueblos que la habitaban. Pero eso no ha cambiado demasiado: a día de hoy no todo el mundo tiene una idea precisa de la geografía que le rodea, ni siquiera de la inmediata; y el miedo a los otros pueblos ha mutado, pero sigue siendo miedo.

Todos somos Magna Grecia, decía Borges. Aquellos griegos de la Antigüedad poco tienen que ver con los actuales, lo mismo que aquella Magna Grecia con la actual, o los romanos de hoy día con los romanos antiguos. Han pasado demasiadas cosas, se han movido todos los tipos humanos, se han cosido y descosido y remendado todos los mapas y paisajes, han corrido demasiados flujos corporales. Y el ejercicio de la democracia cansa: los griegos tuvieron elecciones generales tres veces en un año (esto me suena a amenaza reciente…). Nos cansa decidir, o más bien decidir quién decide; estamos cansados, ya sabemos lo que cabe esperar.

Por fin llega la rendición esperada. Los operarios de la Maquinaria han alcanzado una forma sublime de sojuzgar a la humanidad.

Sonríen displicentes: aquello de invadir Europa con tanques les parece tan primitivo, tan básico, como la piedra afilada de un homínido. Les parece incluso entrañable, como los bordados de la abuelita. Y eso de remitirse a unas fronteras, y eso de hablar de clases sociales para localizar al enemigo, ahora que han alcanzado la sublimidad, es para ellos como para ti reencontrarte en el desván con el sonajero de tu infancia. Suspiran, sonríen tiernos. Ni siquiera sabemos quiénes son. Han alcanzado el nivel incorpóreo, la cumbre del maquinismo que empezó con Spinning Jenny. Cunqueiro: “ En la Odisea nos asombra el espíritu de aventura de un pueblo que llega del interior para conocer el mar. Un pueblo que no lo había visto nunca, ni siquiera tenía palabra para designarlo, pero que va a surcar sin temor con sus frágiles naves”. ¿Nos reconocemos en este “surcar sin temor”?

No estamos dormidos ni despiertos del todo. En este duermevela vemos a los griegos zarpar para no volver jamás. Todos corremos al puerto, para despedirnos, para pedirles que regresen. Algunos lloran, otros agitan pañuelos. Ya sentimos nostalgia antes de que desaparezcan bajo el horizonte. El mapa de Grecia es un papel cortado a tijeretazos y ahora lo arrugan y lo tiran.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies