Lisboa, turismo emocional

Un rugido amortiguado. El Atlántico estrellándose contra la orilla. La orilla, que, como un mago, convierte el agua en espuma. La espuma que, eléctrica, resplandece en la oscuridad de la noche. Un proceso que se repite una y otra vez, calmado pero imperturbable, como la vida en su ciudad, Lisboa.

Lisboa, la ciudad del orden y el equilibrio. Donde los cafés se beben despacio y los versos se recitan con voz rota, donde las calles son susurro y las tardes suspiro. La ciudad donde el amor siempre es un buen recuerdo y el germen de una buena novela. La vida en Lisboa se desarrolla con pureza. Demasiado delicada, demasiado inocente para un mal grito o una carrera fuera de lugar.

Entre el oleaje se alza el puente del 25 de Abril, que hace creer, camuflado entre las sombras, que estamos en San Francisco. Un monstruo que desafía a la naturaleza, resistiendo el empuje del océano, estirándose para intentar rozar las estrellas. Un pasadizo suspendido en el cielo, colgado por unos cables que se camuflan en la profunda negrura de la noche y que hacen que el mal truco parezca magia. Una estructura errante, que nadie conoce muy bien a dónde conduce, pero que todos saben que no puede ser mejor que el lugar en el que estamos ahora, Lisboa.

PORTUGAL. Lisbon. 1996. Lisboa (1996) / Foto: Gueorgui Pinkhassov/Magnum Photos.

Lisboa es una ciudad extraña. Allí uno se mueve sin prisa, como si el tiempo no apretase, como si el destino nos esperara, por muy tarde que lleguemos, en los bares de la Praça do Comércio, disfrutando de la brisa y las gaviotas; o paseando en la Alfama, perdiéndose entre calles que, como serpientes, culebrean y confunden, trepan y descienden, y que huelen a espuma de mar y nostalgia de tranvía. Lisboa es una capital donde no se vive rápido, sino que se muere despacio. De la misma forma que cenaba esa anciana japonesa en el restaurante Casa da Comida, masticando con lentitud, espaciando los parpadeos, contagiada por la paz de la ciudad, transmitiéndola entre las tenues luces del restaurante, sin palabras ni gestos, solo con el instinto.

Y mientras contemplamos desde Senhora do Monte cómo el sol desaparece tras los tejados, sigiloso, delicado, como si no quisiera que nos percatáramos de su marcha, las tiendas de sombreros y recuerdos mal empaquetados echan el cierre, los camareros asaltan a los turistas en la Praça da Figueira y Bairro Alto se llena de luces, gente y alegría. Las calles del barrio bohemio, coronadas por esas banderas multicolor, viva prueba de que en la sencillez también hay belleza, se aceleran, insufladas de esa adrenalina que solo la noche y sus misterios pueden transmitir. Lisboa, en un nuevo ejercicio para recordar que es la ciudad del equilibrio, contrapone a la calma del día el bullicio de la madrugada. Entre la estatua de Fernando Pessoa resuenan los vasos entrechocando, bisagras que rasgan el oído, voces de personas sin rumbo, tacones entre los adoquines, ascendiendo con rapidez y esfuerzo las cuestas que llevan a la Rua da Atalaia, música que reverbera y escapa de los débiles muros, desgastados por la humedad y las tormentas, por el tiempo y la literatura. Todo marcha dos velocidades más rápido, excepto ese guitarrista que sigue tocando con la misma delicadeza y cariño versiones de Pearl Jam en la plaza de Chiado. La gente camina precipitada, dando la sensación de dirigirse a muchos lugares sin querer verdaderamente estar en ninguno. Como si el destino, a partir de medianoche, ya no esperase. El barrio amplifica esa sensación propia de la juventud de querer abarcarlo todo, de ser dueño de la ciudad, de los elementos, y la gente, de bailar y beber sin más ritmo que el que  marcan nuestros propios deseos. Y cuando de madrugada nos alejamos y regresamos a la Avenida da Liberdade, escuchamos, distorsionado, el Atlántico. Sus rugidos acolchan las calles, amortiguados por la lejanía y la música, incapaces de ascender por esas cuestas imposibles Y, por primera vez en todo el día, sentimos que sus gritos no son más que el eco de una triste llamada de auxilio de alguien que solo quiere unirse a la fiesta.

Lisboa es un lugar singular, regida por su propia idiosincrasia, distinta al resto de capitales del mundo. Y, a pesar de todo, sentimos que la conocemos de toda la vida. Como si siempre nos hubiésemos soñado viviendo en ella y ahora, por fin, le hubiésemos puesto un nombre y una ubicación en el planeta. Pero, aun estando allí, intuimos que, por mucho que pensemos en ella, nunca nos pertenecerá de forma exclusiva, nunca nos revelará sus secretos.

Lisboa es ese hombre con el que chocamos al salir de un bar de madrugada y que nos suena de algo, ese con el que cruzamos la mirada y, aunque notamos que él también nos reconoce, comprendemos que ya no existe oportunidad para el saludo. Lisboa es esa chica que toma una copa sola en la barra, aparentemente tranquila, ajena a las conversaciones que se suceden alrededor de ella, desinteresada por cualquier compañía, con la que recordamos haber compartido algún momento (¿una cena, una copa, una conferencia?) y, aunque nos sentimos tentados a acercarnos e invitarla a algo, rehusamos porque la sabemos demasiado distante, en otro plano del universo.

Lisboa, en definitiva, es un viejo recuerdo, de esos que no sabemos si hemos vivido en el plano de la realidad o de los sueños, un deseo que naufraga en nuestra memoria, demasiado tímido para ser conscientes de él; un lugar en el que pensamos al ver el sol, el mar, o al sentir la brisa en nuestra cara, pero que no nos interesamos por saber si existe. Lisboa se encuentra en todos nosotros, latente, encapsulada, entre esos conocidos ya olvidados y los amores que están por llegar.

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