John Le Carre y la sombra de Smiley

No hace falta ser entusiasta de las aventuras de espionaje y agentes secretos para sentirse atrapado por las novelas de John Le Carre. Es más, podría haber una contraindicación en ello: claramente desaconsejables para los admiradores de James Bond. No se están introduciendo con esto juicios de valor, sino expresando una realidad objetiva. Son dos mundos diferentes y es difícil que quien se sienta cómodo en uno lo esté en el otro. Ahora, con la inmensa fama y popularidad de las obras de Le Carre y de Ian Fleming (las de éste sobre todo a través del cine) la observación precedente no tiene mucho sentido, pero hace unas décadas hubiera sido necesaria.

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John Le Carre, Londres, 1964 / Foto: Ralph Cranethe/Life Picture/Getty Images.

El mundo del espionaje que nos presenta Le Carre es lo contrario de cualquier narrativa épica y aventurera, lo que no quiere decir que esté exento de peligros, más bien sobreabundante en ellos. No son emociones lo que nos faltará  siguiendo los avatares de Smiley y sus colaboradores, pero son emociones que no van a depender de la velocidad de un coche o de las piruetas de un atleta. Al describir por medio de sus personajes los entresijos de la guerra fría, Le Carre se ha ganado un distinguido puesto en la  literatura del siglo XX y merece la pena preguntarse por qué, además de por su indudable habilidad como creador de historias.

Lo primero es que John Le Carre (David John Moore Cornwell) conoce bien el tema, puesto que ha sido durante años agente del MI6, el servicio de inteligencia británico. Además, escribe muy bien, con una técnica novelística deudora de los avances del siglo XX. Y last, but not least, es muy sensible a los problemas de los seres humanos, tanto en lo individual como en la forma en que lo colectivo se desploma sobre ellos. Con estos mimbres se pueden hacer buenos cestos, y Le Carre los hace. Es uno de los escritores más leídos del mundo actual, y es justo que así sea.

Hay dos Le Carre, el anterior y el posterior a 1991, el año de la desaparición de la URSS. El primero nos habla de la guerra fría, y el segundo profundiza en las muchas maldades que contribuyen a hacer poco habitable el mundo tras el pretendido “fin de la historia”.  El parte aguas entre ambas etapas puede ser La Casa Rusia y aquella inolvidable escena en la que el responsable soviético dispuesto a desertar pregunta a sus interlocutores occidentales: “Si yo me porto como un héroe, ¿podrán ustedes portarse como personas decentes?” La respuesta en los hechos, como sabe todo el que haya leído la novela, es negativa. Le Carre prescinde de cualquier optimismo y presenta crudas realidades, casi siempre centradas en el desamparo de los individuos frente a los poderes (más o menos oscuros) que mueven el mundo. Y esto, antes y después del 91.

Para quienes sólo le conozcan por sus obras más recientes conviene recordar la trilogía de Smiley, que le lanzó a la fama en los años setenta del siglo XX y que quedará siempre como su mejor aportación al género del espionaje y seguramente como la cumbre de tal género: El topo, El honorable colegial, y La gente de Smiley. En ellas, los espías de Le Carre son  funcionarios grises que se ponen zancadillas unos a otros para ascender y hacen trampas con las dietas de viaje. Gentes que uno se puede encontrar en cualquier organización burocratizada, sólo que aquí son (como dice uno de ellos) la tropa de vanguardia de la guerra fría.  Y como tales se comportan, actuando con la misma crueldad y falta de escrúpulos que sus contrincantes de los servicios soviéticos. El mundo del espionaje es un mundo siniestro por su propia naturaleza, que las novelas de Le Carre hacen más siniestro todavía por la mediocridad de sus protagonistas. Cualquier concesión a la aventura romántica, está fuera de lugar.

El personaje central, George Smiley, es representativo de este mundo, sólo que mucho más inteligente que cuantos le rodean, por encima o por debajo. Rechoncho, descuidado en el vestir, limpiando las gafas con el revés de la corbata (recordemos que estamos en una Inglaterra de gentlemen), y tristemente enamorado de su bella y aristocrática esposa que le es persistentemente infiel. Su cerebro privilegiado es respetado por todos, lo que no le hace precisamente ser un triunfador en su carrera.  Y a lo largo de estas tres novelas libra un duelo a muerte con el jefe de los servicios secretos soviéticos, el enigmático Karla, otro cerebro sólo comparable con el suyo.

No es la primera vez que aparece Smiley. Ya lo hizo en Asesinato de calidad, Llamada para un muerto, El espía que surgió del frío, y alguna otra historia, en las que a veces representa papeles nada agradables. Por ejemplo, en El espía que surgió del frío es quien empuja  a la chica, una comunista idealista e ingenua, a seguir a su amor tras el telón de acero, como pieza útil de la trama, para encontrar ahí el desastre. El Smiley que se nos presenta en la trilogía que inicia El topo, en los diez años que transcurren entre la publicación de aquella novela y éstas, se ha convertido en un personaje muy humano, contradictorio y lleno de matices, aunque igualmente capaz de decisiones terribles.

El detonador de esta saga es la presencia de un “topo” (un agente doble) en la cumbre del Circus, el servicio secreto británico. El tema está claramente inspirado en la historia de Kim Philby y el famoso “círculo de Oxford”. También aquí el doble agente soviético resulta ser un oxfordiano, el más elegante y brillante de  los dirigentes del servicio de inteligencia inglés. A Smiley le corresponderá identificarle y desenmascararle, con el agravante añadido de que este caballero es, además, el amante de su mujer. Es muy interesante, y hay que ponerlo en el haber de Le Carre, el contrapunto entre la mediocridad burguesa de Smiley y la evidente pertenencia a la sofisticada clase alta del traidor. No hay diferencias intelectuales entre ellos  (al contrario, Smiley es un erudito muy culto) sino de forma, esas diferencias de forma que en la sociedad inglesa son tan determinantes.

El topo es una gran novela que, entre otras cosas, pone de manifiesto la vulnerabilidad de los servicios de inteligencia frente a lo que Graham Greene, en otro inolvidable relato sobre los mismos temas, llamó “el factor humano”.  Como consecuencia de las hazañas del topo, el Circus es puesto del revés, y ha de ser reconstruido desde los cimientos sobre la base de  la desconfianza total de todos hacia todos. Lo curioso es que el responsable de tanta traición y tanta muerte no es un desaprensivo mercenario, sino un idealista que abrazó el comunismo en sus años estudiantiles, los treinta, como respuesta a los avances del fascismo, y desde entonces ha puesto su lealtad a la Unión Soviética por encima de la que le debe al Reino Unido.

No será hasta el final del tercer título de la serie, La gente de Smiley, cuando se produzca el triunfo sobre Karla, el jefe de los servicios soviéticos, y tal triunfo sólo es posible por medio de un sucio chantaje sobre la vida privada y la familia del dirigente ruso, jugada tan sucia como tantas que hemos visto, de una y otra parte, a lo largo de muchos cientos de páginas. Tanto es así que cuando Smiley es felicitado por su éxito, mueve la cabeza con tristeza y mira a su interlocutor con cara de duda. Y con esa mirada se despide de nosotros, lectores.

Le Carre ha escrito más, muchísimo más, y felizmente sigue escribiendo, poniendo siempre el dedo lúcido sobre llagas que supuran. Nos habla del tráfico de armas, de las mafias, del islamismo radical, de los conflictos postsoviéticos, del papel de las multinacionales en el África negra, del drama palestino-israelí, y de muchas cosas más. Siempre sin eludir la complejidad y las complicidades que hacen estas situaciones irresolubles, y trágicas para los seres humanos que voluntaria o involuntariamente se ven  implicados en ellas. Unos seres humanos cuyas complicaciones psicológicas y morales se contemplan en profundidad. No es confort lo que encontraremos en estos relatos, pero sí un excelente nivel literario y mucha materia sobre la que pensar.

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