El nuevo ‘maccarthysmo’

Ni caza de brujas ni listas negras. Ni delaciones ni interrogatorios. El neomccarthysmo también apunta a Hollywood, pero sólo en forma de efecto colateral tras cada adaptación cinematográfica de la obra de Cormac McCarthy (Providence, 1933). Probablemente, como defiende el crítico literario Harold Bloom, uno de los cuatro abanderados actuales de esa quimera bautizada como gran novela americana junto a Don DeLillo, Thomas Pynchon y Philip Roth. Genio y figura, sobre su pasado sobrevuela cierto halo de misterio. Reza la leyenda que pasó parte de su existencia bajo una torre de perforación, rareza compatible con su carácter huidizo y los paisajes polvorientos y descarnados que bosqueja con maestría en cientos de páginas. Como un Daniel Plainview (Pozos de ambición) de las letras.

cormac-mccarthy-nerissa-escanlarCormac McCarthy / Foto: Nerissa Escanlar.

¡El horror, el horror! Adentrarse en la creación de McCarthy acarrea escuchar el susurro estertóreo del personaje de Joseph Conrad a cada paso. La crudeza se abre hueco desde las entrañas, mostrando las sombras de personajes y lugares en todo su esplendor. Sin impostura, pero sin renunciar a la andanza por la andanza. Superando ese reproche peregrino, que también sufre Tarantino en la gran pantalla, de una maquinal o gratuita estilización de la violencia. Hace falta más sustancia para alumbrar una de las reliquias en papel de las últimas décadas, Meridiano de sangre, calificada por Foster Wallace, desde su intensidad, como una novela “atrozmente infravalorada”.

Presa del espesor transfronterizo que empapa toda la producción del escritor, la narración cabalga al son de un grupo de mercenarios de mediados del siglo XIX que se ganan el pan masacrando indios entre Estados Unidos y México. Desalmados y ovejas descarriadas bajo el caudillaje del juez Holden, el villano entre los villanos. Ríanse del Yago shakesperiano, Mr. Hyde o el profesor Moriarty de Conan Doyle. Este albino depravado y fatalista de aura filosófica es de los que no se olvidan. Daría para una serie de televisión él solo, para ascender de inmediato al Olimpo de la ruindad catódica que pueblan Tony Soprano, Omar Little o Al Swearengen. Toros mansos a su lado. De momento, toca esperar. El proyecto que filmó James Franco hace unos años y otros amagos siguen tristemente en el limbo.

“Habían visto al juez desnudo en lo alto de la muralla, inmenso y pálido en las revelaciones de los relámpagos, recorriendo a zancadas el perímetro y declamando al viejo estilo de la épica”. (Meridiano de sangre, Mondadori, traducción de Luis Murillo Fort).

La aspereza apocalíptica, traducida en una atmósfera tan apelmazada que golpea de lleno más allá de las costillas, se respira en trabajos posteriores como No es país para viejos, trasladada al cine con acierto por los hermanos Coen, y en la más lejana en el tiempo Hijo de Dios, menos apta para estómagos delicados. ¡Absténganse lectores impresionables! Pasajes dignos de la familia de Sawney Beane cobran vida en párrafos inmundos en contenido, que no en forma. Imágenes que rezuman hediondez y opositan a confluir en náuseas. La psicopatía de Anton Chigurh y su exótico artilugio mortal se logran digerir de mala gana gracias a la abnegación del sheriff, como tenue esperanza e invitada inesperada. Hasta en Blood Meridian asoman asideros catárticos de entre ese puñado de frases y descripciones cáusticas, pero no así en Child of God, donde hay que admitir que McCarthy se pasa de la raya.

Sorteadas las tinieblas, no todo es oscuridad en la extensa carrera del autor de Rhode Island. Las desventuras del chaval de Meridiano de sangre, que articula el relato a la sombra del totémico juez Holden, se pueden abordar con el placer de la lectura adolescente. A medio camino entre Jim Thompson y el Blueberry de Moebius. En la línea del western moderno que plasman Deadwood o Django desencadenado, aunque con el sello de McCarthy, que recurre a la road movie a jamelgo en un viaje sin fin a través de millas y millas. El amante de la geografía tiene a su alcance la experiencia de agenciarse un mapa e ir marcando las huellas del periplo conforme avanza en la historia. San Antonio de Béjar, Chihuahua, Corralitos, San Diego, Sacramento… Ponga una cruz.

En Todos los hermosos caballos, la primera y eufónica entrega de la Trilogía de la frontera, John Grady Cole y su amigo Lacey Rawlins repiten esquema, galopando hasta tierra de nadie en compañía del exasperante y entrañable Jimmy Blevins. La fallida adaptación de Billy Bob Thornton, protagonizada por Matt Damon y Penélope Cruz, no le hace justicia. Ni de lejos.

Ese mismo caminar, madurado por una mayor profundidad psicológica, se acentúa en su novela más conocida, La carretera, que le valió el Pulitzer y también una réplica de la mano de Viggo Mortensen, con una fotografía y un nivel interpretativo, esta vez sí, a la altura de la inspiración. Soledad, aislamiento, corazón. Diálogos paternofiliales que cortan, que duelen. Que atronan en la cabeza.

“¿Nos vamos a morir?

Algún día. Pero no ahora.

Y todavía vamos hacia el sur.

Sí.

Para no pasar frío.

Así es.

Vale.

¿Vale qué?

Nada. Sólo vale.

Duérmete.

Vale”.

(La carretera, Mondadori, traducción de Luis Murillo Fort).

Grises de un discurrir iniciático que McCarthy talla con una prosa diferente a casi todo lo anterior, más seca, sobria, sin realces. En un giro minimalista que conduce a un padre y su hijo por un vacío de memoria ecoica, en el que la luz reverbera sobre ese vínculo. “Sí. Todavía somos los buenos”. La distopía elevada a arte, pero con sitio, al menos un pequeño refugio, para el amor más puro. El Nuevo Testamento de McCarthy, como secuela del Antiguo, Meridiano de sangre. La causa última de su religión, que palpita ahora con The Passenger. Conviértanse al maccarthysmo. Vale la pena.

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