Daniel Blake y la austeridad

La Real Academia Española otorga a la palabra ‘austero, ra’ cuatro definiciones. La primera dice: “severo, rigurosamente ajustado a las normas de la moral”. La segunda, “sobrio, morigerado, sin excesos”. La tercera señala: “agrio, astringente y áspero al gusto”. Y, por último, “retirado, mortificado y penitente”.

Es una palabra que, en los últimos tiempos, más o menos desde el comienzo de la crisis económica la vemos por todos lados. Son tiempos de austeridad, de recortes, de ajustes… Pero como nos muestra Ken Loach en Yo, Daniel Blake (Palma de Oro en el Festival de Cannes 2016), el cinturón aprieta más a unos que a otros.

daniel_blakeYo, Daniel Blake (2016) / Imagen: BBC/BFI/Sixteen Films.

Si pensásemos en una definición que hiciese referencia a la austeridad desde la historia que construye Paul Laverty, probablemente, nos detendríamos en la cuarta, sobre todo, en mortificación y penitencia. Daniel Blake (interpretado por Dave Johns) sufre porque es un nombre más en las listas de un conjunto de gente que sobra en un Estado del Bienestar. Y aunque diga “yo”, o lo escriba en una pared en un acto de desesperación, al final no debe molestar demasiado ya que, como nombre, no ha cumplido los trámites que se le imponen tanto para una baja laboral como para una prestación de desempleo.

El sistema que dice proteger a los ciudadanos, sus derechos y sus libertades, lo que provoca, ya lo sabemos, con la interminable burocracia, es un complejo sistema de callejuelas sin salida propias del mejor Kafka. Y en varios casos, con la guinda de un personal absolutamente incompetente. Así, o estás adaptado y no necesitas ayuda, o si realmente necesitas ayuda, no se sabe muy bien qué hacer.

En el filme, más allá de algún tic que puedría resultar redundante, Ken Loach y Paul Laverty nos muestran a esa parte de la sociedad que sufre de una manera terrible la crisis: esa gente que ronda los 50 años o los supera, que han desempeñado trabajos de peor prestigio social y que al no necesitar el uso de la tecnología ni en su trabajo, ni en su vida cotidiana, no han adquirido las destrezas del mítico joven-emprendedor-deportista que se promueve, por lo que pasan a ser un problema, tanto por su edad, porque físicamente ya no están en un nivel de plenitud; como por no desarrollar la capacidad de adaptarse a un mundo construido a espaldas de ellos.

Y si hay alguna queja, lo conveniente es que rellenen el formulario y lo dejen en la mesa del fondo sin hacer mucho ruido, algo que muestra con un recurso notable el señor Loach, al no introducir música en gran parte del largometraje.

Querer cubrir las necesidades básicas está vinculado a una mortificación y una penitencia silenciosa, precisamente porque en el papel constan datos como nombre y apellidos, una dirección, etc. a los que se les sustrae, lenta y organizadamente, la vida.

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