Cuando fuimos así

No siempre fue así, pero en aquella temporada los míos y yo vivíamos en un armario. Al principio pensé que estaba yo solo, pero no tardé en explorar los vacíos entre las prendas y cuando menos lo esperaba la vi a ella. Vivía en una blusa, más allá de las corbatas, y empezamos a visitarnos a diario, era tan agradable sentirse acompañado en aquel espacio oscuro. Hablábamos de los sitios que habíamos visto antes de vivir allí, de los colores, de los tejidos que habitábamos. La ternura crecía y uno se cansa de ser siempre un espíritu, así que un día decidimos convertirnos en materia, en cuerpo, con lo que además de frío y calor comenzamos a sentir pasión, a apreciar la piel y las urgencias del amor. Fuimos una pareja feliz y convencional en un mueble que los humanos visitaban un mes al año en verano. Cuando venían casi ni prestaban atención a las prendas que nosotros habitábamos. Parecían vivir en la ceguera, ignorando las vidas que iban tomando forma entre las ropas que usaban tan espaciadamente. Luego se iban. Se iban siempre, y nosotros nos quedábamos allí, en lo oscuro, en aquel armario que guardaba nuestra intimidad. No tardamos en tener hijos que eligieron hacer cuerpo en las pañoletas y los sombreros, y al poco íbamos siendo ya tantos y tan curiosos que empezamos a investigar fuera del armario, a mirar el sol, a visitar otras habitaciones con armarios que daban cobijo a familias e hijos en una situación y con una historia parecidas a las nuestras. Y aunque ellos eran más de entretiempo chaquetas de corte, chalecos— nos llevábamos bien, nos teníamos cariño, éramos buenos vecinos.

bruce-gilden-greece-2003 Foto: Bruce Gilden/Magnum Photos.

En una ocasión los humanos vinieron a principios de verano y se llevaron blusas, camisas, muchas prendas. Fue tan repentino que no supimos cómo proteger a los nuestros: amantes, padres, otros cuerpos por los que esperamos angustiados durante semanas pensando que regresarían al final del verano. No fue así. Nunca volvimos a verlos. Quedamos destrozados. Muy pronto descubrimos que a los vecinos de entretiempo también les habían arrebatado a varios de los suyos. Aquel invierno horrible solo pasamos frío y miedo. Intuimos lo inevitable y no queríamos ser los siguientes, así que cuando a comienzos del otro verano comprobamos que los nuestros tampoco habían llegado con la familia, decidimos quién lo haría, quién estaba mejor preparado, quién se arriesgaría más que el resto. Eran las perchas, ellas eran las más fuertes. Las vestimos con camisa blanca y las mejores pinturas de guerra del tocador de la señora y a su señal nos abalanzamos sobre uno de ellos, le arrancamos los botones, la ropa y luego la piel, y permitimos huir a sus prendas. Tan pronto lo descubrieron los demás humanos, entraron en pánico y aquella misma semana pusieron la casa en venta.

La casa se había convertido en un lugar de desapariciones, de muertes, un lugar incierto. Los mayores de mi familia nos sentamos a hablar sobre si debíamos o no decir algo a los hijos, pues no queríamos que cargaran con la memoria de un crimen, y para decidir qué hacer: no podíamos permitirnos represalias y que desapareciera alguien más de los nuestros, ni somos el tipo de club mafioso que se carga a alguien así como así. Resolvimos irnos. Al fin y al cabo no solo somos cuerpos, somos sobre todo espíritus, con lo cual una noche vencimos las puertas (la del armario, la de la casa, la de lo incierto) y nos fuimos antes de que llegara el inspector, un humano bien vestido, con aspecto algo decadente y tono de voz templado, dispuesto a esclarecer los hechos. Nos marchamos —cómo no— en forma de ropa: unos espantapájaros tristes huyendo del horror y del duelo.

Poco a poco fuimos invadiendo todos los tendederos de la ciudad. Nadie se fija mucho en los pequeños cambios de aquello que le viste, ni en los de su espíritu, y tampoco ahora se dieron cuenta de que de un día para otro había una camisa o unos calcetines de más en la cuerda de la ropa. Y así, como una piel sobre su piel, entramos en sus vidas, en sus cuerpos, ocupamos su espíritu de tal manera que apenas se reconocían a sí mismos, y logramos pasar desapercibidos. Ellos —es decir: ellos y nosotros— se reunían cada poco, se veían en el bar y hablaban de fútbol, de la investigación criminal, de las cosas de sus vidas que aún conocían, ya que en realidad eran un grupo de humanos asaltados por seres y prendas de cuya llegada ni siquiera habían sido conscientes. Incluso el bar iba tomando el aspecto de un armario gigantesco que alojaba ahora a toda mi familia, tan dolida aún, tan avejentada, y aun así, tan reconocidos: un cuerpo de asesinos —o de supervivientes— tratando de ponerse a salvo de la ley humana.

De vez en cuando organizábamos una fiesta en el bar para vernos todos —todos los míos—, intercambiar abrazos e información útil, y comprobar si alguien necesitaba mudarse de casa. En una de estas fiestas oímos que el inspector pensaba volver a la casa a resolver unos cabos sueltos que nadie supo detallar. La angustia se nos disparó de inmediato por la amenaza que ello podía suponer, y nos turnamos por cuadrillas de vigilancia día y noche para que no nos pillara desprevenidos su visita. Cuando finalmente el inspector llegó a la casa, no pude evitarlo: me emocioné al entrar y volver a ver el armario donde empezó mi vida, la de los míos, lo que empezamos a ser. Por su parte, el inspector dio unas vueltas por las habitaciones, abrió y cerró cajones y cómodas, husmeó posibles pistas que le hubieran pasado inadvertidas y de repente, sin motivo alguno, al pararse junto a nuestro armario dio orden a un ayudante de que viniera alguien y lo desguazara para hechizar el mal fario.

     —Este armario me da mala espina. Que lo hagan astillas y lo quemen.

Y entonces me salió así, en un acto reflejo me eché sobre él, el humano templado, y le arranqué la chaqueta y la camisa. Después maniatamos al ayudante con una corbata y le vendamos los ojos para que no viera nada, no queríamos herir su espíritu, porque nosotros no somos así. Y luego seguí. Seguí hasta que acabó todo. No pude evitarlo.

Al rato, cuando recuperé la respiración y me hube lavado, sentí una cierta presencia dentro del armario. Abrí la puerta despacio y la vi: mirándonos tan fijamente, con los ojos como platos, una blusa adolescente que tiritaba de espanto y que no sabía quiénes éramos. ♦︎

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