Una campaña de marketing viene a verme

Con pocas películas resultaría más absurdo hacer el aviso de ‘contiene spoilers’ que con Un monstruo viene a veme. Porque —y aviso, a continuación viene el evidente spoiler— todo el mundo sabe que la madre del niño se muere al final de la película. Dicho. Todo está planteado en el film de Juan Antonio Bayona para que entendamos desde el minuto uno que la historia va de un niño que no ve, o no quiere ver, que su madre, enferma de cáncer, se va a morir. Si Quevedo nos habló de un hombre a una nariz pegado, con Un monstruo viene a verme podemos hablar de una película a un clímax pegada. No hay más historia que un trámite bucrocrático para llegar a la catarsis emocional. Que todo el mundo llore. Pero ocurre que la peli llega a su fin y no todo el mundo llora, tal vez porque el cometido de la cinta es tan burdo y evidente que se vuelve en su contra.

a-monster-callsUn monstruo viene a verme (2016) / Imagen: Apaches Entertainment/Telecinco Cinema/Participant Media/RiverRoad Entertainment/Lionsgate.

El tono es el de un cuento, pero con anclajes en el mundo real. Un niño tímido pero valiente, una hermosa madre enferma, una abuela severa y un padre lejano. Y un monstruo bueno que ayuda al niño a enfrentarse a sus miedos. Todos alrededor de Connor —que es como se llama el niño— saben que la hermosa madre tiene los días contados, pero él se niega a creerlo. El comportamiento lógico y normal de cualquier chico ante una tragedia semejante. Pero Connor no es cualquier chico, sino uno con una desbordante imaginación. Así sería en un buen cuento, o al menos en uno que no haga trampas. Porque en el film de Bayona, las fantasías del niño —ese monstruo gigantesco y arbóreo que le visita para contarle historias— no están los hechos y los seres de un mundo conscientemente fabulado, sino los delirios de un menor expuesto a una situación de máximo estrés. Los anclajes de la fantasía con la realidad de la historia de Bayona se plantean ahí, en un peligroso terreno en el que la fantasía no es fantasía, sino algo más serio. Importa poco, como casi todo lo que construye el film más taquillero del año en España, porque lo que importa es salir llorando del cine, y sobre todo, haber entrado antes. 

El espectáculo visual del film está a la altura de los 43 millones de dólares de presupuesto con los que ha contado la producción. Los efectos especiales son preciosistas y adecuados al tono general de la obra. La cámara no es un problema para Bayona, eso es algo evidente, aunque algunas opciones básicas no estaría mal que las explicara, como esa cámara al hombro de las primeras secuencias del film (mareante), o el hecho de que no escuchemos jamás qué música escucha Connor cada vez que se pone los cascos —llámenme loco, pero saber qué escucha el chaval para aislarse, tan reiteradamente, quizás hubiera enriquecido el dibujo del personaje, ¿no?—. Al margen de todo lo inconmensurable —pero unas cuantas veces visto— de la imagen, y de todas las pequeñas críticas que se le puedan hacer, lo que importa para que un film se sostenga es, antes que nada, su guión. Y ahí Un monstruo viene a verme hace aguas por todas partes. No en sus pretensiones, que, como digo, son las que son sin ocultarse. Además, el libreto lo firma Patrick Ness en solitario, adaptación de su novela homónima. Hace aguas en cuanto al mínimo de calidad y de respeto por la intelegencia del espectador que exige una producción de tales dimensiones. Si vas a contar un cuento, que no sea uno de sentimentalismo de tres al cuarto, que no haga eso que se ha dado en llamar ‘pornografía emocional’, tan de moda en nuestros días. Y que si lo va a hacer un poco, al menos no se valga para avanzar en ese objetivo de todos los clichés y soluciones prefabricadas de la narrativa cinematográfica. En primer lugar, la irrupción del monstruo, es decir, la relación entre la fantasía y la realidad ha de respetar unas normas que hagan verosímil la historia. No vale que el monstruo sea un sueño unas veces, un delirio otras, y una realidad al final. El recurso a la primera ocurrencia facilona para hacer avanzar la trama es reiterado: lo es con la innecesaria y tramposa subtrama de bullying que padece Connor, y esos tres niños malos malísimos perfilados con brocha gorda; lo es en su forma de solucionar cada escena con la explicación hablada de lo que siente cada personaje, entre los que merece especial crítica la secuencia en la que aparece Geraldine Chaplin haciendo de directora escolar con sentimientos; lo es en las idas y venidas del amor-odio hacia el padre; o lo es cuando no hay otro motivo para ponerle algo de ‘tensión’ a una cuenta atrás que hacer que un paso a nivel baje su barrera. Son ideas simples, tan simples que se convierten en un mero trámite, que no aportan ningún enriquecimiento dramático a la acción, que funcionan como meros engranajes para llegar al producto final y acabado: el gran llanto, la enorme despedida, la colección de primerísimos primeros planos de lágrimas cayendo. 

En resumen, de todo cuanto tiene que ver con la producción Un monstruo viene a verme, la mayor creatividad hay que reconocérsela a la mente que se le ocurriera el diseño de su campaña de marketing. Ha sido sumamente efectiva, apostando no por los convencionales anuncios saturando todos los diarios, canales de televisión y vallas publicitarias. No ha habido mucho de eso si se han dado cuenta. Se trajeron a Sigourney Weaver a España un par de semanas —aprovechando un merecidíssimo Premio Donostia—, montaron una premiere hollywoodiense en el Teatro Real de Madrid, y que los telediarios hicieran el resto. Que no pareciese que se estaba vendiendo nada, sino que se estaba informando objetivamente de un extraordinario suceso artístico, de la última gran obra maestra del último genio patrio triunfante en las américas. La gente salía del cine llorando, conmocionada, sin palabras ante lo que acababa de ver, extasiados por una experiencia casi mística. Así de simple, así de barato. Cuando yo vi la película hubo gente que lloró, por supuesto, incluso se escuchó un llanto desatado poco antes de los créditos finales, que levantó las risas del resto de la sala. Pero la muchedumbre no estaba rota tras la experiencia. Solo he visto una vez algo parecido, las dos veces que fui a ver al cine La vida es bella. En esta ocasión, la mayoría salía del cine como suele hacerlo siempre, sin considerar que se ha producido un punto y aparte en su vida de espectador, que es casi lo que trataban de trasladar las crónicas de los noticiarios de las cadenas que han producido el film. En fin, cosas del espectáculo.

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