Un Rolling Stone al alcance de la mano

Al principio estaba Bill Wyman, que ya fumaba cuando aún no existía el rock and roll. Cuando Bill tenía veinte años, llegaron del otro lado del mar Elvis y Compañía, y establecieron el Nuevo Nuevo Mundo. No sabemos muy bien qué hizo Bill, aparte de fumar, hasta que volvemos a encontrarlo con un bajo en la mano el 7 de diciembre de 1962, en una prueba para tocar con los Rollin’ (todavía sin “G”, por aquel entonces la llevaba Franco en sus monedas) Stones. A Bill, siete años mayor que el monstruo Jaggerrichards, le quedó claro desde aquel segundo principio: más que quererlo a él, aquellos flacuchos querían su ampli.

bill_wyman_velsen2011Bill Wyman y los Rhythm Kings, 2011 / Foto: Bill Wyman Web Oficial.

La ola de los años sesenta terminó por romper, como todas las olas, y entre los restos del naufragio solo quedaban botellas de güisqui, sí, pero vacías. Así que no quedaba otra que cabalgar hacia el abismo montados en las grupis. Ya en 1971, como los artistas antiguos que sólo Bill recordaba, los Rolling Stones se instalaron en el sur de Francia. Mientras el bajista buscaba la luz del Midi francés para pintar, Jaggerrichards buscaba la sombra para seguir cabalgando por dentro y para ocultarse del fisco británico, que nada sabía del establecimiento de aquel Nuevo Nuevo Mundo que, para qué negarlo, ya había abandonado las colonias a su suerte.

Bill paseaba por la campiña con Chagall y con un detector de metales que hoy en día lleva su nombre, y que por aquel entonces le servía para encontrar monedas sin “G”, por los nuevos viejos tiempos, mientras el resto de los Stones, ocultos en sus pasadizos de humedad fatal para los huesos, se contoneaban sin sospechar que un día el detector de metales Wyman (marca registrada) podría delatarlos encontrando el rastro de prótesis metálicas.

Así que en el año 30 Después de Camelot, en 1993, Wyman cogió su ampli y se marchó, renunciando a un puesto de alto funcionario satánico en Babilonia para abrir un restaurante y quedar con otros amigos; sin tonterías de chavales siete años más jóvenes que él, para tocar y así dar fe de que una vez unos hombres llegados del otro lado del mar trajeron un sonido llamado rock and roll que no necesitaba jets privados ni finales de la Superbowl. Nunca lo reconocerá si le preguntas, pero resulta que le gusta el rock y tocar el bajo.

En resumen: llevamos veintitrés años con la cintura rota y mirando como idiotas al hueco de Bill en los Rolling Stones, allí donde se supone que nunca hubo nada que ver en pleno descanso de la final de la Superbowl.

Sus otros amigos, veteranos sin tacha, se juntan con él bajo el nombre de Rhythm Kings, nada menos.“Es sólo rock and roll y me gusta”, rock and roll del que aún no llenaba estadios ni necesitaba fuegos artificiales. Como en los videoclips, Bill Wyman es el tipo serio que sólo pasaba por allí, que lleva cincuenta años pasando por allí, y al que yo le agradeceré eternamente la línea de bajo de Miss You. Por un instante de hora y media se queda quieto pulsando las cuerdas y mirando al infinito, como siempre, y con el detector de metales apagado. Si vas a verlo te pones a pensar en que ahí tenemos al representante de un Viejo Nuevo Mundo que renunció a su puesto, incomprensiblemente para nosotros, que queremos ser todos funcionarios.

Un ejercicio mental ideal para volver al mundo de ahí fuera: intentar sumar los kilómetros que tienen a sus espaldas estos Padres del Sonido, Bill, y Georgie Fame, Geraint Watkins, Beverley Skeete, y Frank Mead, y traducirlo en número de vueltas a la Tierra.

Al final del show nos abalanzamos todos a estrecharle la mano a Bill como vendedores de fruta cuando se para el tren y se asoma por la ventanilla el Virrey de la India. Porque Bill Wyman es un señor muy inglés, y eso siempre impresiona.

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