‘Sing Street’, demasiado convencional para una banda ‘futurista’

Son mediados de los 80 en Dublín y al adolescente Connor, de 15 años, sus padres le cambian de colegio porque tienen tan poco dinero como amor el uno por el otro. El chico no se queja demasiado, es el pequeño de la casa y parece tener un talento especial para mirar hacia delante de manera positiva. Enfrente de la puerta de su nuevo colegio posa una chica algo mayor que él, mirando pasar el tiempo. Connor se enamora ipso facto, claro. Se acerca a ella, la convence para que sea la protagonista del próximo videoclip de su grupo musical. La chica acepta. Pero el grupo no existe, Connor tiene que formarlo y ponerlo a sonar en una semana, para conquistar a su musa. De ahí parte Sing Street, la nueva incursión del director John Carney en el terreno del subgénero de comedia romántica musical, en el que dejó la magnífica Once y la prescindible pero entretenida Begin Again. Los protagonistas de Sing Street, Connor y el resto de chavales que forman el grupo pretenden formar una banda ‘futurista’, porque no quieren mirar al pasado. Todo lo contrario que Carney, que hace de su historia un regodeo nostálgico tan ñoño como efectivo, tan convencional que arriesga su simpatía.

sing_streetSing Street (2016) / Imagen: The Weinstein Company/Cosmo Films/Distressed Films/FilmWave.

Once tenía la impronta verdadera del cine underground, con una historia adulta —que no sobre adultos, sino para adultos— que demostraba convicción en lo que se quería contar. La música, como elemento de peso extraordinario funcionaba como soporte del tema principal, que era la relación de los protagonistas. Begin Again fue ya una comedia romántica encorsetada en los parámetros hollywoodienses. Sing Street trata de abandonar la impostura de Begin Again regresando a tierras irlandesas, tirando de nostalgia ochentera, pinchando lo mejor del britpop de aquella y llevándose la historieta de amor al paraíso adolescente. La audacia es de reconocer, porque Carney elige cartas que no fallan, pero es tal lo acomodaticio del cuento, lo blandito del prototipo elegido, que Sing Street por momentos se queda cerca de la serie de niños cantantes de Disney. 

El film de Carney bascula entre dos subgéneros: el de la comedia romántica muscial y uno que me voy a permitir bautizar en este preciso momento, el de las peliculitas bonitas para adolescentes de más de 30. Puede parecer una crítica cargada de destructivo cinismo, pero no lo es, o no pretende serlo. No hay nada malo en films bien hechos, de tonta inverosimilitud tolerada por la lógica del género, que recorren caminos mil veces transitados —el chico conoce chica, chica y chico conectan, uno de los dos desaparece o se obnubila (generalmente la chica, ay tonta princesita) y el otro (generalmente el chico, ay noble príncipe) recupera al luminoso objeto de deseo, y se atragantan de perdices—, films con ritmo y gracia, capaces de sacarle una sonrisa y una lágrima al más pintado, con moralejas de buenas intenciones y una mano de pintura indie. Si además se dejan ver regalando canciones de The Cure, Joy Division o los Smiths, ¿quién se resiste? Por esa parte, nadie puede criticar a Carney por Sing Street. Al contrario, hay que agradecerle el producto tan majo. 

Sin embargo, por la parte en la que nos tomamos el cine como algo más que un pasatiempo y un negocio, como un ejercicio artístico en el que se respeta la inteligencia del espectador no haciéndole pasar por filosófico, social y rompedor algo que es, en realidad, infantil, superficial y conservador, hay que decirle a Carney que no acierta. De nuevo, como en Begin Again. Porque Sing Street es de un tradicionalismo que espanta y porque por más que pretenda revestir de nostalgia y bajos fondos la historia, no hay en esa pose nada rompedor, como parece pretender. Para pasar el rato con sobrinos y sobrinas, o con  hermanos mucho más pequeños, Sing Street puede ser un buen plan. Pero poco más, apenas nada más.

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