Mujer con chubasquero a medianoche

Era casi medianoche cuando salí de trabajar y me dirigí a la parada del autobús. Llovía, esa lluvia fina de las noches que anuncian la llegada de los primeros días invernales. Aún no conocía con exactitud los horarios, así que me senté en la solitaria marquesina de cristal dispuesto a esperar el autobús que me sacara de aquella calle desolada.

Hasta donde veía, todo era la línea de luces de las farolas entre naves a medio techar y la parte de atrás de los supermercados, con bruma de muelles de descarga y salidas de emergencia. Me quedaba un buen rato hasta llegar a casa y me encontraba en el lugar más solitario del mundo.

Pasó más de media hora hasta que al fin se rompió pasajeramente mi soledad. El autobús que hacía el recorrido inverso se detuvo delante de mi, no había nadie en la parada, pero el semáforo estaba en rojo. Al cabo de unos segundos se marchó apesadumbradamente con cuatro o cinco cabezas recostadas en el cristal. Estaba empezando a impacientarme. Seguía lloviendo, cada vez con más fuerza, formándose burbujas en el suelo. Y hacía frío, y todo junto estaba poniéndome de mal humor.

Aún pasó un rato más hasta que apareció alguien que cambiara un poco el paisaje. A lo lejos distinguí una figura bajo la lluvia, la silueta se acercaba despacio, despegándose poco a poco del horizonte. Se trataba de una mujer con un impermeable de tipo saco hasta las rodillas; al paso bajo la luz de una farola distinguí su rostro, el de una mujer negra de unos cuarenta años, cristalizado de gotas de lluvia. Siguió acercándose trabajosamente, unos pasos después comprobé que llevaba en brazos a un niño pequeño, esforzándose por mantenerle lo más protegido posible bajo el chubasquero. A ella la capucha se le escurría, intentaba colocársela con una sola mano, pero era en vano. Llevaba el flequillo completamente mojado sobre la frente. Y me pregunté algo típico y estúpido: ¿qué demonios hacía a esas horas una mujer con un crío en aquel lugar? La pregunta que mi acomodada conciencia me exigía, para la que ninguna respuesta era válida.

El resplandor de unos faros apareció en el punto de fuga de la calle; parecía que hubiesen abierto al fin las puertas del mundo, pensé, y que ojalá el conductor se detuviera y recogiese a la mujer. Ella no echó la vista atrás, absolutamente concentrada en su lucha paso a paso contra la lluvia. El coche pasó a su lado sin aminorar la velocidad, y aunque me sentí defraudado en mi deseo, no puedo decir que me sorprendiera. Cuando el coche llegó a mi altura sí se detuvo, el semáforo estaba en rojo. El conductor era un hombre joven, más o menos de mi edad, iba solo. En cuanto lució el verde, desapareció de allí.

Dos nuevos círculos amarillos emergieron en la lejanía. Casi una hora sin que pasara un alma, y ahora llegaba todo el mundo. Esta vez no deseé nada, visto lo que acababa de ocurrir, toda esperanza se reducía a que el próximo coche no salpicara a la pobre mujer cuando pasara a su lado. Se acercaba a más velocidad que el anterior, sus luces, ligeramente más altas, deslumbraban un poco, parecían dos ojos redondos perfectos sin mirada. Era una furgoneta grande, aminoró su paso al adelantar a la mujer, pero aun así la dejó atrás. Sin embargo, unos segundos después tuve que sonreír, porque la furgoneta se detuvo y retrocedió. Parecía que cuanto más olvidado y lejano fuera un deseo, más posibilidades había de verlo cumplido.

El conductor iba acompañado de otro hombre, la cortina de agua y el parabrisas batiendo a toda velocidad no me dejaban averiguar mucho más. El copiloto bajó la ventanilla, eso sí alcancé a verlo, y también cómo lanzó una bolsa de papel marrón de hamburguesería contra la mujer. Me sobresalté y sentí una punzada en el estómago. La bolsa le golpeó entre la cara y el pecho, y un montón de desperdicios se esparcieron a su alrededor. Ella se detuvo de inmediato, se quedó inmóvil, como una estatua bombardeada que resiste por puro azar, con esa quietud exánime que solo provoca el miedo.

Del interior del vehículo salió una voz: “¡negra hija de puta, eres basura!”, cargada de desprecio en cada letra, con infame sinceridad.

Y luego la furgoneta aceleró, emprendiendo la huida. Llegó a mi altura, percatándose entonces de mi presencia. El conductor me miró fijamente a través del cristal. No aparté la mirada. Todo el odio que había sentido en mi vida se concentró en aquel rostro, toda la maldad adquirida como una educación inevitable desde que naciera hasta aquel momento se había desatado en mi interior, rabiando por salir y destruirlo todo de cabo a rabo. El conductor bajó la ventanilla.

¿Algún problema? —dijo, retador.

Me mantuve en silencio sin apartar la mirada, procesando a toda velocidad cien millones de respuestas posibles. Y después moví la cabeza en un gesto de negación.

¡Que te jodan, gilipollas! —gritó antes de marcharse.

Aún se vislumbraban sus luces rojas del vehículo cuando la mujer llegó a la parada de la acera de enfrente. Se sentó, con el rostro empapado, la capucha caída y los ojos rojos, dos ojos perfectos con mirada. El niño parecía dormir, ella seguía acunándolo muy levemente, en un gesto automatizado. Me miró, e intenté encontrar la dignidad necesaria para no retirarle la mirada, pero no pude, y pensé en mí mismo. Era un cobarde, recuerdo que sentencié para mis adentros. Quizás eso sí valía como respuesta a qué demonios hacía una mujer con un crío allí, a esas horas; aunque no lo pareciese. ♦︎

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