Misterios y hallazgos de ‘Fargo’ (la serie) o cómo inventarse un género

Lo más respetuoso con el estilo de la serie para hablar de Fargo —dos primeras temporadas— sería comenzar con una fórmula del estilo: “Conocí una vez a alguien que me habló de una serie…” o “En cierta ocasión el tipo más anodino del mundo decidió parar a tomar un café y un sandwich de atún con tomate en el lugar y el momento menos idóneos…”. Algo por el estilo, es decir, un relato con ánimo de parábola que pueda relacionarse con la idea de unas historias que adoptaron la atmósfera de otra historia que fue película, en una época en la que el cine caía de la gran a la pequeña pantalla como tormentas diluvianas. Sería un arranque de artículo adecuado al estilo de Fargo, la serie, si no fuera porque podría entenderse tanto como un homenaje, cual como una burla irónica. Y no terminaríamos de aclararnos. Quizás lo mejor para empezar sea decir, antes que nada, que vamos a soltar SPOILERS sin parar —o tal vez no—. Si algún espectador sensible y con buena memoria quiere seguir leyendo, es bajo su responsabilidad. Sin duda, el tema de los SPOILERS —otra vez, y en mayúsculas, para que no se diga— permite una primera consideración mucho menos ambigua que la del gusto por el relato de parábolas en soliloquio que posee el creador de Fargo. Porque avisar sobre posibles SPOILERS —tercer aviso— ya nos dice que la serie tiene un componente de entretenimiento basado en la trama muy acusado, hasta el punto de que el elemento del ‘qué pasara’ es uno de los principales soportes de la narración. No tiene por qué ser malo, pero tampoco es síntoma habitual de gran calidad. Veamos cómo opera en Fargo.

FARGO -- Pictured: Martin Freeman as Lester Nygaard -- CR. Matthias Clamer/FXFargo, temporada 1 (2014) / Imagen: FX Channel.

La idea original de Fargo, la serie, de reclamar la paternidad del clásico moderno de los hermanos Coen, adoptando su estilo y atmósfera pero sin conexión alguna con la historia original de 1996, abriendo así una nueva forma de adaptación, elevando a la categoría de género en sí mismo a un solo film, es del todo novedosa. Lo habitual era tomar la estela de los grandes hitos cinematográficos para hacer algo ‘al estilo de’, reconocer un ‘manierismo’ completamente legítimo. Después de El Padrino el cine de gángsters lo era a su manera. Scorsese propicio que se hicieran films al ‘estilo Scorsese’, como pasó con Tarantino. Imitadores everywhere, vaya. Los propios Coen llevaron a cabo su gran rescate y revisión del subgénero gangsteril a la manera de las historia clásicas de Raymond Chandler y Dashiell Hammett, en Muerte entre las flores. Todo podía ser una imitación o una revisión del género, en función de su calidad, pero el género era el género, se mantenía como punto de encuentro básico. Con Fargo, la serie, eso cambió. Y es ese su mayor hallazgo. No decidió contar una historia negra al estilo de los hermanos Coen, lo que hizo fue convertir el cine de los Coen en un género en sí mismo. Y autoproclamarse su profeta.

fargo_lorne_malvoFargo, temporada 1 (2014) / Imagen: FX Channel.

Si estamos de acuerdo en esto, deberíamos apuntar mínimamente cuáles serían las características fundamentales de ese nuevo género, qué hace que algo sea coeniano, y dentro de eso, fargoniano. Se podría decir, en aspectos de guión: la temática criminal en el norte rural de los Estados Unidos, un mosaico amplio de personajes con tramas que se entrecruzan, el protagonismo de personas normales superadas por las circunstancias y de personas aparentemente normales que se sobreponen a ellas, comunidades idílicas en las que entra el ‘diablo’, sicarios extravagantes con un punto místico, víctimas patéticas convertidas en verdugos, descuartizamientos, soliloquios lacónicos frente a exabruptos histriónicos, humor negro y un tono de leyenda. En lo referente a la parte visual: un efectismo elegante, de largos travellings pulcros y seguros, de planos contrapicados y cenitales, de ópticas angulares, de violencia sugerida y golpes de efecto pseudogore, suspense clásico y concesiones oníricas. 

Todo eso se lo aprendió Noah Hawley, creador de Fargo, la serie. En su primera temporada tomó la nieve y el protagonismo de una mujer policía sumamente perspicaz tras la pista de un pusilánime sobrevenido en asesino. Los mismos elementos sobre los que se erige Fargo, el film. Por supuesto, no se trata de comparar una creación con otra, ni de dilucidar cuál es mejor o tiene más calidad artística (entre otras cosas porque está claro que el film de los Coen es insuperable). Pero sí cabe reconocer que la primera temporada de la serie —que está bendecida por los hermanísimos como productores ejecutivos— cuenta con algo que no desmerece, e incluso supera, a la obra original: un villano terrible que oposita para el olimpo de los más escalofriantes sicarios jamás filmados, ese Lorne Malvo interpretado por un Billy Bob Thornton magistral. En la segunda temporada, Hawley continua por los pueblos y pequeñas ciudades de los fríos estados de Minnesota y Dakota del Norte, pero retrocede veinte años atrás con respecto a la primera temporada, se va a finales de los años 70 para desarrollar una historia que tiene por protagonistas a algunos de los personajes secundarios de la Season One. En este caso, el drama policial se adapta al melodrama y la trama criminal más estrictamente negra camina hacia el clasicismo de las guerras de mafia, el sello coeniano lo imprime un joven matrimonio con serios problemas psicológicos —ella— e intelectuales en general —él—, envuelto en un lío de gángsters locos del que solo saben salir complicándolo más y más. Entre, o mejor dicho, por sobre todo eso, apariciones de platillos volantes, un elemento que ni los propios Coen hubieran tenido la osadía de incluir, probablemente. 

fargo_2Fargo, temporada 2 (2015) / Imagen: FX Channel.

Así pues, ¿sobrevive Fargo, la serie, al evidente peso que las tramas adquieren en televisión? ¿Es un producto de soberana calidad o una tomadura de pelo con pintas cool? Pues después de haber avisado que íbamos a soltar SPOILERS de manera tormentosa y no haberlo hecho, parece que sí, que sobrevive y merece respeto artístico, y que no, no es una tomadura de pelo. Habrá quien pueda decir, con razón, que somos algo mentirosos. Las pruebas las tienen en el primer párrafo de este artículo. Habrá quien haya dejado de leer, por el por si acaso, y quien, tentado más por la tontería que hemos planteado que por el misterio y la calidad de lo que pudiéramos o no decir, se atrevió a llegar a estas últimas palabras. Algo así pasa con las dos primeras temporadas de Fargo, retan a verlas hasta el final aunque todo amenace hacia la farsa para entretenimiento de culturetas indies, aunque el sentido de la idea resulte pretencioso y lo que proponga parezca una cuidada imitación de marca nacida al calor de un inspirado sentido del marketing. Por suerte, no es eso, sino algo más, que contribuye a seguir investigando en tiempo real sobre la revolución narrativa que están suponiendo las series de televisión en el consumo de productos audiovisuales artísticos desde que Toni Soprano viera a los patos volar sobre su piscina.

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