Los girasoles que no podían ver

El arte posee mecanismos íntimos y profundos de funcionamiento universal que emergen puntuales, pero también intermitentes, en cada uno de los caminos por los que transita. Uno de ellos es la recurrencia continuada, pese al tiempo que establece sus paréntesis o el cariz de que finalmente disponga, a una serie de significantes, de imágenes, de vehículos al fin perceptibles que contienen la idea o el concepto que el pintor o el escultor, o el poeta o dramaturgo haya asumido sobre la inmanencia de una realidad que a menudo lo trasciende. Son las metáforas “esenciales” de Borges, unas cuantas, que reportan a imprescindibles artistas de la palabra o de los pinceles unas señas de identidad intransferibles. Ocurre también a veces, que estas imágenes, que en literatura y música pasarían a consignarse como leitmotiv y en pintura simplemente como motivos, resultan ‘polisémicas’ y adquieren valoraciones incluso divergentes a tenor de quien de ellas se sirve. Ocurre, además, que en ocasiones la metáfora o motivo que se escinde en lecturas paralelas y distintas dentro de la misma disciplina, encuentra su reflejo y misma vocación comunicativa, su espíritu de grito, con palabras o colores, en otra de las artes hermanadas. Les ocurre, por ejemplo, a los girasoles.

van-gogh-kieferLos girasoles (1888), de Vincent van Gogh. Los girasoles (1996), de Anselm Kiefer.

Los girasoles evocan casi de inmediato el estallido dorado y nervioso de Van Gogh en sus sucesivas series: cortados y expuestos en un jarrón que nunca es el mismo, sobre fondo azul intenso, casi fundidos con el amarillo anaranjado de ese fondo, en pleno campo bajo un cielo tan intenso como la pared de los primeros, tronchados simplemente y asumidos por la realidad atormentada del pintor, que sin embargo en ellos encuentra luz y vida. Los pedidos de tubos de óleos amarillos en sus distintos tonos son constantes en las cartas enviadas al querido hermano Theo, como también lo es el entusiasmo desbordado que los campos de girasoles de Arlés le despiertan. Los girasoles de Van Gogh que permanecen en el campo clavan sus corolas de pipas maduras en el sol hasta convertirse en el sol mismo, pequeño y giratorio sobre sí. Los girasoles de Van Gogh parecen ver.

Los girasoles de Anselm Kiefer no. Sus girasoles se agigantan en el lienzo, adquiriendo la monumentalidad amenazante de una planta carnívora exótica que deja caer la cabeza a punto de abalanzarse sobre algo. Los girasoles de Kiefer abandonan los colores, no son amarillos o anaranjados, no restallan contra el cielo azul; si acaso, éste es polvoriento, desvaído, como un cielo de caolín pulverizado que concede toda fuerza de expresión a la planta. Situarse frente a ellos es situarse bajo ellos, cabizbajos, como paraguas que llegaran a extenderse sobre el espectador. No se enfrentan a la luz del sol porque no ven y por ello le ofrecen sus espaldas de plantas sagradas de otro tiempo, prefiriendo volcar sus flores convertidas en la torta de semillas sobre hombres vulnerables, erguidos o tumbados, muertos, convertidos en sustancia nutricia para las raíces de estos girasoles que han dejado de captar la luz por algún motivo oscuro, tan oscuro como ellos mismos. Kiefer (1945), alemán que no vivió el drama monstruoso del durante y el después consciente de la Segunda Guerra Mundial, tratará de recomponer la historia de un país devastado —porque también se minó desde su entraña misma— concediendo y construyendo espacios necesarios de reparación ante los horrores cometidos, no obviando ni soslayando, sino encarando el error y el terror hasta sintetizarlos en los lienzos de dimensiones gigantescas y lectura ecuménica. Sus girasoles negros parecen exponer la ausencia de toda luz y por el contrario, la presencia de la muerte apocalíptica de la shoah. Los trazos y el negro contundente de Kiefer en las plantas parecen ilustrar, por esas casualidades (y causalidades) de las artes, el no menos expresivo conjunto de relatos Los girasoles ciegos que vieron la luz, editorialmente, en 2004. Alberto Méndez urdía, a través de los cuatro relatos que lo integran (Primera derrota: 1939 o Si el corazón pensara dejaría de latir, Segunda derrota: 1940 o Manuscrito encontrado en el olvido, Tercera derrota: 1941 o El idioma de los muertos y Cuarta derrota: 1942 o Los girasoles ciegos), las claves con que toda guerra, catalizada por la (guerra) civil española, devasta al hombre. Sin solemnidad, sino desde la posición plurifocal de diferentes figuras casi anónimas, asistimos a la condena a muerte tras juicio sumarísimo del capitán traidor Alegría y a su milagrosa supervivencia sin tiro de gracia (como el poeta Jacinto Solana de Muñoz Molina), conducente a una vida insoportable desde entonces que le hará tomar partido por el suicidio finalmente. Atendemos, asimismo, a la huida desesperada del poeta y Elena (nueva Elisa de Garcilaso), a sus miserias y al hambre, y a la eterna nana de la cebolla del bebé Rafael, también muerto. Al silencio autoimpuesto en el armario en que se esconde el padre de Lorenzo, hipertrofiado el oído de los tres (el niño, el padre y la madre asediada por el sacerdote) ante cualquier movimiento del ascensor en su paradójico ascenso a los infiernos de la delación. Ricardo también vive en su particular casa de atrás.

Por ello, de los cuatro relatos es el último el que da título a todos. Los girasoles ciegos de papel o de óleos y arena en los lienzos son metáfora del horror de todo aquello que deshumaniza al hombre. Porque deshumanizándolo a él, también extirpa la esencia al girasol, le impide seguir la luz, lo deja ciego.

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