La neurosis es una nota de jazz

En todos mis cuentos de auto-ficción suelo incluir partes verídicas, experiencias que pueden ser constatadas en mi vida real. Este no será el caso. En esta ocasión dejaré que sea el lector quien se desnude. Esto responde a la consideración de que a nadie en su moderna salud le interesan las apologías o disertaciones de un autor como Jorge Velasco Baleriola, falsa imagen de un Italo Calvino barato, que hasta siendo barato es un halago. Desnúdate, lector, si no es molestia. Desnúdate y  vamos a pasar una buena tarde de optimismo jovial, saludable y sexual.

c2a9-willy-ronis-le-caveau-de-la-huchette-1957Le Caveau de la Huchette, París 1957, fotografía de Willy Ronis.

Nunca debí haberle hablado de Rayuela. Sabía su predilección por esta novela. Y sabía que en cierto sentido, era una constante en mí, algo que formaba estructura. La semiótica de Rayuela me funcionaba como un doble filo de seducción y de seducirme a mi mismo a través de ella. Lo que me seducía era lo que veía de mí a modo de proyección, en otro cuerpo. En ella veía, mi también compartido amor por los gatos (con Cortázar) y rasgos felinos, solo felinos en mi forma de ‘felinizarla’. Como ‘felinizo’ a todas mis amantes. La hipnosis, pues estaba ahí, con ese efecto devastador, de cuento de Edgar Allan Poe y como si un médico humanista y experimental se aplicara las técnicas a la vez que se las aplica a sus pacientes. Así que enamorarse de la imagen del amor desde fuera se convirtió en un tópico en todas mis relaciones.

Y yo que solo habito en el plano teórico quería quedarme para siempre con la imagen fosilizada de su mundo desde fuera. Oh, mundo de saxofones, de anarquismo, de masa oscura Traveler y de batallas embarradas de hilo y palangana. Así que quise escribir esta historia, que en mi opinión  todavía estaba fresca.

La primera tarde que me topé por casualidad con ella, fue hace cinco años, en un bar donde ponían Django Reinhardt y la gente se meneaba (presa de los psicotrópicos). Las nereidas se disponían entre cerveza de trigo y esmalte. Yo me colaba y me colocaba como un tambaleante confuso, habitando en el plano teórico. Era alta como yo. Aunque a quién demonios le preocupa la altura de un personaje a estas alturas. Su pelo castaño bramado, grietas de luz sobre la melodía. Extraño sonido el de su pelo. Sinestesia recurrente de mis tardes de verano. Cuando algún olor me despertaba excitado. Yo miraba por la ventana y todo disuelto. Una gran mancha azul de sonido.

Ella se mecía entre jazz y yo me martilleaba como una canica o como un pirata holandés que se llamaba Jas Jassons o Jan Janszoon (eso es lo de menos). Ni nos mirábamos de reojo. Así que yo confuso pirático seguía zumbando sin razón aparente, solo alegre por la música. Cesaron los bailes (y los errantes) y el jazz se apagó. Me choqué con ella y le tiré su jarra de cerveza de trigo esmaltada en el pie sobre sus uñas no esmaltadas. Me gritó y algún amigo suyo creo que también. Yo aislado en el plano teórico ni recuerdo cuando desaparecí. No me acordaba todavía bien de su cara.

Por ahí estaba yo escuchando música como siempre en mi casa. Típico Charlie Parker y cosas de hilo y palangana. Leía té negro y bebía Rayuela. Ojeaba un libro de poesía que tenía de portada un edificio horrendo, a modo de fondo de pantalla o de salvapantallas que al leer, venía y desvanecía (todo muy hiperreal). Estaba en mi mesa, la tambaleante. Por aquella época vivía en Salamanca, donde la propia mesa (la críptica, la que duerme con el ojo hecho un risco) me había servido para escribir alguno de mis mejores relatos, en especial ese que titulé Un día especial para Kyle Habermas. La críptica siempre estaba llena de mierdas, de hebras de tabaco, de filtros,  de panfletos de militancia y todas esas cosas de estudiante combativo. Yo, que habito en el plano teórico, cogía todas las octavillas, aunque no iba a demasiadas cosas.

Un día estaba en una huelga contra los recortes en educación. Caminaba y estaba excitado, gritando típicas consignas. A mi lado, estaba Aldo, que no cesaba de chisporrotear con los dientes y que cada dos por tres se mordía el anverso de sus pulgares como un psicótico. Se hincaba el diente como un noble medieval que muerde un muslo de pollo. Entre gritos, pancartas y consignas pude vislumbrarla. Parecía una de las ‘jefas’ de la organización estudiantil. Me sentí un poco esquivo, casi traicionado en esa moral mía de difícil tránsito hacia las autoridades sean opresoras o sean sindicales. Ese difícil digerir de lo vertical que me ponía tan nervioso y sudoroso.

No volví a verla en mucho tiempo. Estuve unos meses encerrado en las novelas y en los ensayos de Filosofía, de Historia y de Historia de la filosofía. Mi tiempo oscilaba entre las tesis sobre la Historia de Benjamin y ese libro tan mítico de Spengler, La decadencia de occidente. Leía también mis (cómo no) adoradas novelas de Kafka, que me suministraban petardazos de extrañamiento, como petardazos en la garganta me producían el tabaco y la Coca-Cola. Y ante todo siempre era un impostor (del plano teórico). Sí, unas páginas de un sociólogo, un resumen rápido de la obra de Hobbes y así  fariseaba delante de Aldo y de Octavio. Un verso de nosequién y todo lo demás venía solo. Lo puro en realidad estaba tan alejado, que yo era una fábrica de ideas andante, un caminante-flaneur desprovisto de embriagues, en un estado de ascetismo que comenzaba a volverse perjudicial y por qué no: barato.

Soy muy dado a lo cutre. No lo oculto. Y transito estados apacibles y nerviosos. Mis amigos me llaman en tono jocoso: ‘el punkie barroco’. La gradación perfecta (desde mi óptica, aunque para ellos no es así) entre Aldo y Octavio. Octavio es un eremita, solo come garbanzos, col cocida, patata cocida, arroz y espárragos. Vaya un loco. Yo por lo menos me hago crepes de setas al roquefort. Aldo, es a grandes rasgos (ya sabéis que por cojones se tiene que simplificar en las descripciones o ¿no queréis espacio? hostia) un compulsivo. Se arrancaba los pelos de la barba y se los comía, así que solo tenía un elegante moustache. La falsa visión que tengo de mí, como hibridación, seguramente no se corresponda con la realidad. Por aquellos días paseaba inmensamente por Salamanca con Aldo pero sobre todo con Octavio. Discutíamos sus típicas paranoias borgesianas. Y hablábamos sobre antropólogos que todavía ni existían.

Unos meses después me tomé más en serio eso del barroco en la barricada. Descripción tan acertada de Octavio, como otras tan divertidas, en las que mi falta de estética quedaba caricaturizada en expresiones como ‘viñarockense’ o veterano de la Kale Barroka. Yo me imaginaba, en mi estilo, como una mezcla rara de cóctel molotov y culteranismo. Esos días del barroco en la barricada, me llevaron a la lucha a pie de calle, a las asambleas y a los colectivos.

Volví a encontrarme con ella en el colectivo feminista. Creo que al principio no me recordaba. Yo la reconocía de forma entrecortada. Como difusa. Me avergonzaba un poco sin saber demasiado porqué. Nunca hablamos del accidente de la jarra hasta mucho después de que hubiera un contacto corporal lo suficientemente importante entre nosotros. Iba al colectivo feminista, como un embobado pero no como un intruso. Aunque a veces me sentía un poco eso, un extranjero, aunque no hablaba demasiado, prefería escuchar a las camaradas hablar sobre transversalidad, economía feminista, violencia de género y leer los típicos poemas de Galeano y citas de Angela Davis que se llevaban a los talleres. También por supuesto salíamos a la calle a reivindicar. Finalmente me sentí más integrado y esa sensación de intrusismo se fue disipando.

Muchas veces nos quedábamos tomando cañas después de las reuniones y de los talleres, aunque casi nunca solos (recuerdo esa vez que nos quedamos solo nosotros y el espacio se cortaba con hilos sinápticos, con nervios raros de plástico azulado). Y nos sorprendíamos con nuestras típicas coincidencias de The Smiths, de The Doors, de Thelonius Monk. Ella sabía mucho más de cine y de música. Lo cual explica esa imagen idealizada que os decía al principio. Me sorprendía la facilidad con la que hablaba de su cuerpo, generando una confianza violenta y simbólica, estilo Vulpess (grupo que también me enseñó) me gustaba que pese a su sentido de la estética tuviera ese toque punkarra, hablando de sus genitales tranquilamente, pero no de una forma ridícula y chabacana. Digamos que hacía la revolución cotidiana con el cuerpo, representándose con el anti-pudor. Todo tenía también su toque queer, todo muy Bowie.

Otro día estaba por ahí de fiesta estilo San Justo con los punkies en la plaza. Entré al garito. Estuve insistiéndole al camarero camarada del bar como treinta y cinco minutos para que pusiera una canción de Kortatu. Creo que la puso por displicencia. Por una suerte de indiferencia hacia una especie de chaval raro que no encajaba en ese antro con esas extrañas camisas que parecían diseñadas por un adicto al LSD. Había mezclado whiskey y absenta y ya comenzaba a tambalearme, con el plano teórico oscilante. Salí a fumar un cigarro (todavía fumaba por entonces). Y me suena haberla visto y que ella me introdujera algo en la boca.

Las cosas se volvieron menos platónicas cuando empezó a haber contacto corporal entre nosotros. Yo creo que ella se sentía atraída por esa fusión extraña de romanticismo Into the wild mochilero, pirático-ácrata y esa otra parte de misantropía que me daba como un chute  raro de depresión juvenil. Fue por esa época cuando hablábamos todos los días de Rayuela y a veces hasta decíamos che y ridiculizábamos a La Maga y nos creíamos una especie de Oliveira excéntrico que en realidad era otra idealización. A mi me daba la paranoia de que Rocamadour salía en una escena de Trainspotting. Ella se reía, le hacía gracia, aunque en realidad no lo compartía. Todos los días antes de dormir nos leíamos mientras hablábamos por teléfono el capítulo más raro que hubiéramos encontrado, como aquel que era una simple cita de Levi Strauss.

Yo creo que la atracción era palpable. Bailábamos solos por la calle. En su casa bebiendo vino. Yo haciendo el estúpido arrítmico (ciertamente parezco un idiota bailando) al son de Buena Vista Social Club. Y cómo olvidar ese día que ella, loca anarquista, felina de ojos de dinamita, sintió un éxtasis raro mientras sonaba Candela y me obligó a bailar con su habitación en llamas.

Ya nos besábamos por entonces, pero sin darle mucha importancia. También follábamos, claro, jugando a lo tonto con la saliva y el espacio y la música de los cuerpos y el portátil. Octavio y Aldo decían que era una chica maravillosa.  Les caía bien. Ellos que siempre han entendido bastante bien las cosas sociales me daban bastante tregua para que pasara mi tiempo con ella (física y mentalmente).

No dábamos demasiada importancia a lo que hacían nuestros cuerpos. Todo era mejor en esa extraña indefinición.

Así pasaron algunas semanas hasta que mi cuerpo invadido por el plano teórico empezaba a sentir esa neurosis rara, que era hasta psicosomática. Especialmente cuando ella se besaba con otros chicos y con otras chicas delante de mí y me guiñaba su ojo izquierdo felino. Y yo me sentía por esa época como un Cósimo volador arbóreo y trepador de los árboles. Y la veía a ella como mi Viola. Y yo un orgulloso hecho harapos. Os juro que intentaba evitar todo lo kistch de estas situaciones. Y evitar sobre todo su sintonizador de autoestima que le funcionaba a la perfección con mis neurosis y mis contradicciones y mis odios a mí mismo por no permitir ningún tipo de conducta celosa (que en el plano teórico aparecían por todas partes, brotando como hongos). Así que por H o por B (más bien por ella) nunca llegamos a tener una relación monógama.

Más tarde terminé mis estudios universitarios y me largué a vivir una temporada al sur de España. Perdimos bastante el contacto. Lo que voy a decir ahora creo que debería reservármelo. Incumpliría mi promesa y el pacto y todo eso. Pero tengo que decirlo porque estaría faltando a la verdad y después de todo este puto rollo que os he soltado tenéis derecho a saberlo. Hace una semana me llegaron las noticias de su muerte. La encontraron en su habitación con un montón de poemas por el suelo y hojas manchadas de flujo. Tenía las rodillas llenas de cicatrices que misteriosamente (según me han dicho) cicatrizaron bastante rápido. Lo que más me impactó de todo fue que en su espejo, que por lo que parece, lo encontraron hecho añicos, había una parte en la que ponía “Scar”  dibujado con pintalabios rojo. ♦︎

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