La inmensa verticalidad de la dispersión

Todo comenzó con el vuelco de una taza de café. Olía el líquido negro desde el pie de su cama. Antes había reptado de ella, a las ocho en punto, para desayunar frente al televisor. Se tomaba una hora y luego se iba a trabajar. Su roommate también solía reptar de su cama a la misma hora, surcaba el comedor descalzo, donde él dormía, y pretendía encarnar la personalidad de un alegre madrugador. No detestaba a su roommate, sino cada una de sus acciones; detestaba el ruido que hacía con la puerta de la habitación, con la del baño, al organizar y desorganizar los adminículos de la cocina, la manera veloz y nerviosa con la que batía su café, el ir y venir constante de un habitáculo a otro, su intermitente presencia a la que consideraba una permanente intrusión. Pronto se iría y podría terminar su desayuno en paz. No iba a ser así. Su roommate volcó un poco de café sobre el pie de su cama. De milagro, la frazada de cabra de Angora, a la cual apreciaba más que a cualquier ser humano, salió indemne. Disculpándose por el desliz, aseguró limpiarlo en un santiamén, depositó la taza sobre el televisor y volvió de la cocina con un viejo trapo, con el cual comenzó a fregar una, dos y hasta tres veces sobre la zona afectada. Daba cuenta que de la noble intención de su roommate, le fastidiaba también verlo fregar. Entre ambos reinó una sonrisa condescendiente. De buen agrado y antes de retirarse, le dijo que más tarde lo limpiaría apropiadamente, tras lo cual no pudo evitar figurarse las nobles intenciones que demuestran los asnos, sobre todo para con sus torpezas.

Al fin solo, le resultaba difícil terminar el desayuno. Olía el líquido negro desde el pie de su cama. Procuró enfocarse en la televisión. La aturdidora voz de la señorita del clima, prometía frío en la mañana, y posibilidad de chubascos y tormentas durante la tarde. La última vez que olvidó su paraguas, pasó quince días en cama; los doctores se debatieron entre una angina de pecho y un virus. La diferencia de opiniones lo obligó a tomar un cóctel de remedios que, antes de devolverle la salud, cuestionó seriamente su fe en la medicina occidental. Y como paciente de la medicina oriental, se vio desilusionado al corroborar que ni el incienso ni la acupuntura, erradicaron aquellas insalubres y recurrentes afrentas que su mente perpetraba contra su cuerpo. Retornaría a los brazos de la medicina occidental, con un dejo de culpa y escepticismo. Corrió la puerta del ropero y extrajo el paraguas, no sin antes meditar en llevarse un abrigo, pues la señorita del clima reiteraba sobre las bajas temperaturas. Una bufanda sería suficiente. Al recogerla, dejó caer el paraguas, que se abrió inopinadamente, horrorizándolo. ¿Eran 7, 14 o 21 años de mala suerte? ¿Por qué los años de mala suerte se cuentan de a siete? ¿No era el «siete» el número de la buena suerte? Cerró el paraguas y volvió intranquilo a su desayuno. La señorita del clima ya no hablaba sobre el clima, sino sobre bizcochuelos de chocolate o vainilla, no importaba cuál, siempre y cuando estuviese relleno de dulce de leche. No había mejor acompañante, decía ella, que un buen bizcochuelo para un buen café. Tocaron a la puerta.

Era el portero. ¿Ocurrirá algún suceso extraordinario que libre a los edificios de sus porteros? La historia ha visto abdicar a monarcas, zares y califas; pero el portero es una especie muy resistente. Éste, en lo particular, se enorgullecía de ser un gasista matriculado; la hornalla que le había arreglado unos días atrás, no encendía. Le preguntó qué quería. Problemas con las expensas, respondió el encargado, avisaba que, durante el día, el administrador pasaría por los departamentos a confeccionar las facturas del próximo mes. Le resultaba imposible quedarse a esperarlo, reparó el inquilino, en breve debía concurrir a su trabajo. ¿Cómo podía resultar imposible?, interpeló el encargado, si hace no menos de treinta días que en el ascensor cuelga un cartel, informando al respecto; es menester que todo inquilino esté al tanto de estas cosas. Es menester que todo portero, añadió el otro, avise a todo inquilino y con antelación sobre estas cosas, más aún cuando el inquilino en cuestión vive en el primer piso y jamás ha usado el ascensor. ¿Jamás había usado el ascensor?, ¿le tomaba el pelo?, ¿subía y bajaba las escaleras todos los días? ¡Ah, no!, exclamó el encargado. Los jóvenes inquilinos como él eran perezosos y malcriados; por supuesto que usaba el ascensor, simplemente no admitía haber ignorado el cartel, el muy ladino. En verdad, admitió el inquilino, esta joven generación es lo suficientemente perezosa como para tener trabajos y responsabilidades; ¿a merced de qué monstruo bíblico nos encontraríamos, si una generación de porteros compartiera tales obligaciones? Y la disputa se alargó, como todas las disputas entre encargados e inquilinos, las que han habido y las que habrán, y en cuya balanza sólo se apilan las ignominias y los sarcasmos que unos se hacen a los otros, sin que ninguno de ellos logre inclinarla para su lado. El inquilino le cerró la puerta en la cara.

Merodeaba en el comedor pero, ¿en busca de qué? Algo lo turbaba. Pronto se pararía sobre el problema, literalmente; sus medias se habían pegoteado con los residuos de la mancha de café. Se las quitó rápidamente y, dando pequeños saltos con la punta de sus pies, se dirigió hacia la cocina donde las arrojó dentro del lavarropas. Aquello lo convenció; no iba a esperar a que su roommate quitase la mancha. Después de todo, aquél, otrora confiable, se había convertido en un sujeto negligente, dispuesto a poner en peligro la integridad de su frazada de cabra de Angora. ¡Tomar el toro por las astas!, era el nuevo designio.

Para su nuevo designio, iba a necesitar primero el trapo de piso. Lo halló junto al lavarropas. Y volviéndose, de nuevo, sobre la punta de sus pies, cubrió la mancha con el trapo. ¿Qué más necesitaba? ¡El secador! Y rebuscando en la cocina, en el comedor, en el baño, incluso aventurándose en aquel antro carnavalesco que habitaba su roommate, lo atisbó en el patio. Y corriendo la cortina, que supo ser blanca y espumosa en sus primeros días, y descorriendo la puerta oxidada, que solía desplazarse con suavidad pero ahora chirriaba impune y desenfadada, y atravesando el piso del patio, con las patas desnudas, un piso que albergaba lo que su roommate y los vecinos de las plantas superiores, ya por capricho, ya por desidia, arrojaban por la ventana, rescató al pobre y solitario secador. Y retornando de ese río viscoso y hediondo, en donde, tal vez, fuera lícito descubrir mutaciones del Ébola o la salmonela, y corriendo la puerta oxidada, y descorriendo la vejada cortina, y apoyando el brazo de goma del secador arriba del trapo de piso, ya dispuesto a deslizarlo sobre la mancha de café, el mango de madera se quebró.

Maldijo por un buen rato. De súbito, sin descifrar cómo, se encontró mirándose los pies. ¿Era posible contraer Ébola o salmonela a través del tacto? Escogió no poner a prueba su teoría. Llenó la bañera y, esponja mediante, enjuagó un dedo a la vez y el espacio entre ellos. Tras el higiénico ejercicio, lo invadió el sopor; la señorita del clima remarcaba la importancia de tener las manos libres de suciedad y bacterias. Entonces llevó las manos al lavabo. Observó un lunar entre el índice y el pulgar; en seguida, frente al espejo, notó otro en la parte inferior de su barbilla. ¿Era el síntoma de una nueva enfermedad?, ¿una invasión de lunares que cubriría todo su cuerpo? ¿O, antes bien, cada lunar crecería deforme y rugoso, como la verruga deforme y rugosa que se había instalado próxima a su ingle? Humedeció sus manos y se echó un poco de agua en el rostro; acomodó su peinado. Al fin y al cabo, la higiene es un concurso de popularidad, pariente de la moda y la aceptación social, sujeta al escrutinio de los variados jueces que el quehacer diario impone; la higiene es, también, un mito personal. De cualquier manera, todos estos asuntos quedaban a la sombra de la indeleble mancha de café, al pie de su cama, tan cerca de la frazada de cabra de Angora; decidió ir a la tienda a comprar un nuevo mango para el secador. Buscó las llaves. Bajando las escaleras, oyó un reverbero, no el de sus pasos, sino el de la aspiradora del encargado; no poseía la predisposición de ánimo para sostener un renovado intercambio de opiniones. Bastaría con apurarse. Se detuvo frente al pórtico del edificio. Llovía. La señorita del clima había acertado, no cabía lugar a dudas. ¡El paraguas! Lo dejó en el departamento. Subió las escaleras, recogió el paraguas y lo dejó caer, abriéndose por segunda vez en el proceso. ¿Cuántos años iban ya? ¿21, 42? Quizá le deparaba medio siglo de mala suerte; se consoló con el hecho de que algunos gozaban 300 años de lo mismo. Presto a salir, tocaron a la puerta.

Era el administrador. Habrase visto, de remontarse milenios atrás, sentimiento más entrañable que el regocijo por la miseria ajena cuando, en realidad, este no es más que el reflejo de la propia miseria; todo administrador edilicio personifica idóneamente dicho sentimiento. El inquilino le dijo al administrador que le dijo al portero que él no iba a estar en el departamento pare recibirlo; en efecto, el inquilino está, observó sagazmente el administrador; está, asintió el inquilino, pero sólo para decir que no está. ¡Había presenciado ya todos los trucos!, fue la orgullosa exclamación del administrador, desconocía que uno de los inquilinos ejercía la profesión de mago. No se preciaba de ser un buen mago, dijo el inquilino, al menos no tanto como un administrador y la magia con la que opera sobre los números. El administrador, severamente ofendido, sentencia que los números no mienten, el apartamento adeuda dos meses enteros de expensas y las cuentas deben transparentarse; los números no mienten, repitió. Los números mienten por la boca, replicó el inquilino, ¿cómo decía aquel viejo refrán?, ¿el pez por la boca muere?, ¿cuánto tardaría el administrador en quitarse los zapatos y mostrar su asquerosa aleta? El administrador pasaba de la resignación a la amenaza, prometía una pesadilla legal y financiera si no se lo recibía. Pero el inquilino no se dejaba amilanar, una indeleble mancha de café y un paraguas abierto eran mucho más atemorizadores, insistió; le instaba a sacar su escamosa humanidad del pasillo. Y el administrador así lo hizo.

¿Dos meses de deuda? El nervio, el descaro. ¿Al amparo de qué autoridad estos burócratas de segunda, enfermos de centavos, ávidos de interés quincenal, elucubraban el derecho de exigir más de lo que ya existe? El nervio, el descaro, ¿la duda? En el comedor, adyacente a su cama, descansaba una mesa rectangular, en cuya superficie su roommate y él amontonaban papelerío de toda índole. Hacia allí se abalanzó, a la búsqueda de los comprobantes de pago de las expensas; cuando hallaba algo distinto a un comprobante, hacía un bollo con el papel y lo lanzaba detrás suyo. Fueron varias sus víctimas: un apergaminado volante de una pizzería, unas setenta boletas de agua, luz y gas; un documento que parecía una reliquia, sagrado, solemne, que resultó ser el primer contrato de alquiler; un pequeño sobre con su nombre en el dorso y, en su interior, un grato saludo por su cumpleaños. Cuanto más revolvía, mayor era la atracción de recoger el próximo papel y estrujarlo. En esa vacuidad, vasta y poco conciliadora, comenzó a pensar en si los papeles transmitían salmonela; o a imaginarse al encargado, con su altanera sonrisa, exhibiendo en su uniforme caqui una visible mancha de café. Volvió sobre sí mismo y contempló la enorme cantidad de bollos, en los que cabría la historia de una vida, quizá dos. Oscurecía. La señorita del clima prorrumpió en risas, aconsejaba alimentarse bien, pues el frío estaba a la vuelta de la esquina. Una vez más, andando sobre la punta de sus pies, encaró hacia la cocina donde preparó un fresco desayuno. Meditabundo, sobre la cama y en penumbras, lo despachó con lentitud, como si cada bocado y cada sorbo representasen la fragilidad de sus reflexiones. Un zumbido, tenue y constante, irrumpió en sus oídos. ¿De dónde provenía?, ¿sería el motor de la heladera?, ¿algún electrodoméstico averiado?, ¿la aspiradora del encargado?, ¿la lejana alarma de un coche? Veía, olía, oía, palpaba las paredes, sin éxito. El zumbido era inescrutable, inconsecuente, incoherente, tanto como desayunar a las ocho de la noche. Se trepó a la mesa rectangular. Tal vez el zumbido fuese de una mosca que voló hacia su oído; una de las tantas que pululaban en el patio; era casi un hecho, una mosca putrefacta se alojaba en su oído. ¿Cómo la sacaría de allí? La cerradura chasqueó. Su roommate había vuelto.

De pie sobre la mesa, le señaló con el dedo índice el lugar, traspasando los bollos de papel, el paraguas abierto, incluso la frazada de cabra de Angora; el lugar, al pie de su cama, bajo el trapo y el brazo de goma; debía limpiar, como se lo había prometido antes de irse, la mancha de café. ♦︎

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