La chica reflejada en el agua

En las pequeñas Antillas Swan se perdía por las playas o los parques naturales o se estaba todo un día sentado en un bar hablando con alguien. Le gustaban pequeñas cosas, la sabiduría con que una mulata cortaba el coco, los meneos que daba una muchacha camino del colegio mientras tarareaba una canción, las risas de los niños que se le quedaban mirando y le preguntaban por Europa.

Una temporada estuvo acompañando a una vieja en Barbados, la señora Linen. La vieja solo quería que le contara historias, mejor que fueran eróticas, y que le refiriera sucesos en Venecia, y él los inventaba sin problema. La vieja sospechaba que eran falsos pero le gustaba oírlos.

st-lucia-gros-isletGros Islet, Santa Lucía.

Hizo amistad con una anciana en las Vírgenes, Ricarda, y por temporadas le dejaba estar solo en una casa que tenía en la isla Saint Thomas. A la vieja le gustaba hacer cenas para ellos solos y acordarse de otras cenas que había tenido a lo largo de su vida. Cuando Swan la miraba le salían encantos de sus facciones, como si se hubiesen quedado dormidos en ellas, intuía antiguos esplendores y chispazos.

En el fondo su entorno estaba envuelto en un embrujo, como si todo formara parte de la misma atmósfera fluyente. Las caras se comunicaban unas con otras, se mezclaban dentro de su cabeza, igual que en un sueño ligero y febril, y las bocas se compaginaban con las palmeras, y las palmeras con los colibríes, y éstos con las danzas de los muchachos en la calle, y las danzas con los recuerdos transformados de otras épocas.

Una vez estaba en una fiesta en Barbados en casa del millonario Lerner. Mojado por  las conversaciones y los tintineos, se quedó un rato al borde de la piscina mirando al agua. Le encantaba ver cómo se deshacían las formas, bailaban los contornos de la casa, temblaban las columnas del pórtico sobre las ondas. Se dejó llevar sin darle importancia de imagen en imagen, de temblor en temblor, mientras permitía que le llegasen las voces de las mujeres, las conversaciones rotas, la brisa entre los árboles.

Entonces vio un rostro de muchacha sobre el agua, que se metamorfoseaba ligeramente, como si no tuviera consistencia. Se sintió fascinado por esa imagen, aunque le prestaba muy poca atención y estaba atendiendo a lo que le contaba el desquiciado mister Holmes a la incrédula señora Linen. Les escuchaba sonriendo mientras el rostro sobre el agua se iba dibujando cada vez más nítido y podía ver sus ojos y sus labios. Y de repente el reflejo  sonrió.

Tiempo después estaban todos en una playa en el norte de Barbados con unas rocas enormes como cabezas. Habían estado dando vueltas por los acantilados, se habían perdido en una jungla, y ahora se sentían agotados y con ganas de escuchar el mar. Las mujeres fueron a buscar unos emparedados y unas botellas y comieron con negligencia mientras volvían a hablar de las cabezas silenciosas o desgranaban recuerdos.

Se acabaron las botellas, y Swan fue a la casa a buscar alguna. Subió las escaleras, rondó por las habitaciones, salió a la gran galería, que ahora parecía naufragar en el cosmos. Caminó orillando los sillones de mimbre, se apoyó en la baranda, estuvo mirando el horizonte. Se sintió tan ligero como los sonidos de la noche, como si hubiera desaparecido en la noche.

Se dio la vuelta y miró hacia el interior de la casa. Caminó por el pasillo y entrevió una cama en una alcoba, entró y se tiró  sobre la colcha. Estuvo un rato notando todas las vibraciones de la casa, saboreando el silencio lleno de brisas que rodeaba los corredores.

Se giró un poco y notó un cuerpo a su lado. Ella, la chica del reflejo en el agua, empezó a acariciarlo como si lo hiciera la brisa, sin ninguna solemnidad. La desnudó con una facilidad pasmosa, las prendas se salían como si no las tuviera. Su cuerpo se puso sobre el suyo como una hoja de un árbol que se acercara a otra hoja, sin hacer ningún ruido, en estado de gracia. Todo ocurrió como si no ocurriera, algo extraordinario se extendió por el cuarto, un placer sin nombre, una libertad asombrosa.

“Tengo una novia en Guadalupe —dijo Swan  un tiempo después a un escritor mirando los montes Pitons saliendo del mar en Santa Lucía—. Le gusta mucho Gauguin y también intenta pintar. Como Gauguin, quiere salirse de los prejuicios e intenta buscar la inocencia. Y hay una muchacha de la que me acuerdo de vez en cuando, que vi una vez en Barbados reflejada en el agua”.

Un verano  anunciaron el huracán, vendría por el Este desde las Azores, iría cobrando fuerza y arrasaría las casas más débiles y los pueblos más expuestos. La radio lo dijo durante días, las televisiones avisaban a la población. Había que abandonar los pueblos más expuestos, marcharse de las costas y de las playas solitarias, buscar el cobijo de las islas grandes y las construcciones de piedra.

Tiempo después se enteró por casualidad de que la muchacha reflejada en el agua había muerto. Se llamaba Siria, era hija de un marinero de origen escocés, y se había instalado hacía poco en Gros Islet. Días antes del huracán se fue a la isla de Bequia, donde un amigo de su padre se dedicaba todavía a cazar ballenas.

“¿Sabe usted quien murió también? —comentó Lerner en Bridgetown—.  ¿Se acuerda de una muchacha que venía a veces por casa?, creo que estaba en una fiesta a la que también vino usted, era amiga de mi hija Julia. Me dijeron que murió en la isla de Bequia, preocupada porque no venía del mar el marinero que la había hospedado”.

El verano anterior estaban unos amigos enfrascados hablando en Trinidad, estaba la chica del reflejo en el agua hablando con otro, Swan se enteraba muy bien de lo que decía ella, aunque él hablaba con una pija canadiense, y sin saber cómo miró en dirección al mar. Y estaba ocurriendo algo que nunca pensó que ocurriría, en lo cual no creía, en un instante largo una luminosidad verdosa se extendió por el cielo y el mar, cubrió todo el espacio, lo transformó todo en verde. Swan lo vio en toda su magnitud precisamente porque no le prestaba atención.

Y se dio cuenta sin mirarla de que ella también lo estaba viendo. Y mientras seguía hablando el rayo se extendía por todo el panorama, lo hacía todo delicado y exquisito, y ellos mismos estaban transformados en algo inefable, y Swan mientras hablaba con la pija la miró a ella y vio que ella lo veía a él, y en ese instante conectaron. Él la adivinó por un segundo, como cuando Baudelaire vio todo en aquella mujer fugitiva entre la muchedumbre en París, aquella a quien habría amado.

Una noche después de eso estaban en la fiesta de Gros Islet, al norte de Santa Lucía. Él iba con Blanca, una española aburrida y solitaria, que a veces lo acompañaba sin hablar. Avanzaron rodeando los edificios, entraron y salieron en bares,  se acercaron a quioscos donde los negros movían el paquete, caminaron entre grupos donde cuerpos exuberantes que no cabían en la ropa se expandían en el aire. “No se puede comparar con una discoteca en Europa —dijo  Blanca—. Aquí la gente parece que está poseída como los lagartos, parece que toda la isla baila”.

Llegaron al mar y Swan se tendió en la arena. Hubo murmullos indefinidos en su cabeza, se mezclaron en ella infinidad de fiestas y de conversaciones y de excitaciones eróticas de todos los tiempos. Cuando abrió los ojos otra vez, le pareció que habían pasado horas, pero solo habían pasado unos minutos. Se vio tendido boca arriba y miró hacia las estrellas.

Y ella estaba allí, delante de él, la chica reflejada en el agua y le derramó zumo de coco sobre la boca y luego se inclinó y se la limpió con la mano. Ella le quitó la camisa, la persiguió en dirección al mar. Tuvo que ponerse unos segundos encima de ella para recuperar la camisa y los dos eran como niños flotando, por un momento rozó sus pechos con el dorso de la mano, consiguió coger la camisa mojada. Y luego ella se fue.

Siguió dando vueltas, y encontrándose con otras chicas, y enlazando a mujeres, y abrazando a extranjeros. Hasta que se encontró de nuevo en la playa, tirado sobre la arena, sin saber dónde estaba. Oyó pitar un coche y era Blanca que estaba esperando. “Levántate, nos vamos a Castries”.

Y en medio de aquel duermevela, que le hacía ver mucho mejor las cosas, fueron avanzando por el pueblo, entonces la vio desayunando con un negro en una terraza y ondeó la mano hacia él en una despedida llena de alegría, el sol del amanecer le daba en la cara y la ponía íntima. Fue la última vez que la vio. ♦︎

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