Hemingway, genio y aventura

Mis sentimientos hacia Ernest Hemingway no pueden ser más contradictorios. Con todo el atractivo que rodea al personaje aventurero alrededor del que construyó su imagen, hay un punto de artificio en ello que no consigue hacérmelo del todo simpático. Sin duda en sus posiciones públicas estuvo en todas las ocasiones que le tocaron por los tiempos que vivió en el lado correcto, aunque siempre revistiéndolas del mencionado aventurerismo. Merece respeto por ello. Pero no es su vida lo que aquí importa, sino su obra, una obra impregnada del personaje que había creado sobre sí mismo, que sin embargo le trasciende.

800px-ernest_hemingway_aboard_the_pilar_1935Ernest Hemingway, en el yate Pilar, con amigos, 1935 / Foto: autor desconocido/PD.

No es del premio Pulitzer que le valió El viejo y el mar (aunque desde luego es una pequeña joya que justifica cualquier distinción), de lo que quisiera hablar, sino de su amplia producción anterior, de la que esta historia del anciano pescador se puede considerar una culminación coherente, y en algún momento contradictoria. Y que tuvo mucho que ver con el Nobel al conjunto de su obra. Por supuesto que este viejo luchando con los elementos y los tiburones en la inmensa soledad marina es el propio autor, luchando consigo mismo, con la vida que ha querido llevar, y con el recuerdo que quiere dejar, cuando ya intuye la percepción de la muerte, un tema que siempre le ha obsesionado. Pero antes hay mucho más.

Varias novelas, de desigual interés. Empecemos a mirarnos en el espejo en las que tratan de España, país al que tanto amó y en el que tanto tiempo pasó. Lo primero que se viene a la mente es Por quién doblan las campanas, su relato épico sobre la guerra civil. Se trata de una obra entretenidísima, muy bien construida y documentada, puesto que estaba sobre el terreno y tenía buen criterio, en la que, sin embargo, lo único que falta es una percepción realista de lo que fue ese triste conflicto. Aquellos guerrilleros y aquel brigadista americano parecen más bien salidos de un western. Un buen western, por qué no decirlo, aunque los tópicos sobre el Oeste fronterizo queden aquí sustituidos por los tópicos de una España torera y agitanada. Aspecto de western que queda todavía más subrayado en la película que hizo Sam Wood, con Gary Cooper e Ingrid Bergman como protagonistas. Una película correcta y meritoria por el momento en que se hizo (1943)  y por llamar la atención sobre nuestra guerra civil, pero que desde el punto de vista cinematográfico puede pasar al olvido. También sobre el mismo tema escribió una obra teatral, La quinta columna. Son textos que pudieron tener en la España de hace medio siglo el prestigio de lo prohibido, pero que no contribuyeron de manera cabal al conocimiento de nuestra tragedia, aunque Por quién doblan las campanas sea sin duda una muy buena novela, independientemente de su contexto.

De otro conflicto, la guerra del 14, en el que participó muy jovencito como conductor de una ambulancia, trata otra novela, Adiós a las armas, a mi entender muy superior, aunque supongo que al decir esto me enfrento con la opinión más generalizada. Es esta una excelente y triste historia de amor ennoblecida por un explícito mensaje pacifista, con un relato pocas veces superado de los desastres del ejército italiano en aquella contienda. Tampoco olvido Tener y no tener, un relato con gran carga social, cuyo  argumento tiene poco que ver con la estupenda película de Howard Hawks, en la que se conocieron Humphrey Bogart y Laurent Bacall. Pero de entre sus novelas, yo me quedo con Fiesta, la primera, escrita con veintitantos años, que, aunque hoy pueda resultar para algunos políticamente incorrecta por su exaltación de los sanfermines y el toreo, me ha parecido excepcional en las dos ocasiones en que la he leído. En Fiesta, en  sus personajes, y en las vicisitudes entre ellos, en las que se mezcla un profundo romanticismo con una extrema sordidez, encontré cuando la leí, muy joven (seguramente la edad del autor cuando la escribió), una de las novelas que me marcaron.

Sin embargo, lo que hace que Hemingway quede para el recuerdo no son sus novelas, sino sus relatos cortos, sus cuentos. Aquí alcanzó esa perfección en tres o cuatro folios, tan difícil de conseguir. En las historias de Nick Adams, esa especie de alter ego en que muchos autores se refugian para no hablar en primera persona, en las que aparentemente no pasa nada, o casi nada, nos quedamos prendidos de aquello que no pasa y que oculta tantas cosas que realmente afectan a la persona de Nick, o a la del desprevenido lector. Si al terminar uno de los cuentos de Nick Adams te preguntas ¿pero qué ha pasado aquí?, es que no has entendido nada. Debo reconocer que a mí me ha pasado en alguna ocasión, lo que me ha obligado a releer la narración en cuestión.

Hemingway alcanza la maestría en dos historias cortas inmortales: Las nieves del Kilimanjaro y La corta vida feliz de Francis Macomber. Ambas están situadas en el ambiente de los safaris africanos, tan querido del autor, y en ambas se aborda, con una crudeza rayana en la crueldad, el estar en el mundo de sus protagonistas. En ambas, también, las relaciones hombre-mujer adquieren un sentido trágico, en el más puro significado griego de esta última palabra. Especialmente en la segunda, cuando la señora Macomber asesina a su marido al alcanzar éste su madurez personal y con ello desvincularse de la dependencia de ella. Sólo cuando crece, el patético personaje de Francis Macomber se hace acreedor a la muerte.

Todo ello se nos cuenta por medio de diálogos precisos, de frases cortas, a veces en apariencia banales, en las que hay que descubrir todo cuanto ha ocurrido y el narrador no se ha tomado la molestia de relatar. Es el estilo de Hemingway, un estilo difícil tras su aparente facilidad, y que le hace más que merecedor del premio Nobel. Cuando, en Fiesta, Jake, impotente por su herida de guerra, besa desesperadamente a Brett, nadie nos tiene que explicar el horror de la situación. Y nadie nos lo explica, pero quedamos sin respiración para un buen rato. De la misma forma que en el cuento Los asesinos, los diálogos en la barra de la cafetería nos hacen intuir toda la historia de gangsterismo y crímenes que hay detrás, una historia cuyo contenido real y desenlace final nunca son explícitos.

Con mejor fortuna unas veces, y peor en otras, muchos cineastas han desarrollado películas sobre las narraciones  de Hemingway, como para explicar al público lo que no se decía en ellas. Algunas de estas películas son francamente buenas, pero ninguna añade nada a las sensaciones que puede provocar el relato original. Supongo que al autor no le molestarían estas secuelas, e incluso que se lucraría generosamente de ellas, pero conviene no llamarse a engaño. Es muy agradable ver a Gregory Peck y a Ava Gardner en la película de Henry King Las nieves de Kilimanjaro, pero nada puede sustituir al escueto relato del hombre que espera la muerte atado a su pierna gangrenada y pasa repaso a su vida, sin necesidad de que en ella haya tan intensos amores por tan bellas mujeres.

Todas las obras de Hemingway transcurren en escenarios que él conoció, lo que no quiere decir que la visión de estos escenarios sea la de un observador desapasionado o alternativamente comprometido, sino más bien la de un viajero en busca de aventuras, si es posible, exóticas. Cuando sitúa sus cuentos, y los sitúa muy bien, en pensiones baratas del Madrid de los años treinta, parece que en ellas no hubiera más que muchachos aspirantes a toreros. Y cuando nos lleva a África, es al África de los safaris y los cazadores blancos, no al África de El corazón de las tinieblas. Su genialidad está en la profunda humanidad de los personajes que por ahí deambulan, independientemente del ambiente en que lo hacen. Una humanidad que sin embargo, y como dije más arriba, a veces hay que adivinar, pero que está siempre ahí.

Tanto como autor de cuentos y novelas, fue periodista, un excelente periodista. En ocasiones, sus crónicas valen tanto como sus cuentos, y no pocas veces son la base de éstos. Como reportero vivió  su época con una lucidez que puede llegar a sorprender. Conviene acercarse a sus artículos, desde los más críticos escenarios del turbulento mundo de los años treinta y cuarenta, para valorar cumplidamente su figura. Artículos en algunos de los cuales hay una capacidad de análisis sobre la posible evolución de los acontecimientos superior a la de muchos responsables políticos contemporáneos suyos. No nos dejemos engañar por su imagen de cazador de leones o de aficionado a los toros, porque detrás de estos disfraces había una poderosa cabeza que intentaba comprender el mundo y sus habitantes.

No releo a Hemingway hace mucho tiempo, o sea que aclaro, por si fuera necesario, que esta nota está escrita desde la memoria de un viejo lector impenitente. Desde esa perspectiva, insisto en que de sus cuatro novelas más conocidas e importantes, ya mencionadas, la última y más ambiciosa, Por quién doblan las campanas, no es la mejor, por mucho que, como español, la agradezca. También, en que son los cuentos y las narraciones cortas lo que incorpora a Hemingway a la nómina de los grandes escritores. No creó este género, pero sin duda alcanzó la cima en él. Y a mitad de camino, en El viejo y el mar, se encontró consigo mismo. Porque, para un escritor, la obra es la vida. Y pocas veces se ha dado tanta identificación entre ambas.

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