Galdós, entre Gabriel Araceli y Salvador Monsalud

Benito Pérez Galdós, retratado por Joaquín Sorolla, en 1895. Imagen: Casa Museo Pérez Galdós, Cabildo de Gran Canaria.

Benito Pérez Galdós no es sólo el gran novelista español del siglo XIX y principios del XX, sino seguramente el gran novelista español de cualquier época. En su momento, la única comparación posible es con Leopoldo Alas, Clarín, y ambos están, como mínimo, a la altura de los maestros ingleses y franceses que inventan y desarrollan la novela realista. Tres veces candidato al premio Nobel, siempre frustrada su consecución por las intrigas de la España más reaccionaria, es muy irritante el ninguneo al que algunos han pretendido someterle, aunque sin éxito, en tiempos recientes. Pero no es esto (aunque quizá lo sea otro día) el motivo de estas breves líneas.

Quisiera hoy fijarme en una pequeña, a pesar de abarcar veinte volúmenes, parte de su obra: las dos primeras series de los Episodios Nacionales, que discurren entre la batalla de Trafalgar en 1804 y la muerte de Fernando VII, tres décadas después. Galdós aborda esta aventura en los años setenta del XIX, él muy joven, treintañero, bien reciente el impacto de las ilusiones y frustraciones que acompañaron a la llamada ‘Revolución Gloriosa de 1868. Posiblemente, nada es casual. En estos textos se nos relata la historia de aquellos años cruciales, vividos desde las calles y los campos, desde el pueblo, como no se ha relatado nunca, y se explica la gestación de ‘las dos Españas’ de una forma tan clara y premonitoria que seguramente el propio Galdós (que murió en 1920) no fue totalmente consciente de ello, o al menos de la permanencia de ese triste modelo.



Estas dos primeras series  formaron un proyecto cerrado en la mente del autor, como prueba el que tardara veinte años largos en retomar la escritura del resto de los Episodios, ya a partir de las guerras carlistas. Y sin que esto suponga demérito para ese resto, el interés y la calidad literaria no son lo mismo. En cualquier caso, el conjunto de los 46 volúmenes de los Episodios Nacionales, o al menos de estos veinte primeros, debiera ser lectura obligada en los institutos, si es que se sigue pensando que es bueno que los jóvenes lean y conozcan algo la historia de su país. Esa historia que Galdós nos cuenta, no centrada en batallas e intrigas cortesanas (que también nos cuenta), sino en cómo la vivió la gente.

Volviendo a las dos primeras series, que hoy nos ocupan, lo primero que hay que resaltar, desde un punto de vista estrictamente literario, es que cada uno de los veinte volúmenes que las componen es una novela en sí mismo, una novela bien desarrollada y de posible y grata lectura independiente, lo que no es tan frecuente  en este tipo de relatos seriados. Por ellas desfila una extensa nómina de personajes inolvidables, representativos de todas las clases sociales y situaciones ideológicas de la sociedad española de aquel primer tercio del siglo XIX. Es su cotidianidad, golpeada por los acontecimientos colectivos, lo que arma y da vida a cada una de las veinte novelas. Leí la primera serie siendo adolescente, y recuerdo que fue como abrir los ojos a una historia que no era exactamente como me la habían explicado en el colegio, aunque las gestas nacionales resultaran igual de heroicas. Cosas de la edad, me quedó el impacto, que perdura, de los personajes femeninos, tan bien diseñados por un autor muy sensible al tema, y entre ellos, aquella dama frívola y bellísima, Amaranta, de la que era difícil no enamorarse, y que al final resulta ser la madre de Inés, la inocente noviecita de Gabriel Araceli.

Porque, a pesar de ser obras corales, de multitud de personajes, ambas series tienen protagonistas muy definidos. La primera, en la Guerra de la Independencia, a Gabriel Araceli; la segunda, en el reinado de Fernando VII, a Salvador Monsalud. Dos figuras muy diferentes entre sí, que comparten poco, excepto la decencia personal, en las que hay que buscar, como en un espejo, el reflejo del autor. O quizá el reflejo de lo mejor de una España que en realidad nace como nación en esos años.

Gabriel Araceli es un pillete de los muelles de Cádiz que, a través de su participación en la guerra contra los franceses, termina como alto oficial (coronel o teniente coronel, si mi memoria no falla) del ejército español. Es, pues, un símbolo de cómo se constituyó esa oficialidad, procedente de las clases medias y populares, que tan poco tenía que ver con los aristocráticos mandos militares del Antiguo Régimen. En ese sentido, no se puede eludir que el ejército español que sale de la guerra de la Independencia es comparable en alguna medida con el ejército de la Francia revolucionaria (el ejército del año II), un ejército nacional, con la notable diferencia de que en España los mandos supremos siguen siendo los anteriores a 1808, que son los que facilitan el golpe de estado absolutista de Fernando VII en 1814. Enfrente, esa oficialidad subalterna es la que nutre las rebeliones liberales. Pero, aunque sea un símbolo, Gabriel Araceli es, sobre todo, un ser humano, lo que resulta muy subrayado por el hecho de estar sus aventuras y desventuras relatadas en primera persona. Un testimonio memorístico repleto de humildad y humanidad.

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Benito Pérez Galdós, retratado por Ramón Casas. Imagen: Museo Nacional de Arte de Cataluña.

Otro es el caso de Salvador Monsalud. Salvador es un ‘afrancesado’. Ha servido al rey José en posiciones muy modestas y ha de marchar al exilio, tras las huellas de éste, al terminar la guerra. Es, a su vez, un símbolo de tantos españoles de buena fe que vieron una esperanza de progreso en los principios de la Revolución Francesa, aunque estuvieran tan desvirtuados por el bonapartismo. Luego se incorporará a la política liberal, como conspirador en las más de las ocasiones, como depositario de no poca responsabilidad, en otras, siempre con honestidad y entrega. No es remiso Galdós en  poner de manifiesto las torpezas del trienio liberal 1820-1823, vistas por los honrados ojos de Monsalud. Pero sobre todo, en estas páginas, se narra el inicuo reinado de Fernando VII y cómo durante él se fragua la mal llamada España Apostólica, que ha de desgarrar el país durante el siguiente siglo y medio. Ya antes, la más ingenua (pero no tan ingenua) mirada de Gabriel Araceli había detectado los síntomas en los enfrentamientos y disensiones internas del bando patriota, siempre encarnadas en personajes singularmente representativos. El episodio Cádiz, quizá como novela el más novelístico de la primera serie, es el que mejor pone de manifiesto estas rupturas.

Finalmente, Salvador Monsalud abandona toda política activa y se refugia en la vida privada, sin dejar por ello su esperanza en un país más libre y progresista que sitúa, en sus palabras de despedida, en el muy largo plazo. Su desilusión es la de un hombre honrado, no cegado por los principios ideológicos ni por los griteríos apasionados. Y dado que Galdós escribe estas páginas en 1879, ya asentada la restauración borbónica, pretendiendo cerrar con ellas su proyecto inicial de Episodios Nacionales, no estaría de más que sirvieran de punto de meditación. Sobre todo teniendo en cuenta que el autor no cejó en su compromiso por una sociedad española más moderna, culta y libre, compromiso que le acompañó hasta su muerte y que le aconsejó retomar la escritura de los Episodios veinte años después.

Atendiendo a los dos protagonistas, hay que insistir en que, a pesar de su indudable carácter de símbolos, son dos seres vivos, muy reales, cuyas vicisitudes, y las de los que les rodean, interesan tanto o más que los acontecimientos históricos en que están sumergidos. Si alguien quiere conocer cómo eran de verdad las calles de Madrid, y de otras ciudades españolas, en la primera mitad del XIX, que se asome a esta lectura. Son muchos cientos de personajes, bien dibujados, los que transitan por ellas. Pocas veces (si es que alguna) se ha aunado con tal perfección el rigor histórico con el realismo costumbrista, en el mejor sentido de este término.

Gabriel Araceli es algo parecido a un caballero andante y Salvador Monsalud un político liberal lúcido, pero ambos son mucho más que eso. Ambos viven en el día a día de los ambientes en que se mueven, plenamente integrados en dichos ambientes. Incluso contradiciendo inconscientemente (inconscientemente ellos, no Galdós) lo que de romántico puede aparecer en sus aventuras. Basta un ejemplo entre mil: la forma en que (en La batalla de los Arapiles) Araceli elige cumplir con sus deberes militares en lugar de proteger a la bonita dama inglesa (ella sí, ¡tan romántica!) que irresponsablemente le ha seguido cuando debe actuar como espía de los franceses en Salamanca. Curiosamente, los oficiales británicos del ejército de Wellington, un ejército todavía aristocrático, en el que los grados se compran y el valor supremo es comportarse como un gentleman, desaprueban su comportamiento y le vuelven la espalda por ello. Desde su punto de vista tienen razón: Gabriel no es un gentleman. También quedará de manifiesto en el asco de sí mismo que le invade (en el episodio Cádiz) tras matar en duelo de honor al lord inglés infame seductor de una tontuela jovencita española.

Galdós es la ruptura radical con la huella del romanticismo en España, aunque en sus Episodios rinda un justo homenaje al mejor de los románticos, Larra (que fue bastante más que un romántico, léanse los artículos de Fígaro). A don Benito le ha precedido Clarín, con La Regenta. A los dos les debemos mucho. Desde el punto de vista puramente literario, desde luego, pero también porque sin sus obras no entenderíamos nuestro siglo XIX, sin lo que tampoco entenderíamos nuestras propias vidas.

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