¿Entretenimiento vs anacoresis?

¿Cuál es el sentido del entretenimiento? ¿Vale la pena indagar en ello o el mero hecho de plantearlo no es más que una rareza de un lector medio de Drugstore? Escrutar el término desde el punto de vista etimológico no destapa demasiadas pistas a las que agarrarse ni descubre la pólvora, aunque el imaginario colectivo engrana, obviamente, tal ocupación con conceptos hermanos como diversión, escapismo, esparcimiento o distracción. Tal vez éste último sea el más inquietante, como desliza el escritor estadounidense David Foster Wallace en su novela póstuma El rey pálido (traducción de Javier Calvo): “Puede que el aburrimiento esté asociado con el dolor psíquico porque algo que resulta aburrido u opaco no consigue suministrar el bastante estímulo como para distraer a la gente de otra clase más profunda de dolor que está siempre presente, aunque solamente sea a un nivel ambiental muy bajo (…)”. De ahí que el autor de Ithaca, cual Ulises contemporáneo que navega a contracorriente, opte por la Agencia Tributaria como telón de fondo, pues precisamente en las antípodas se entrevé el salvoconducto al proceso de desdoblamiento higiénico e indispensable para aspirar a una visión más ‘madura’. En otras palabras, EL PLANO. Si es que existe esta isla mental y no hablamos de una quimera. Un ejercicio de rebeldía o pureza que rastrea algo que podría denominarse antientretenimiento. Nadie dijo que sortear los tentáculos de la industria del ocio fuera a ser fácil. ¡Pasen y vean!

david-foster-wallace-janette-beckmanredfernsDavid Foster Wallace, en Nueva York/ Foto: Janette Beckman/Redferns.

El irrepetible e inclasificable Wallace, de nuevo en primera plana gracias a la publicación de Portátil, ya daba vueltas a esta incoherente fagocitación vital/intelectual en su creación más afamada, La broma infinita. Y lo hacía a través del gran eje de la novela, la absorbente película de James O. Incandenza, un vanguardista salto al vacío fílmico capaz de paralizar al espectador hasta consumirlo. Forzando una abstracción insana llevada al extremo, y despertando, de forma paralela, el interés de variopintos y ladinos personajes a través de sus más de mil páginas. A fin de cuentas, una imagen no muy distante del cuadro de sedentarismo, sofá y destellos poco aptos para fotosensibles tan propio de nuestros días. Ni siquiera hay que esperar a darse de bruces con el Año de la Ropa Interior para Adultos Depend en un futuro a medio o largo plazo. La adicción al éxito o a un entretenimiento alienante se sitúan a la altura de la dependencia de sustancias, en el mismo escalón psicológico y fisiológico. Basta con echar una ojeada a nuestro entorno (yo) más cercano.

Echando la vista atrás, Blaise Pascal, una de las mentes más lúcidas del siglo XVII (hasta que una lúgubre epifanía le hizo arrojar la toalla), también ahondó en la cuestión en sus Pensées (traducción de Mauro Armiño): “Y el hombre, por más feliz que sea, si no está divertido y ocupado por alguna pasión o algún entretenimiento que impida al tedio difundirse, pronto se sentirá triste y desgraciado. Sin divertimiento no hay alegría; con el divertimiento no hay tristeza; y eso es también lo que hace la felicidad de las personas”. Enfoque que no chirría en 2016, con su caudal de ‘entertainment’ en forma de series, películas, música o videojuegos, y su apego a las referencias (tara de la que también peca el presente artículo). Pero el polímata francés iba un paso más allá, y diseccionaba a fondo la “extraña manera” con que el hombre perseguía la felicidad ya en su época. Pascal planteaba que, sin la preocupación por el éxito profesional y el juego/diversión prescrito durante el asueto (para prolongar los quehaceres hasta el infinito y más allá), los individuos se toparían de lleno y sin previo aviso con dilemas ‘terroríficos’ tales como verse a sí mismos. Y se hallarían en un callejón sin salida, amenazados por las grandes preguntas de la filosofía, que se presentarían con bates de béisbol en la mano y sospechosas intenciones. Una forma de contemplar el mundo probablemente alentada por el carácter atormentado de la última etapa del pensador de Clermont-Ferrand y sus vínculos con el jansenismo. Y una perspectiva que sugiere otras preguntas. ¿Ese ejercicio de teórica salud mental que busca acercarse al antientretenimiento sólo tiene como respuesta el ascetismo o la anacoresis? ¿No existe un término medio? ¿Tenía el trascendentalismo la solución? 

Henry David Thoreau esbozó en Walden la necesidad de reformular los límites de lo prescindible. Buscó la elevación espiritual en los bosques, al amparo del canto de los pájaros y un reposado lago, huyendo de las cadenas de la mercantilización, el desarrollo urbano y la sociedad industrial. Apostó por la desconexión de los placeres y estímulos comunitarios, de los pasatiempos de una época efervescente, para echar el resto en su particular alianza con la naturaleza. Era su peculiar forma de exprimir la existencia con todas sus consecuencias, “no sea que cuando estuviera por morir descubriera” no haber vivido. Alguien ajeno (o quizás no) a sus obras y experiencias en Walden Pond o remontando el Musketaquid no dudaría en tildarlo de eremita, anacoreta, asceta, jipi, indolente o como un simple caradura entrañable de pose contracultural. Sólo porque durante un periodo, con fecha de caducidad, renunció al entretenimiento como tal, y no le fue mal. Con menos rigidez que Pascal, pero sin la ansiedad de tener que consumir el último episodio de Juego de Tronos o Breaking Bad para comentarlo con los compañeros de trabajo. “El hombre es el artífice de su propia felicidad”, aseguró Thoreau. Hoy se podría añadir que también es dueño de sus propias adicciones, obsesiones y prioridades. La cabra siempre tira al monte.

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