De grandes historias en la gran pantalla: ‘Los hombres libres de Jones’

Los hombres libres de Jones (2016). Imagen: Larger Than Life Productions/Route One Films/Vendian Entertainment.

Me encantan las películas de sublevaciones y david colectivos contra goliats. Hay dos de ellas que han marcado a millones de personas: una es Espartaco, de Stanley Kubrick, justamente intocable en lo más alto de las mejores películas de siempre sobre rebeliones contra el opresor; la otra Braveheart, de Mel Gibson, atizada con saña por cuñados pedantes que critican el cuñadismo, pero que, le pese a quien le pese, es una maravilla épica emocional que maneja como pocas la grandilocuencia y eriza la piel del crítico más exangüe. Todos los films sobre rebeliones antes y después de las dos grandes epopeyas de Kubrick y Gibson entran en comparación con ellas, inevitablemente. Así pues, quizás lo primero que haya que decir sobre Los hombres libres de Jones (Free State of Jones, 2016), dirigida por Gary Ross y ultraprotagonizada por Matthew McConaughey, es que no está a la altura de Espartaco —lógico—, pero que se queda muy cerca de Braveheart, muy muy cerca. Para los amantes del subgénero es, sin duda, un placer de casi dos horas y media, como corresponde en metraje a una historia de este tipo.

La historia real de Newton Knight, un soldado sureño, pequeño granjero, que desertó del Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión y formó su propia guerrilla de hombres libres —negros fugados y blancos desertores— para luchar contra el poder de la Confederación, es la base de partida de lo que narra con magistral formalismo Los hombres libres de Jones. La Confederación se quedaba las tierras y propiedades de los granjeros, y les mandaba como carne de cañón a una guerra “que no es la suya”. Los esclavos negros recolectaban a fuerza de latigazos el algodón por el que los blancos pobres morían en la guerra. La reclamación básica del Newton Knight que recoge el film de Ross y McConaughey tiene que ver con aquel análisis: que el fruto de lo que un hombre cosecha en la tierra ha de ser para él, y que ningún hombre puede ser propiedad de otro. La sublevación de Knight tal y como está reflejada en el film acierta con lo que parece fue la personalidad y las motivaciones del Newton real. Su extracción campesina, su ideario igualitario de raíces cristianas, un antiesclavismo libre de todo racismo —que le lleva a casarse en segundas nupcias con una esclava liberta—, y la proclamación del derecho democrático a la rebelión armada contra la injusticia. El film arranca con un cruento paisaje de batalla que amenaza con un deleite gore sin mayor trascendencia durante dos horas; por suerte, no es así. El ritmo es pausado cuando tiene que describir condiciones de vida y posiciones política, y enérgico en su estilo y narrativa cuando la acción llega a puntos de inflexión en la trama. Si el recurso historiográfico consigue sortear el riesgo que siempre entraña de caer por los abismos del telefilm con presupuesto, no es la única jugada de alta exigencia técnica que su director logra ejecutar con maestría. Un inesperado flashforward que se reiterará a lo largo de la cinta sale victorioso no solo como pirueta de un cineasta talentoso, sino como cuadratura del círculo de un relato que va mucho más allá de la catarsis de ver al débil sublevarse ante el poderoroso, y hacerle daño, sino que llega a constituirse como una muy seria reflexión sobre los procesos sociales, el desarrollo de la lucha de clases y de los diferentes movimientos de liberación civil, así como de la propia historia de los Estados Unidos de América.




Los hombres libres de Jones es una de esas producciones que pasarán como films menores, más por su contenido político que por sus logros artísticos. Siendo clásica en su forma, es arriesgada en su mensaje. Es esa una de las combinaciones más difíciles y valientes que afrontar en el cine actual, hay maestros, entre los que destaca Clint Eastwood, que han logrado esa perfección, con títulos como Sin Perdón, Los puentes de Madison, Million Dollar Baby o Gran Torino. El film de Gary Ross sobre Newton Knight no desmerece comparado con títulos como estos. Es posible que un fuera de serie como Eastwood o algún otro cineasta del mismo calibre le hubiera conferido a esta historia, con ese mismo guión, un valor añadido, eminentemente artístico, que la hubiera convertido en una joya absoluta. Tal como es, se queda “tan solo”, en el estante de los films imprescindibles. El que está justo debajo de donde descansa Espartaco. El mismo en el que se encuentra Braveheart. No es poca cosa, para prescindir de decir algo como “Yo soy Newton Knight” o “nos podrán quitar la vida, pero no nos quitarán… ¡la libertad!”, para tan solo dar testimonio de un hombre real con excepcional rigor. ♦︎


Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies