Cuando el Dépor jugaba la Champions

Probablemente, uno nota que se hace mayor de varias formas. En el momento en que tus amigos empiezan a tener hijos y tú sigues siendo un trabajador en condiciones precarias; notas el devenir cuando el sabor del tabaco te es indiferente pero necesitas seguir agarrado a un filtro mientras las dudas aumentan acerca de todo; o cuando pones el cedé que escuchabas “no hace tanto”, te dices, y que sabía a la chica que tenía afición por los martini.

En cualquier caso, todo queda lejos, cada vez más, y la infancia está sumergida bajo un soplo de irrealidad. Etapa en la que salías de clase en invierno y te ibas directo a casa a merendar y a hacer los deberes porque la guinda llegaba en la hora mágica de la Champions League: las nueve menos cuarto. Y aprendías geografía, porque tu equipo, fueses o no de A Coruña, el Deportivo, tu Dépor, había jugado ya la previa con el Rosenborg y te imaginabas a vikingos; porque en la liguilla te tocaba el Lille y la Revolución Francesa te hacía fraternizar con los seguidores franceses; o porque el Olympiakos jugaba en la misma ciudad del Partenón mientras dialogabas con Platón y Aristóteles acerca del bien, la verdad y la belleza del fútbol a esa hora.

depor_championsDépor vs AC Milan, cuartos de final Champions 2004 / Foto: AFP.

Pero el camino a la Champions había empezado un día diecinueve de mayo del año 2000 mientras que un amigo y tú os dirigíais a casa dando toques a un balón intentando que no cayese al suelo. Al llegar a casa preguntabas cómo iba el Dépor. “Ha ganado la liga”, decía padre y tú aún no eras consciente del mérito que tenía. Te parecía casi lo normal, porque tus recuerdos de años anteriores eran casi nulos y lo más normal del mundo era que ganase la liga con aquel equipo que te sabías de memoria: Songo’o, Manuel Pablo, Donato, Naybet, Romero, Mauro Silva, Jokanovic, Víctor, Fran, Djamlmiha y Makaay. Sin olvidarte de los ‘Turu’ Flores, Pauleta y compañía que te alegraban en tu inconsciencia infantil las tardes de los sábados y los domingos.

Ganada la liga, con todo el verano por delante el tiempo se te hacía corto porque ya estaba ahí la guinda. Había que prepararse para lo que era aquel salto. Pasar de Súper a Euro, era subir un escalón más. Como ir a casa de alguien a quien no conocías: tenías que ir sin tus botas de fútbol y comportarte. No se puede ir por los salones de cualquier manera. No podías arriesgarte a que los zapatos estuviesen sucios y para eso llegaba Molina; la camisa, además de planchada, tenía que ser de seda, así que ibas a necesitar, entre otras cosas, a dos ayudantes: Diego Tristán y Valerón. Era necesario fondo de armario.

Ahora había que mostrar lo que habías hecho en España, ya no bastaba con ganar los derbis al Celta y, aunque te avalasen, las victorias ante Barcelona y Real Madrid no dejaban de ser domésticas. Hacerse mayor era pisar los templos sagrados y mirar de frente a los rivales.

Así empezaron a llegar los enfrentamientos contra los grandes de Europa, durante cinco años seguidos. No había ni descanso, ni tiempo para congratularse. Tanto estabas en Londres para jugar con el Arsenal, como en Turín contra la Juventus, o en Múnich donde esperaba el Bayern.

Y a tu Dépor se le empezó a respetar por méritos propios. Primero ganando en casa. Milán, Bayern Múnich, Manchester United, Juventus fueron cediendo en Riazor. Incluso hubo malas noches, que se conseguían reconducir y hacer que fuesen grandiosas, como el día del Paris Saint Germain. Al descanso pierdes por 0-3, pero cuarenta y cinco minutos bastan para darle la vuelta y acabar 4-3.

Sin embargo las malas lenguas decían que había que ganar fuera a los grandes. Habría que ponerse, entonces. Tú seguías con tus deberes y te lo pasabas bien aprendiendo. Los exámenes no tardaron en llegar. Hubo varios complicados. La geografía y la historia te la sabías bien y no había problema con señalar países, capitales o monumentos. Sabías que las tarde-noches de los martes y los miércoles eran especiales. Varios fueron los viajes. Ibas a Highbury y le ganabas al Arsenal de Wenger con Henry, Pirès y Vieira, 0- 2. En Mánchester al United de sir Alex Ferguson 2-3, a pesar de Scholes, Keane o Giggs. ¿Que toca Múnich? No hay problema: 2-3, y te convertías en el único equipo español en ganar en el Olímpico, a pesar de los rugidos de Kahn. En Milán hubo desfile, 1-2. A pesar de estas hazañas deportivas, la liga era lo que daba de comer y por unas cosas u otras, que si el Leeds o la Juventus, el equipo caía eliminado en las primeras rondas de la competición.

Pero la historia pudo cambiar en el 2004, después de algún atranco que otro como el de Mónaco, el equipo consiguió plantarse en cuartos de final. Era el cuarto año que disputabas esa competición y la gente ya te conocía. Ya no eras el equipo novedoso que habías ganado en España una liga y que habías dado algún susto que otro a los grandes en la Champions. Ahora se presentaba delante de ti el Milan. Tenías todo hecho y sólo esperabas a que empezase el partido. La noche no fue buena. Te venías con un aplastante 4-1 en contra, te sentías como si te dijesen que reconstruyeses el Duomo. No sabías cómo empezar. Los días pasaron hasta que se presentó la vuelta. Algunos, de forma muy optimista, hablaban de remontada. Tú no acababas de creértela, la infancia se estaba yendo como agua entre tus manos, y los cuentos duran hasta donde duran. Estabas casi en la calle. Casi. Por inercia empezaste a ver el partido y en el minuto cinco: gol de Pandiani. Sonríes, pero sigues sin darles la razón a los optimistas. A la media hora estaba con otro gol: Valerón. Salías del letargo. Y lo que te parecía inconsciencia ya no lo era tanto. A pesar de que Ancelotti propone un marcaje al hombre a Valerón por parte de Gattuso, el ocho del Milan no sabe por dónde se le escapa el canario. Antes del descanso, Luque coloca el balón en la escuadra. 3-0. Nada que decir. Los optimistas no eran unos ingenuos. Retrocedes años y te crees que Robin Hood es quien redistribuye la riqueza. El final es una juerga continua: el cuarto de Fran y la eliminatoria más que zanjada. Daba igual que en el otro equipo estuviesen Inzaghi, Rui Costa o Pirlo. Estabas en semifinales y acababas de dar un golpe de sobre la mesa.

En semifinales. Los optimistas soñaban con ir a la final que se jugaba en Gelsenkirchen y ya empezaban a aprender alemán. Pero antes había que deshacerse del último campeón de la Copa de la UEFA: el Oporto de un tal José Mourinho. En la ida empate a cero. Lo más destacable fue una falta en medio campo que el deportivista Jorge Andrade hizo a su amigo, sabido por todos, Deco. Andrade le da un toque amistoso con el pie y el árbitro lo toma como una agresión al jugador del Oporto. Roja, a la calle. Una pena perder a Andrade para la vuelta, te lamentas. De todos modos, la vuelta pasaba por Riazor y todo el mundo estaba más o menos en que era factible pasar, pero lo siguiente ya se sabe. Un equipo precipitado y el partido acaba con un 0-1. Gol del delantero Derlei de penalti. El sueño llegaba a su fin. A pesar de volver a entrar en Champions para la temporada 2004-2005, la depresión duró. Hubo viaje a Liverpool, parada en The Cavern y ver el You’ll never walk alone. Nada, todo había quedado en la temporada anterior, en el penalti contra el Oporto. La infancia y la adolescencia terminaron, cuando el Dépor jugaba la Champions. A partir de aquí vinieron otros tiempos y otras historias.

La vida transcurre así, sin detenerse demasiado ni en la gloria ni en el fracaso. El tiempo ha pasado y sigues ahí apoyado, viendo pasar a la gente que se dice moderna pero que ya no lo es, mientras refrescas idiomas por si hay que pasearse de nuevo por Europa y relees las tesis sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, confiando en una nueva constelación, aunque sea en forma de Europa League.

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