Cine migrante (III): sueños en el limbo

Uno mira la imagen de Massimo Sestini y se queda noqueado. ¿Hacia qué miran las personas que están dentro de esa embarcación azul de madera? Miran hacia arriba porque, nacidos en este mundo de jerarquías, la respuesta suele venir de ahí.

A pesar de que el cielo y el mar comparten un horizonte en el cual, por las noches, se fusionan, para quienes embarcan —previo pago de cientos de euros— en lo que será su casa flotante los próximos días, semanas si la desgracia les mira de frente, no hay Naturaleza que explique su destino: sólo hablan del infierno que han pasado y de la tierra prometida que les espera: 

     —Espero ser libre —dice un joven ya salvado por el equipo de la oenegé Proactiva Open Arms

Italian navy rescue asylum seekersCostas de Italia, 2014 / Foto: Massimo Sestini/Polaris.

Cuando habla de “libertad”, habla de Europa. Es la propia fe en el destino la que hace que den palmas, que sonrían hasta que sus perlas deslumbren y que se santigüen como si estuvieran en clase de catequesis, aprendiendo a creer. Conceptos como el de “salvación” también se escuchan en Astral, la primera película documental del programa Salvados y de Jordi Évole con su Productora del Barrio.

Astral se llama el antiguo velero de lujo propiedad de un hombre judío que, tras dar su brazo a torcer, se lo vendió a Livio Lo Mónaco, el hombre que suministra dulces sueños a miles de personas. Si lo compró fue porque este milanés afincado en Granada sintió que el barco “tiene alma”; si lo cedió a Proactiva, fue porque podía ser “un barco de rico para ayudar a los pobres”. “Sí, sí”, y sorprende en verdad su acto. Más que su acto, la ausencia de este tipo de actos por parte de quienes ven la realidad en un plano cenital. Hacia quienes dirigen la mirada las personas de la imagen de Sestini.

La procesión de los pies mojados —cuando uno observa los salvamentos en Astral ve que las personas a los bordes del dingui rozan sus pies descalzos con la marea del Mediterráneo— es constante y no entiende de épocas. Si esta película documental fue rodada en julio y ya se comenta el frío que hace a la noche, imagínense la escena ahora, que siguen llegando sin descanso. Por la tendencia a alejar las cifras de unas caras borrosas, comunes pero que no se ven, por eso son necesarios documentos gráficos más allá de imágenes frías. Por eso es necesario acercarse a las caras y escuchar:

     —¿Mi historia? Es demasiado larga —se toma una pausa—. Larguísima —repite una de las mujeres rescatadas en la operación de salvamento. Al mismo tiempo, su niño juega como si la cámara no existiera y no suelta el biberón en ningún momento.

Cuando pronunciaba estas palabras tornó los ojos hacia un sitio del que ocultar lo que ha vivido a los telespectadores. A los ojos de quien la mira. Mientras, la corta historia del niño de ojos enormes que se sienta sobre sus piernas no tiene las patas tan largas. Por eso sus ojos miran sin miedo, sin culpa. Tan importante es escuchar como también lo es, desde primera línea, hacerles sentir humanos. En palabras de Andreu Rul·lan, también miembro de Proactiva: “En cuanto les tocas, se giran y es como «Hostia, hay una personas al otro lado». Lo agradecen muchísimo”. No parece tan difícil.

Mientras, el mito de Lesbos es el mito de Europa y los sueños se secuestran con la esperanza de una vida mejor de lo que parece, pero que al final casi nunca llega. Andreu, conocedor de la realidad, prefiere dejar caer las frases con cierta sorna: “Esto está muy lejos para todo el mundo”. En especial, esto parece de otro planeta para quienes miran desde arriba; quienes parecen perdidos entre la bruma del mar y el inmenso silencio que retumba a la salida del sol. Pero, a la hora de repartir los papeles, los que saben dónde quieren llegar no se encuentran y los que están aquí no quieren saber nada de lo que ocurre.

astral_salvadosAstral (2016) / Imagen: Atresmedia Televisión/Producciones del barrio/Salvados.

Lo que ocurre es esto: “Les indican que tienen que seguir el rumbo de las luces. Obviamente, ellos no tienen conocimientos de navegación”, cuenta Ricard García Vilanova, fotoperiodista curtido en tierras libias. “Les ponen gasolina para hacer 20, 40 millas un rato, y después se quedan a la deriva”, continúa Andreu. Y retoma Ricard García Vilanova: “Las embarcaciones de madera son las peores, porque hay dos tipos de personas: las que van en cubierta y las que van en sala de máquinas. Muchas de éstas últimas fallecen, porque inhalan los gases de dióxido de carbono del motor”.

A estas alturas de película, el espectador con un mínimo de sensibilidad empieza a entender cuando se recibe una llamada de socorro a la central operativa de la Guardia Costiera en Roma y, a la pregunta de cuáles son las coordenadas, al otro lado sólo se oiga un “vengan a rescatarnos, se lo ruego”. O cuando cientos de personas, a punto de ser rescatadas, son presa del caos interno y la crispación se apodera del dingui.

Todo, entonces, es más fácil de anudar a la garganta: esas lanchas de goma enormes con tablas de madera; las manos al cielo y la mirada al sol como si fuera Dios el que estuviera en el juicio que decide si viven o mueren en mitad del azul oscuro intenso; la mujer que cae como un peso muerto, con toda la carga que lleva encima de ella. Exhausta. Sin la fuerza para decir más que “Thank you!”.

En el origen, en costas libias, el paseo por una de las playas lanzadera puede convertirse en una escena dantesca: el Mediterráneo devuelve a la tierra lo que es de la tierra, y la arena se llena de zapatillas, jerséis, botellas de agua y, golpeándolos en una tortura constante, los esqueletos de las embarcaciones que se pudren en el vaivén de las olas. Las playas se llenan de basura que un día tuvo una importancia vital y de la que preferimos no saber su procedencia: es más cómodo pensar en basura y no en recuerdos.

Y donde hay basura, hay buitres. Aquí su papel lo toman los guardacostas libios. Sin ley, sin ningún tipo de orden en el caos bélico y tribal de Libia, aparecen a 18 millas náuticas para acercarse al Astral a reivindicar su intimidación. Se suben al barco y alegan que “están en aguas libias”. Uniformes militares de camuflaje y una ametralladora de gran tamaño son sus cartas de presentación. Ellos, en realidad, sólo se subieron con la intención de rapiñar: “Es como si supieran dónde van a quedarse”, dice un miembro de Proactiva. Una de las maniobras habituales es interceptar embarcaciones de migrantes para devolverlos a Libia y, así, los traficantes hagan el doble de negocio.

En medio de toda la vorágine migratoria, varias ONG intentan suplir la ausencia gubernamental: “Debíamos tener un barco para estar en medio del mar, que es donde realmente muere muchísima gente”. Y es lo que Óscar Camps, fundador de la oenegé, y varios de sus compañeros, llevaron a cabo. Mientras se salvan vidas y otras caen al fondo del mar, los barcos militares del operativo desplegado por la Unión Europea se muestran pasivos, más preocupados por proteger que por rescatar. Y la ayuda ya lleva externalizada desde hace más de un año: el tiempo que Médicos Sin Fronteras decidió comenzar las operaciones de salvamento en el Mediterráneo, porque “alguien no está haciendo el trabajo que se tiene que hacer”, dice Camps con todo el sosiego de la experiencia vivida y la rabia de las personas que han pasado por sus brazos.

La zona donde se salvan vidas es un limbo en medio de la nada. Sólo agua y silencio. Como sentencia Andreu: “Esto está muy lejos para todo el mundo”.

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