Bukowski en las tripas

Virginia se derrumbó en Venecia, aguantó el tipo hasta que una paloma (suponemos que veneciana) depositó el resultado de las migas de pan, correctamente ejecutada su coreografía estomacal, en su inmaculada y elegante chaqueta, decidió quitársela dando por finalizada la farsa de la Virginia impecable.

Se imponía cierto desaliño, cierta dejadez en la envoltura puesto que su ex, Gustavo, la había abandonado y había tenido la falta de originalidad de no dejarla por otra sino por el póker online, en fin, nunca había estado con él por sus perfectas neuronas, más bien por sus perfectos abdominales. 

Necesito un cappuccino, así que será Virginia la que os cuente su historia:

gianni-berengo-gardin-venezia-1959 Venecia, 1959, fotografía de Gianni Berengo Gardin.

Pensé, pardilla de mí, que Venecia era el destino adecuado para vivir un desamor en toda su patética apoteosis. Gustavo y yo habíamos planeado muchas veces una escapada romántica y no cabe duda de que sería mucho más romántica sin él.

Me dedico a turistear, que es lo propio, me encantaría ir en góndola, me imagino con un pañuelo en la cabeza, y grandes gafas de sol, la mirada vidriosa de estar fabricando lágrimas mientras la melancolía y el agua se mecen juntas, la casa de Lord Byron aparecerá para subrayar tan melodramática escena. Sólo hay un problema, el precio del paseíto, pienso con un pragmatismo que no le pega a mi corazón roto que un trayecto en Vaporetto no le quitará veracidad a mi fantasía. Creía que la ausencia de Gustavo se manifestaría mucho más ahora que no está presente, pero estaba equivocada, su absentismo en la relación creció al mismo tiempo que su afición por el Texas Holdem. En cuanto piso tierra firme me entra un hambre implacable y me alegro (un poquito) de estar en el sitio adecuado para hartarme de pizza y helados. Después, cuando veo a múltiples parejas saciando su apetito y haciéndose carantoñas, la pizza pierde su eficacia y pienso que ojalá se atraganten con el salami o sean intolerantes a la lactosa o el gelato de melón Cantalupo les repita más que un chorizo criollo.

Para resarcirme de tanto tortolito me entrego a Venecia con todas mis fuerzas, visito el Palacio Ducal, la basílica, paseo hasta el puente Rialto e incluso me acerco a Murano, siempre me ha fascinado el proceso de elaboración del vidrio y no me defrauda verlo en directo, esos chorretones de color (en los que la gravedad está increíblemente presente), lo que la temperatura extrema produce en su estructura y esas texturas antagónicas entre el comienzo y el fin del proceso.

En el Vaporetto de vuelta me siento mareada, cansada, fuera de lugar pese a haber deseado tantas veces estar dónde estoy. Tengo que admitirlo, Venecia no está funcionando, es posible que la falta de sueño y los innumerables ristrettos no ayuden pero no puedo resistirme a esos tragos diminutos, hoscos, negros y sin azúcar. La Piazza San Marco, tantas veces imaginada se me aparece deslucida, sólo veo su pátina de mierda de paloma. Tomo una decisión, me las piro, linda Venecia, esta epidemia de enamorados que te recorre no hay quien la aguante. Recojo mis cosas del Ostello Tadzio, sólo una mochila con lo básico, dejo en la habitación dos maletas casi llenas pero es que ahora mismo necesito ligereza.

Virginia se escapó de Venecia, yo también aunque por una razón bien distinta, ella huía de la decepción, del desamor, yo me escabullo de un gondolero veneciano que ha confundido una noche de pasión perecedera con un amor eterno. Cedo la palabra de nuevo, unos Ravioli Cellini me reclaman.

Subo en el autobús que me llevará a Florencia, quién sabe si desde allí vaya en tren a Pisa (Subir una torre inclinada se presenta como idóneo para mi estado de ánimo). Me siento y en ese momento escucho en mi cabeza “La Cabalgata de las Walkirias” ¡Estoy alucinando! ¡No! Llevo los auriculares puestos, muy oportuno Wagner, pienso en la de ristrettos que se habrá metido entre pecho y espalda en la ciudad de la que ahora huyo.

En Florencia continúo con el callejeo y el turisteo feroz. Mi organismo absorbe y succiona arte por cada poro, por desprevenido que se encuentre. En el Duomo todo supura belleza, como si Giotto, Ghiberti y Brunelleschi hubieran participado en un duelo a cámara lenta, planificado por Sergio Leone. Duelo en el que gana aquel que consiga dotar cada milímetro cuadrado de su obra de mayor impacto visual. Tengo ganas de más y continúo hasta la Galería de la Academia, después de unos segundos en compañía de David me doy cuenta de que han pasado más de dos horas. Salgo, soy ya una yonqui de las obras de arte, me dirijo a la Santa Croce, en cuanto llego pienso que tengo suerte, hay un grupo de españoles con un guía explicándoles la historia de la basílica…

Empiezo a sudar en modo regadera, tengo palpitaciones, me siento confusa y desorientada. Soy consciente de que estoy a punto de desmayarme. Unos brazos me atrapan antes de comerme el suelo, me levantan y me llevan a la terraza más cercana, momentos después estoy tomando un acqua frizzante junto a Carlos, el guía que impidió que me cayera.

     —Gracias por evitarme la hostia. ¿Qué me habrá pasado?

     —Creo que contusión por mármol blanco, teselas incrustadas en el hemisferio izquierdo de tu cerebro, pinceladas salvajes haciéndote aullar de placer, latigazo cervical producido por Giotto. Vamos, lo que tú tienes es un “Stendhalazo” de manual, lo veo todos los días en el curro.

     —¡El síndrome de Stendhal! ¿Eso existe? ¡Y me ha pasado a mí! ¡Mola! Pero… ¡Estoy en Florencia! ¿Cómo lo evito? Mañana pensaba ir a los Ufizzi…

     —¿Qué dices? Un Filippo Lippi, un Rubens o un Tiziano antes de tiempo y te daría otro jamacuco. Mejor espera un día más. Ahora deberías irte a descansar un rato.

Me despido y le doy las gracias por haberme ayudado y por el botellín de agua, me da su número de teléfono para que quedemos para tomar un caffè latte o un caffè freddo.

Me echo una siesta en el hostel, me despierto y tengo ganas de salir, me doy una ducha caliente y busco en mi móvil la dirección de algún pub irlandés, hay uno en Santa Maria Novella, creo que unas Guinnes son lo bastante prosaicas como para que no me desmaye. En cuanto entro en el pub, veo a Carlos, me acerco y lo saludo, me dice que está leyendo “Rojo y Negro” y se ríe, con una risa que anuncia el final de lo bello y que hace que quiera llegar pronto al sitio más cercano al que se pueda llegar con el deseo entre las piernas.

Stendhal está bien pero a veces una necesita sentir a Bukowski en las tripas. ♦︎

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