Bob Dylan SÍ merece el Nobel, o la mañana de los cristales rotos

Ilustración de Bob Dylan, por Niklas Elmehed para el Nobel Prize 2016.

La del 13 de octubre de 2016 fue una mañana de cristales rotos. Ese día la Academia sueca anunciaba la concesión del Premio Nobel a Bob Dylan por, más o menos, renovar estilística y poéticamente un campo ya tan sumamente fértil como es el de la canción popular norteamericana. Apenas unas palabras, leídas por una amable señorita, y el ruido sacude al mundo. Cristales rotos. Miles de monóculos que caían de los rostros hieráticos de los puristas, sorprendidos al ver mancillado su premio preferido, ese que critican inmisericordemente cada doce meses. Se cuenta que hubo algunos ataques de pánico en ciertas cafeterías de cadenas estadounidenses, que más de uno se tiró con fuerza de sus barbas, totalmente hi(p)stérico. Que, incluso, se vieron casos de connaiseurs que solamente pudieron recuperar el habla después de la tercera o cuarta infusión de té recién recolectado en el Tíbet por niños participantes en convenios de comercio justo. Pardiez. Menos mal que tenemos al mayordomo para tales menesteres, porque yo hoy no estoy para nadie. En fin, otro monóculo y a seguir con mi vida. Néstor, alcánceme por favor el tomo de Filosofía Escolástica, que deseo repasarlo. Y así…

Es, sin duda, el Nobel más polémico, al menos en la literatura, de los últimos años. Y, curiosamente, por elementos ajenos a la propia calidad de la obra del premiado. Que no digo que sea mejor ni peor que la de otros candidatos (adelanto, peor que la de muchos, mejor que la de tantos) sino que ha sido soslayada. Se ha ido a lo folclórico, vamos. Que uno ya no sabía si era de verdad o se buscaba hacer el chiste fácil. Porque a tenor de lo leído en el gran depositorio de mentes creativas del siglo XXI (esas redes sociales donde conviven los Shakespeare y Cervantes de cada época, a tenor de la facilidad con la que se pondera sobre casi cualquier tema) lo único bueno del Nobel a Dylan era “que no se le hubieran dado a Paulo Coelho”, lo mejor que podía hacer Philip Roth era “ponerse a escribir canciones” y el mismo Joaquín Sabina estaba “esperando su Cervantes”. Como si fuera lo mismo hacer poesía que rimar ripios repetitivamente absurdos (un abrazo a los sabineros, a quienes dedico esta hostia tan gratuita).



Planteemos una base: a mí me parece bien que le hayan dado el Nobel de literatura a Bob Dylan. Quiero decir, me parece un premio justo. Y no voy a entrar en si otros lo merecían más o no. Particularmente, si había que premiar a un norteamericano de esa generación yo se lo hubiera dado a Pynchon, tanto por calidad de su obra como por el gustazo de ver cómo se negaba a ir a recogerlo. Pero, ya digo, no creo que Dylan desmerezca en el palmarés. Por cierto… hablo del palmarés de verdad, no de chorradas como Churchill (o Echegaray), que lo de coger los extremos para justificar una opinión personal es una cosa muy fea y de no hacer demasiado…

Entonces, decía, creo que el corpus de Dylan merece tal premio. Leía el otro día que el de Minnesota lleva décadas escribiendo la gran novela americana, y que si no nos hemos dado cuenta es porque la presenta por entregas. Me parece una definición pertinente. Considero que la hondura del universo de Dylan, su heterogeneidad y, sí, sus hallazgos formales pueden competir con casi cualquier ladrillo pedantesco de esos que nos venden como indispensables cada otoño. Y tiene, además (y esto no es, no debería ser nunca, baladí), una profundidad mucho más humana.

Con todo, la idoneidad del vencedor tiene, a mi parecer, otros puntos de vista. Igual de interesantes, por cierto, o incluso más, si tenemos en cuenta que en materia de calidad, de méritos, siempre será imposible ponerse de acuerdo, porque salvo para el pedante viscoso de Harold Bloom los cánones siempre han de ser personales, y no universales. Y quien pretenda lo contrario a lo mejor no ha entendido nada. De literatura, o de la vida.

En primer lugar, quienes ponen el grito en el cielo por haberle sido concedido el galardón a un ‘cantante’ (como si lo importante en Dylan no hubieran sido siempre sus letras y no su voz, como si fuera lo mismo escribir que declamar) parecen olvidar, deliberadamente o no, que en realidad hablamos de la expresión más antigua de la literatura. Que en la Edad Media buena parte de la poesía era ‘cantada’ y que lo que ha llegado a nosotros son, en muchas ocasiones, las transcripciones de aquellos temas que se interpretaban en directo frente a un público entregado que igual no lanzaba bragas cuando les gustaba lo que escuchaban, pero que fijo tenía piedras a mano si te ponías demasiado estupendo y no conseguías llenarle. ¿Quieren más ejemplos? Las obras de Homero, fuera quien fuese, están pensadas para ser recitadas en voz alta. Con, seguramente, acompañamiento de música en algunos tramos. Al menos las obras de Homero que hasta nosotros han llegado. Incluso ciertos pasajes de las mismas aparecen dispuestos de forma mnemotécnica… es decir, que no tienen otra función que facilitar el fraseo. ¿Suficiente? ¿Ya se les han caído todos los monóculos? Ernesto, traiga por favor sales de frutas para el señor, parece que algo le ha sentado mal…

Y, que nadie me busque las cosquillas, no se me ocurre comparar a Dylan con Homero, ¿eh? No me jodan.

En segundo lugar la concesión del Nobel a Dylan (lo repito mucho porque paladeo el sonido… el-No-bel-a-Dy-lan…delicioso) abre un espacio de reflexión interesante sobre qué es y qué no es la literatura. Sobre sus límites, sobre los cambios en las formas de su expresión. En otras palabras, ¿sólo es literatura lo que está en las páginas de un libro? Dónde acaba un verso, hasta dónde llega una estrofa. ¿Es el espacio físico el elemento diferenciador respecto del Arte? Pásenlo a la pintura: ¿es Banksy un artista? ¿O debería ponerse a pintarrajear lienzos? ¿Dylan no es un poeta solamente porque sus letras nos acarician los oídos en lugar de seducirnos las pupilas? Si entendemos que hay límites sobre las expresiones culturales seguramente estemos negando su propia seña de identidad: la libertad de ser. De ahí al esnobismo caduco hay solo un paso, que a mí no me da la gana dar.

Personalmente creo que algunos de los mejores versos del siglo XX los ha escrito Bob Dylan. De los más estremecedores, de los que más fácilmente llegan a las aguas ponzoñosas donde habita el alma. Particularmente pienso que su obra (sí) poética es una de las más constantes, densas, humanas y apreciables de los últimos cincuenta años. Sin gradación respecto de otras, que esa ya la harán los (tos, tos, carraspeo) especialistas. Y que detrás de este ruido blanco que ha venido con su Nobel en el fondo habita un airecillo snob de quienes ven violado su pequeño espacio de distinción. Porque, piensan algunos, aun hay clases, hasta para leer, que es sentir, que es vivir. Y si ese tal Dylan gusta a tanta gente, recórcholis, algo debe de hacer mal. A mí no me miren. Búsquenme estos días en algún bar, porque es cosa de celebrarse. Y, más tarde, quizá esté leyendo, escuchando… disfrutando, de una voz absurdamente nasal, un fraseo de gripe continua, una magia que no cesa.

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