Bob Dylan o el valor de la palabra

Pájaros muertos, gorriones sin alas. Creo recordar que eso le parecían a Leonard Cohen, despojadas de música, las letras de sus canciones. Y puede que tenga razón. Pocas veces una letra es tan poderosa como para extraerla de su entorno natural y que siga causando el mismo efecto. No sé si os ha pasado alguna vez: escuchas una canción que te remueve el espinazo, coges el móvil, seleccionas la estrofa más emocionante, la escribes en un mensaje y se la envías a alguien. En ese instante, aquellos versos que resonaban en tu cabeza como en una catedral se extienden ante ti como un cadáver.

daniel_kramer_bob_dylanBob Dylan, 1964 / Foto: Daniel Kramer.

Con la concesión del Nobel de Literatura a Bob Dylan muchos han reclamado, precisamente, que puestos a reconocer la labor literaria de un músico, la obra del propio Cohen sería más idónea. Es probable que lleven razón, pero cabría aclarar que el mejor escritor de letras de canciones no tiene por qué ser el mejor escritor de canciones. Algo parecido ocurre con la escritura teatral y cinematográfica. También hay quien, directamente, considera un ultraje que se confundan churras con merinas, botas de cuero con distinciones literarias.

Es evidente que los escritores de canciones cuentan con herramientas de las que el poeta no dispone. Tienen de su lado la música, un auténtico arma de destrucción masiva emocional. El poeta, sin embargo, se las tiene que apañar con la única ayuda del lenguaje. La escritura de canciones y la poesía u otras formas de literatura— son oficios distintos. Pero ambos están unidos por el ADN de las palabras.

La escritura

La distinción concedida a Dylan no supone un menoscabo a la literatura, sino un reconocimiento a la escritura; una forma de conceder la debida admiración e importancia a todos aquellos que se levantan cada día y teclean en un ordenador hasta que algo que llevaban dentro cobra vida en la pantalla.

Obviamente que hay letras de Bob Dylan que existen por sí mismas, más allá de su fraseo arenoso, escupido, desmadejado e hipnótico. Pero su gran labor ha sido transportar el valor de la palabra hasta el mundo de la música, al igual que los antiguos exploradores trasplantaban especies autóctonas a suelo extranjero. Y eso es lo que premia la Academia Sueca. No valida las letras de Dylan como organismos autónomos, sino que le reconoce haber creado una nueva expresión poética dentro de la gran tradición americana de la canción.

También lo hacen algunos en España. Y, como Bob, también corren el riesgo de ser observados por encima del hombro. Nombres ya veteranos como Rafael Berrio, Andrés Calamaro, Enrique Bunbury, Iván Ferreiro, Nacho Vegas, Robe Iniesta, Quique González, José Ignacio Lapido o Diego Vasallo nos entregan cada año puñados de canciones valiosas y emocionantes.

A ellos —como, obviamente, a Neil Young, Patti Smith o Nick Cave— también les pertenece un poco este Nobel, como nos pertenece un poco a todos. Quién nos iba a decir que iba a llegar tan lejos el humo de nuestros cigarros; que palabras como “Academia” y “garito” iban a aparecer, de pronto, más cercanas que nunca; que en Suecia se iba a hablar de aquella chica y de aquel verano.

El debate

En el debate generado por el veredicto se ha lamentado que no se aproveche la visibilidad del Nobel para dar un empujón a literaturas con menor acceso al mercado —tal y como ocurrió el año pasado con Svetlana Aleksiévich—. También que otros autores norteamericanos como Philip Roth (83), Thomas Pynchon (79), Don DeLillo (79) o Cormac McCarthy (83) puedan haber perdido definitivamente su oportunidad. Lo primero es cierto; lo segundo da lo mismo. Los cuatro nombres citados son escritores monumentales, cuya obra perdurará para siempre en el lugar que merece. Su magnitud nos sirve para recordar, más allá de lo económico, lo banal que resulta cualquier premio, incluido este, del que seguramente no deberíamos ni estar hablando.

Como es habitual en las redes sociales, han brotado por todas partes chistes con más o menos gracia. Muchos de ellos se los dedican al súper ventas japonés Haruki Murakami, que siempre suena en las quinielas y nunca se lleva el gato al agua. Está bien. Yo también me río. Pero aprovecho este artículo para recomendar —más allá de sus mejores o peores obras de ficción— De qué hablo cuando hablo de correr, un pequeño libro en el que relaciona su afición a los maratones con el oficio de escritor. Cualquiera que lo lea verá a otro tipo que se deja la vida cada día en su trabajo con las palabras.

Y es que también de palabras están hechos los tweets y las publicaciones de Facebook. Ante ellos, como ante las canciones, existe la posibilidad de intentar decir algo o no decir nada, de celebrar las películas y las canciones y los libros que nos emocionan —desde Alice Munro a Harold Pinter, pasando por Vargas Llosa— o intentar derribarlos con un poco de gracia y otro poco de mala baba. Frente a ese dilema, cargar la cultura popular de palabras con sentido o perpetuar la nada, ya sabemos lo que hizo Bob. Y por eso le damos las gracias. Quizás en unos años alguien reciba el premio Nobel por crear una nueva expresión poética dentro de las redes sociales. Sería un galardón incontestable.

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