Bob Dylan NO merece el Nobel, pero sin dramas (por favor)

Ilustración (en negativo) de Bob Dylan, por Niklas Elmehed para el Nobel Prize 2016.

Bien pensado, tal vez Dylan sí que merezca el Nobel de Literatura. Qué diablos, claro que lo merece, tanto o más que nadie. ¡Está hecho a su medida! Puede resultar extraño que un artículo que dice en su título que Bob Dylan no merece el Nobel de Literatura, arranque dudando de sí mismo, incluso contradiciéndose. No se alarmen, no es un error tipográfico en el título, es solo una forma de jugar, de ser un poco posmoderno, y de comenzar introduciendo un tema necesario para centrar el debate sobre el dichoso premio: que el Nobel no significa ya nada, si es que acaso lo hizo en algún momento, que el Nobel, como distinción, no distingue ni la paja del trigo, evidentemente reconocido como una herramienta más de propaganda cultural, eso sí, la mejor y más acabada de cuantas herramientas de este tipo hayan existido. En ese sentido, Bob Dylan merece el Nobel, o al menos no lo desmerece lo más mínimo. Dicho esto, a partir de este momento nos referiremos no a si Dylan merece el Nobel literario, sino a si Dylan merece algo así como lo que pudiera ser la más alta distinción mundial por una contribución al mundo de la literatura. Así visto, no, Bob Dylan no merece el reconocimiento en forma de premio más importante de la literatura mundial.

Y ahora llega la siguiente aclaración de los términos del debate: Bob Dylan es un poeta, un escritor, un literato, sí, y por lo tanto puede optar a cualquier premio como tal. ¿Que canta lo que escribe? Vale, y qué. Como si lo chilla. La música, en este caso, es el soporte de una transmisión escrita, de una letra con vocación artística y en un formato acabado. Con eso debería valer para entender que estamos hablando de literatura artística, de la misma manera que una obra de teatro, escrita para ser interpretada, se considera un producto literario con capacidad para valerse como obra sin necesidad de escenificarse. Y es que hay que ver lo que va a joder el dichoso premio. Es difícil recordar una polémica más aburrida, por mucho que haya a quien le parezca estimulante, paradójicamente a una mayoría de aquellos que se consideraron ahora y siempre muy ‘contraculturales’ —sea eso lo que sea, pero valiéndonos para entenderlo de lo que todos intuimos—. Así pues, Bob Dylan no merece el premio más importante de las letras, pero no por no ser reconocido como escritor. Lo es, y ha desarrollado un trabajo importante como tal, ha dejado una contribución al mundo literario. Las razones del ‘no’, por lo tanto, no son de carácter patriomonialista, sobre si lo que hace es o no literatura. El debate lingüistico en este tema no existe, está superado, o debería estarlo.



Pero entonces, ¿por qué Bob Dylan no merece un premio como el Nobel al que no llamaremos Nobel? No lo merece, fundamentalmente, por la calidad de su aportación al acervo de la literatura universal. Hay quien sostiene que la calidad de una obra poética depende en gran medida del juicio estético, es decir, que está determinada por una impresión subjetiva. Nada más erróneo. La calidad de una obra artística, en general, es medible, existen los métodos y metodologías de estudio e investigación que nos permiten discernir científicamente el grado de calidad y de importancia histórica de una obra de arte. Y la poesía de Bob Dylan, siendo una obra de calidad, es decir, importante a considerar en el conjunto de expresiones literarias de nuestra época, no vale un premio que debiera destacar la máxima excelencia. Sin ser un mal poeta, es un poeta mediocre. Y decir mediocre no es malo, es solo decir como tantos otros. Por su proyección como músico ha cumplido un papel diferenciador, eso es de reconocer, pero ni aún por esas su talento literario puede ser considerado merecedor de la más alta distinción entre literatos. ¿Por qué? Que levante la mano el freak que se haya leído e investigado científicamente las letras de los treinta y pico álbumes del músico. Ahora que bajen las manos los fans incondicionales, sí, los mismos que se leyeron Tarántula —única novela de Dylan, única, por suerte— y que la consideran buena. En español, realmente, lo más que tenemos —que no es mucho— para valorar el talento literario de Dylan son los libros que editó Visor en los años 70 y en los 90, pero sobre todo la edición de Letras 1962 – 2001 de Alfaguara/Global Rhytim, edición bilingüe traducida por Miquel Izquierdo y José Moreno. Quien tiene ese libro tiene una joya, así como el primer volumen de sus memorias, Crónicas.

Partiendo de estas fuentes, podemos decir que Dylan es autor de una novela bastante mala, de medio libro de memorias aceptable y de unos centenares de poemas/canciones de enorme calidad en su función estrictamente musical y de correcto pero convencional vanguardismo en su composición exclusivamente literaria. El primer Dylan es prosaico y narrativo, sucio realista cuando todo el mundo era sucio realista; coqueteó con lo beat y apostó por una creatividad surrealista, cincuenta años después de los manifiestos de Breton; para terminar siendo un cantor salmódico de alabanzas a Dios y preocupaciones adolescentes, de amor y destinos fatales. Las letras de Bob Dylan han disfrutado de una enorme proyección por su difusión musical, pero en sí mismas adolecen de ningún hallazgo formal que las haga excepcionales. La mayor parte de ellas, si tomamos como casos de estudio sus más famosos temas, se valen de las figuras literarias más simples, las enumerativas y repetitivas. La anáfora y el polisíndeton reinan con absolutismo en sus himnos más celebrados, desde Blowin in the wind hasta The times the are a-changing, pasando por Maggie’s Farm, If not for you, Forever Young, Rainy Day  Women #12 & 35 o Ballad of a thin man. Lo mismo ocurre con sus poesías no musicadas, como los largos poemas Últimos pensamientos sobre Woody Guthrie, o el muy prosaico Mi vida en un momento robado.

Bob Dylan es un dudoso merecedor de un reconocimiento mundial en el mundo de las letras como se suele considerar que es el Nobel, más que nada por la calidad objetiva del aporte que a la literatura como tal ha hecho, sin desmerecer lo mucho que le ha dado, por supuesto, pero analizando científicamente y poniendo en perspectiva su obra se puede considerar, como mínimo, muy cuestionable un reconocimiento tal. Y en este punto llegamos a las odiosas comparaciones, a los otros nombres. Bob Dylan no merece un premio como el que debería ser el Nobel porque antes hay otros escritores que objetivamente lo merecen más, compatriotas suyos como Thomas Pynchon, Joyce Carol Oates, DonDelillo o Paul Auster, pero especialmente como Phillip Roth y, sobre todo, Cormac McCarthy; o Juan Marsé Enrique Vila-Matas, si hablamos de autores españoles; o qué decir de Sergio Pitol, y qué pasa con Banville, y vale, sí, mencionemos al pobre Haruki Murakami, y ojo, que Milan Kundera sigue vivo, por si se habían olvidado… En definitiva, hay decenas de escritores cuyas obras han generado un aporte más enriquecedor al acervo literario contemporáneo. Es un motivo sencillo para entender por qué Dylan no es justo merecedor del Nobel —o de la supermedalla literaria de la que estemos hablando—. Dylan tiene la distinción que no obtuvieron Borges, Cortázar o Carver. Bien por él. Pero que nadie se confunda, no hay ningún cambio de paradigma ni abre un debate supernovedoso. Lo mismo vale para lo contrario, que tampoco es para echarse las manos a la cabeza, vaya, ni para hacer un drama, si acaso una canción…

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