Una taza de café en el estudio de Woody Allen

Habitualmente de dos a cuatro de la tarde hace un descanso para comer. Su trabajo empieza a las nueve de la mañana y de cuatro a siete continúa. No tiene un horario marcado por ningún jefe y puede repartir su tiempo como mejor le convenga, pero él cree que es mejor así. Es la rutina diaria que ha seguido durante los últimos treinta años, salvo cuando tiene que salir del estudio para realizar las labores propias de la promoción. En el estudio situado en un edifico de Brooklyn y que da a una pequeña plaza en donde hay una boca de metro suena con frecuencia Gustav Malher y Enrico Caruso.

cafe-society_Café Society (2016) / Imagen: Amazon Studios / Gravier Productions / Perdido production

Aunque hoy, el señor Allen Stewart Konigsberg, conocido por el nombre de Woody Allen, hace una excepción que contrasta con su rutina. En vez de empezar la jornada de tarde a las cuatro, la ha comenzado a las tres y media. En su escritorio están las obras de siempre. Esos textos que relee y que tiene anotados y subrayados desde hace muchos años. A la izquierda del ordenador —la máquina de escribir es el único objeto que adorna el estudio en el que trabaja— tiene un bloque de libros entre los que se pueden leer varios títulos: El mito de Sísifo de Camus, La náusea de Sartre, Escritos de Gruocho Marx, Niños del domingo de Bergman, Tres ensayos sobre teoría sexual de Freud… A la derecha hay un montón de papeles que intentan mantener su equilibrio formando una torre. Son papeles con anotaciones, fragmentos de periódicos y alguna fotografía. Otros están arrinconados en unos portapapeles, a la espera de ser revisados. El lapicero está casi vacío y ha sido movido por la libreta en la que tiene anotaciones. De vez en cuando da un sorbo a la taza de café, en la que se puede leer una frase en hebreo pero que se niega a traducir al inglés y a decirla en voz alta.

Su última película Café Society (2016), que ha sido presentada en el último Festival de Cannes fuera de concurso, se estrena ese mismo día en España. La que es su cuadragésimo séptima película revisita temas clásicos como los contrastes en las relaciones de pareja. La trama es sencilla: son los años treinta. Un hombre, Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg), un judío de familia modesta que quiere trasladarse de Nueva York a Hollywood, la ciudad que “la mueve el ego”, ya que allí está el tipo de vida que le gustaría tener. Su tío es Phill (Steve Carell), un productor de cine casado, al que le pide trabajo para poder ir estableciéndose en la ciudad. Como no hay mucho para él, su tío lo contrata como mensajero personal y lo lleva a fiestas y reuniones para que conozca a gente. Además le presenta a su ayudante, Vonnie (Kristen Stewart) para que le enseñe la ciudad. Aquí se cruzarán los caminos de su tío Phill y el propio Bobby.

Los conflictos del filme están marcados por lo irracional de la (in)decisión que marca el devenir de la vida. Se recubren con un halo de lógica, ya que se necesita asegurar el porvenir, terrenal o no, aunque un individuo —en este caso Vonnie— contradigan todas las premisas que regían su criterio vital, a todas aquellas decisiones que no se pueden tomar desde un punto de vista aséptico ni imparcial. Posiblemente ahí radique la gracia de la existencia, que se dé la posibilidad del error.

Los trazos con los que muestra Allen el Hollywood de los años treinta son nostálgicos y edulcorados, aunque no excesivamente empalagosos ya que el humor negro marcado por un hermano mafioso de Bobby y el ideal de la racionalidad de la Ilustración representado en el marido de una hermana del protagonista, hacen que la narración fluya al ser ensamblada por una voz en off que le da velocidad a la película de forma solvente.

Atrás quedan películas como Annie Hall (1977) Manhattan (1979), Hannah y sus hermanas (1986); sin olvidar algunas de las más destacadas de los últimos veinte años como Match Point (2005) o El sueño de Cassandra (2007). Así que a las cuatro y media, tras una hora de trabajo, Allen se queda bloqueado y borra una línea que no le gusta. Sabe que en la ficción está la verdad. Pero el papel en blanco no representa un problema: quiere seguir el ritmo de película por año, no se sabe bien si en el intento de construir una gran historia o si está impulsado por la necesidad de producir en serie. El momento en el que retoma el pulsado de las teclas, la gente sentada en sus butacas espera a que comience la película. A la espera de ver en qué página del periódico se centra el señor Allen, la película puede ser un drama con una visión desesperanzada de la condición humana (aprovechado para homenajear a Bergman una vez más) o una comedia, aunque como dice Bobby en la que probablemente sea la frase recordada de esta película “la vida es una comedia, escrita por un comediógrafo sádico”.

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