¡Siempre será blues, siempre será blues!

“Bien saben las canas, que los recuerdos no perdonan

por recitarse la memoria sin chuleta. 

Por eso los reportajes son falaces,  y la ficción tan verdadera.

Es la postilla de un cronista desatento”.

Como sin querer, levantaron la saya de una mar de olivos y atrás dejaron campiñas de cereales muertos.

También superaron marteños y cornicabras, hojiblancas y a veces arbequinas, que a su paso modelaban como clanes la aceituna de la tierra. Esa que aguarda impaciente el verdeo de aquellos a los que El Cabrero ofreció un fandango de Huelva, mártires del hambre y el arado que el poeta vio rugir pero también  cantar.

     —¿De verdad no lográis adivinarlo? ¡Es el cero, es el cero! —protestó Ferni, quien llevaba ya largo tiempo  con la inapelable intención de narrar al resto un cuento de Calvino. Pero ante la unánime negativa de sus jóvenes secuaces, y como una suerte de compensación, había propuesto ocupar lo restante con un juego de adivinanzas y éstos habían accedido.

Oteaban ya una tierra castiza y ajusticiada por el tórrido aire —que apenas la sierra puede disipar, siquiera maquillar—, donde los socialistas llegaron y se quedaron. Y como en una cinta de Ozores, los españolitos de a pie continúan levantándose a las siete. Gane quien gane, pierda quien pierda.

blues_cazorlaFestival Blues Cazorla.

Así, los muchachos llegaron al pueblo a ritmo de chasquidos intermitentes, golpeando arrítmicamente las ventanillas del monovolumen.

     —¡Blues Cazorla, Blues Cazorla! —aullaba uno de ellos, el más menudo y el menos grande. Mientras, tomaba del respaldo trasero dos botellas de escocés y mal tarareaba una melodía que algún bluesman había urdido décadas atrás.

Muchos alardean de que el blues, como el quejío flamenco, es un himno de lamentos. De y para los sin nombre de Chicago o de Iruela, porque los desheredados no entienden de cartografía, no atienden los mapas de los que les privaron del todo por la nada.

Se equivocan. Las veladas blues son ofrendas. Las de una tierra jornalera, que tres días y tres noches al año reúne a unos impíos feligreses: los cazorleans, se dicen. Hordas con sombrerillos de paja, obsequio de las corporaciones del espirituoso que hicieron del verano un sofocante reclamo.

Decía el poeta: Mariposas sin día / despavoridas / en la raya felina / de su pupila.

Ajenos a todo ello, y como custodiando el escenario, un grupo zapateaba animosamente sin que sus pies los desplazasen más de lo necesario. Parecían limitados por un linde imaginario. Rozando los cincuenta y ya tocando los sesenta, se guardaban con camisetas que recordaban el último concierto al que acudieron juntos.

Eran tres, como las veces que los serafines claman el “santo, santo, santo”. También como el cuerpo, el alma y el espíritu. Los que sin dejar de tomar, y sorber y echar la espuela, comenzaron a pontificar sobre los artistas que merecen su atención, desmigajando con sapiencia propia de una universidad callejera —aquella que está en concurso de acreedores— los mayores y pormenores de una decena de aspirantes a artistas. Hasta que se demuestre lo contrario. Eran una turba, un tumultuoso corral de gallos zaheridos por la noche.

Los tres apóstoles de Móstoles, un trisagio con dos hielos.

     —¿Sabéis? La guitarra de Johnson era tocada por el maligno —sugirió Pepe, acomodándose la gorra—. Creedme, por el mismísimo cabrón de los infiernos. Parece que estos chicos auténticamente recelan del de abajo, prefieren temerle que servirse de él. Él cruzó el camino y afinó las cuerdas. Lo cruzó, y lo afinó.

     —¡Déjalo ya! ¡Déjalos en paz! ¡Déjalos mantener el alma y el pellejo! —protestó casi suspirando y con la mirada levantada su compinche Pedro—. Bien sabes que en el Bronx no se atreve a pisar ese diablo tuyo, y eso que Popa Chubby lo reta con esos Hallelujah que canta. ¿Qué digo de cantar? ¡Que ruge!

A no ser por la música que dominaba el espacio, casi pareciese que se hizo el silencio.

     —Hablando de pactos infraterrenales, el bueno de Leslie Lester nos enterrará a todos — sostuvo sin perder la sonrisa Pablo—. Tal vez ser amante en vez de luchador salga a cuenta, y la eternidad sea tan solo una incauta fatalidad de la que algunos aprenden a zafarse.

Por eso en Louisiana rastrean y acorralan a esos caimanes, y cuando están ya cercados por inferioridad numérica y moral, los arredilan ante el delta también con una mirada de compasión. Porque la batida del animal no es por goce ni tampoco necesidad. Apenas un verso swamp, tan denodado y tan titánico, como el mismísimo Mississippi.

     —Fijaos, esos muchachos a los que llevo en autobús entienden de música. ¡Vaya que si entienden! ¡Si los vieseis moverse! Son como estos mendas treinta años atrás, puede que más… —interrumpió Pedro,  pareciendo no escuchar la cavilación de su amigo, por estar centrado en exceso en su propia reflexión—. La Copeland los paraliza, J. Hunter los conmueve y también los encandila y Aurora… ¿Qué puedo yo decir de Aurora? Muchos sueñan con ella, la sueñan trenzando el aire y con esos labios que gravitan por sí solos.

Sin más, y como si nada fuese menos, los chicos del cuatroporcuatro ya habían cambiado las adivinanzas por el whisky, e irrumpieron entre tan egregio trío de predicadores periféricos.

Uno de ellos, el más calé y talludo, fingía un interés que no era tal por una morena sin coleta que derramaba lágrimas con cada acorde que sentía afinado. Las gotas del sollozo apuraban toda su cara, para consumirse en una boca por donde asomaban dos dientes enfrentados, que no admitían súplica ni mofa.

Otros dos acudían a la barra con casi irritante regularidad, como el campero que acude al pozo para saciar su sed. Haciendo de la ingesta de bourbon un escarnio del eterno retorno nietzscheano, y apretando sus ojos con cada brindis hasta hacer desaparecer los pómulos en un espesor de embriaguez. Al uno se le volvía chino, al otro simplemente inspector.

Nadie alcanzaba contabilizar a ciencia cierta cuántos eran, pero correteaban y retozaban alzando la arenisca del terreno pareciendo no percatarse de nada ni nadie a su alrededor. Tampoco de sí mismos. Pues padecientes de incontinencia emocional, en exceso abrían los ojos y escasamente cerraban la boca. Una patología de oprobiosa vivacidad, según lograron diagnosticar algunos.

Entonces la ridícula brisa se abrazó a un ritmo funk que había sufrido de gospelização, con motivo de una muy oportuna melaza que Mr. Sipp le había añadido. Y al girarse el respetable, la bandada de jóvenes ya habían tomado la alternativa taurina y se rendía al catequismo de los que algunos ya catalogaban con cierta heroicidad como la triple P. 

Los que hicieron que el ardor juvenil no pareciese tal, admitiendo sus edades con espíritu imperecedero: cinco puto punto seis. De forma que hacían marearse a los dígitos y al tiempo. Burlándose de cada surco y cada arruga, de cada Wilde y de cada salmo penitencial que les dijo que la felicidad es lo primero en envejecer. Eran puro blues, inmortales hasta que la música pare.

O así me lo parecía.

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