Relato social

No solo se trataba de perder su presencia física y todo lo que tenía que ver con estar, con ocupar. Eso era duro, extraño y perverso. Se trataba también de un agujero emotivo, que de vez en cuando lo atrapaba en una melancolía posibilista.

Preguntas constantes sin respuesta correcta nublaban su vigilia y le hacían parecer un muerto en vida. Qué podría haber hecho él para evitar que no estuviera en su vida. Cuándo empezó todo. Él, sin darse cuenta, había pasado de puntillas por una vida que terminaba tal y como la había conocido hasta ahora.

Chicago_History_MuseumFeria Mundial de Chicago, 1933 / Foto: Chicago History Museum.

Su vida ahora que no estaba ella, era más triste, más famélica. Antes era mejor. Estando con ella, junto a ella, todo era más plácido. Ese era el resumen conciso y a su juicio, correcto. Llegaba a esta conclusión en su mente para inmediatamente después, desandar el camino que le había llevado hasta allí y repasar, punto por punto, las circunstancias de dentro y las tesituras de fuera que le habían hecho perderla.

Ya no estaba en su vida, había dejado de acompañarle en las mañanas frías de las que siempre se habla y en las noches largas de las que pocos se acuerdan. Ella dejó un rastro dulzón y femenino, un perfume del cuerpo que se ama y que es segregado por la mente que se desea.

El día que ella se marchó, él pensó que no era para tanto, que la vida tiene momentos mejores y peores y que en realidad todo lo ocurrido era peor para ella. Peor para ella no vivir junto a mí, pasar la vida a medias.

Esta reflexión, no mucho más que una muleta quejosa, se evaporó pronto y empezaron los reproches en el espejo y las palabras masticadas en los atascos. La culpa, la gran culpa, destilaba vapores; primero mientras vivía, es decir, mientras estaba despierto. Más tarde también mientras dormía, cuando se pobló su universo de sueños formados por hechos consumados y acciones nunca concretadas. Eran tantas y tan bien descritas, con colores familiares y palabras, que aunque nonatas, resultaban creíbles, que dejó de distinguir sueño y realidad.

Ese fue el primer gran síntoma del estado de abandono en el que estaba sumido. Sumido era una buena palabra para definirlo porque todo iba hacia abajo, al interior, al pozo. La dirección hacia la que él se dirigía la marcaban los platos sin fregar y la barba sin atender. Como grandes símbolos que orientaran el tráfico en una autopista de muertos en vida, él sabía que iba en la buena dirección si su figura se destartalaba cada vez con más pesar, cada vez más agrietada.

Ella no se llevó nada que no necesitara y él lo recogió todo como si lo estuviera recogiendo ella. El mismo método que ella usaba los domingos cuando hacían limpieza, las mismas bolsas de basura verdes y olorosas, el mismo delantal que colgaba flaco y manso tras la puerta de la cocina. Guardó sus cosas en un armario, al fondo y en la parte más baja, donde la vista no suele aventurarse. No tenía esperanzas en el encuentro que podría generar esa recogida de deshechos de vida, pero aún así, le daba sensación de no haberla perdido del todo. Los objetos, duros y vacíos, tienden a atraer sensaciones que a los seres humanos nos sobran. Las absorben y las convierten en deterioro o en sentimiento añejo, en función de lo que hayan recibido. Si es algo agradable, sencillo y honesto, el objeto envejecería con dignidad y con el orgullo de haber estado presente en una colección de instantes. El objeto tendría la vida que había vivido. Si por el contrario había recibido sensaciones agrias, rencores y dolor, el objeto sería un artificio más, algo sin valor y condenado a una vida de vertedero y terceras manos.

Esta tesis, como otras muchas, él las construía mientras se destruía. Soliloquios sin final le permitían no pensar en ella mientras exclusivamente lo hacía.

Pasado el primer año, la ausencia de ella había mutado y aunque ya no ocupara espacio, ahora generaba expectativas futuras. No sabía dónde estaría, qué estaría haciendo, cómo había sido el día siguiente a dejar de estar juntos. No podía preguntárselo a ella. Era imposible hacerlo, aunque algunas de las primeras noches lo hiciera en alto, asustándose del eco de sus palabras en un salón para dos que ahora solo habitaba uno. El eco lo amedrentaba y le hacía preguntar poco y hacia su interior.

La duda era peor que la certeza y él ya no podía vivir con más dudas.

Necesitaba saber qué hacía ella para poder pensar qué hizo mal él. Ese era el argumento más concreto, más creíble en su interior y también para todos los muebles, todos los cubiertos y todos los espejos que había en su casa y a los que tenía que dar explicaciones a todas horas.

La duda árida era la duda perversa y miserable del que no tiene un hilo para tirar. Se tumbaba en la cama, antes doble y ahora encogida sin pedirlo, con la ropa puesta y el reloj parado. Dejaba pasar las horas que no iban tan rápidas como él deseaba. Las dejaba pasar con respeto y con la ilusión del que no tiene que sufrirlas. Porque las horas se sufren cuando no se ama. Eso pensaba cada vez que el sol se decoloraba entre los agujeros mínimos de la persiana, que estaban ahí para eludir el verano y para dejar entrar la luz que lo hiciera sentir vivo entre un espacio muerto.

Nunca había bebido tanto ni tan rápido. La tienda de abajo, que era un paisaje, comenzó a servirle de apeadero etílico. Bolsas blancas llenas de botellas transparentes subían para quedarse y diseminar sus cadáveres por toda la casa. No tenía un lugar para beber. Lo hacía mientras caminaba por el piso, mínimo e inabarcable en esos días. La bebida, a veces dura y vomitiva, lo convertía en un ser que hablaba más alto de lo debido, que asustaba a los cuadros de las paredes. Bebía para recordar, para repasar, para sentir menos la angustia trágica del abandono.

En el trabajo al principio todo fueron ánimos y comprensión. Tras las primeras discusiones y las segundas ausencias, todo se convirtió en murmullos y vacío. Las almas atormentadas duran poco, después deben transformarse en almas invisibles como poco.

El despido llegó en octubre. Él pensó que tendría más tiempo para hablar al techo y para dejarse caer. Solo. La redonda palabra sobre la que dar explicaciones cuando alguien se relaciona era concepto que a él lo hacia naufragar dentro de su estómago inundado de líquido penoso.

Al otro lo conoció un día que era una noche a punto de reventar. Caminaba por la avenida despacio. Igual de despacio que el otro. Llegaron a la tienda de alimentación, pero sobre todo de bebidas, a la vez. Se cedieron el paso mutuamente como dos trenes que tosen. Dentro recorrieron el laberinto de anaqueles con el mismo método, buscando el mismo producto, la misma botella. Coincidieron más días en el mismo punto del ritual. El que te lleva a arrepentirte sin prisa. Para eso está pensada la bebida, para modular el tiempo del alma. Sentir manejando las aspas del motor que te alegra o te anula para siempre. El sentimiento correcto solo al principio, porque lo de después es ácido y doloroso. Aun así con el poder regular lo abajo que estás.

El otro era parco en palabras, pero ese silencio era programado. Debajo vivía una persona que necesitaba hablar de cualquier manera. Compartieron las primeras botellas en silencio cerca de la casa de él. Después, ya sin nada que esconderse, compraban juntos y bebían en los dos sofás apenas usados que él tenía mirando a la pared desnuda.

El otro había sido muchas cosas y ninguna. Tenía talentos y había vivido así siempre, saltando de oficio en oficio y evitando por lo más sagrado caer en las certezas. Ahora estaba peor que nunca. Con una obesidad de otros lugares, el otro caminaba oscilando, como sin tomar la decisión que le ronda y que consiste en dejarse caer o tirarse.

Lo que mejor hacia era entrar en la vida de los demás. Reventar contraseñas, mirar por las rendijas que deja la vida en este tiempo que atrapa a todos en las redes, en la tecnología, decían. Lo hacía por encargo, promulgaba. Cobraba poco o mucho, dependiendo del tiempo y de la necesidad de calmar la sed que ya siempre le acompañaba. Una dirección de correo electrónico y alguien era suyo para siempre. Después vendía la información a quien lo necesitara. Porque esto lo hace solo alguien que lo necesita, no es un capricho, justificaba sin aliento. Más de tres palabras era usar su reserva de aliento, el que se guardaba para el último. Por eso el otro moría un poco cada vez que su voz cacareaba, ahogada en su vacío.

El otro estaba solo desde que quiso. Solo una cama en una casa de muchos. Sin amigos, sin dinero, el futuro ya era el pasado. El otro tenía color de bilis en los ojos y de paredes muertas en el rostro.

Él lo pensó solo dos noches antes de contarle cuánto necesitaba saber de ella, cuánto quería encontrar un hilo del que agarrarse. Como ya conocía cuál iba a ser la propuesta de él, la conversación fue muy cómoda. Él seguía las palabras del otro moviendo los labios, como saboreando una letanía familiar. Terminó la propuesta cuando debía terminar y él le acerco un papel con una dirección de correo. Podía decirla de memoria, por supuesto, pero le daba miedo que como los puentes viejos de las películas de antes, al pasar por encima de la dirección de correo, su memoria se quebrase y se hiciera polvo, de tanto uso que le había dado en todas direcciones.

La primera entrega sería la más difícil, dijo el otro. Tardaría unos días y costaría un buen montón de dinero. Las demás, siempre una vez al mes, serían más sencillas.

Le explicó el proceso y le pareció bien. Entrar en la vida social a través de los perfiles privados de otra persona era el viaje. Conseguir fotografías, destinos, personas cercanas; la quimera. Necesitaba saber cualquier cosa que le permitiera encontrar respuestas. Su imaginación ya no era capaz de construir nada nuevo y lo antiguo se empezaba a borrar.

El día de la primera entrega, bebió menos de lo debido, según se dio cuenta después. Esperó al otro en casa cuando caía la tarde y cruzaron dos miradas en una hora. El otro parecía nervioso. Más que él. Le entregó un sobre grande y marrón, con los bordes romos y sin marcas. Le pidió que se lo devolviera después porque solo tenía uno. El otro comenzó a hablar de lo que había descubierto en los perfiles de ella. Un viaje a la costa, una cena, nada concreto. Alguna opinión política tenue, algunas fotografías de autopistas. No hay indicios de otro hombre, que es lo que de verdad te está hundiendo, le dijo sin respirar de nuevo. Tras el temblor de la frase, el otro abandonó el piso pidiendo más dinero por una nueva entrega de la vida de ella. Él aceptó con un suspiro tácito.

Cuando se quedó solo en la sala guardó los folios impresos por las dos caras en una carpeta y la hundió bajo la cama de color y olor a agua sucia.

Al siguiente mes, el otro llegó con un andar alegre, bebido no en exceso y con cierta mejora en su aspecto. El aliento fétido de otras veces era más ligero, más parecido a algo que acaba de empezar a corromperse. No se habían vuelto a ver desde la primera entrega de la vida de ella. Así lo determinó el otro. Seguridad, distancia, negocio. Él no entendía de eso. Solo quería estar mejor y esos folios que no leía lo conseguían. Habían empezado a construir otra vez los cimientos de su memoria y a dar luz al camino del futuro, a las siguientes noches sin dormir pensando en ella, en su vida pasada, en lo que podrían haber hecho juntos.

El otro le dejó los folios que sacó del mismo sobre, un poco más deteriorado, quizás por contener la misma historia de otras ellas que necesitaban escuchar otros él. Aviones, un aparente ascenso profesional, su cumpleaños, fotos de grupo. Las debe sacar ella, es muy vergonzosa, apenas aparece. Al salir el otro, el mismo ritual, la misma caja, el mismo agujero bajo la cama hecha de arenas movedizas.

El tercer mes el otro llegó con una novedad. Le costó decirlo tan crudo, pero había otro hombre. Moreno, alto, con dinero parecía. No aparecían juntos en imágenes, pero en el extracto de sus conversaciones por correo y a través de la mensajería del teléfono, se veía perfectamente que estaban juntos, que la cosa iba en serio, que era feliz, que sentía otra vez ser tan directo. El otro había mejorado su aspecto, parecía menos mórbido y la piel no le brillaba. El pelo ralo según la zona, ahora estaba rapado al cero y le daba un aspecto de niño pequeño enfermo grave pero de algo curable.

Él se alegró de la información, se alegró de que su dinero, cada vez más escaso, sirviera para construir su vida, para imaginar más fuerte. Esa noche bebió por ella y también por él un poco. Antes de quedarse dormido en el suelo de la cocina pensó en la última imagen de ella antes de irse y por primera vez, gracias a las palabras con la vista en el suelo del otro, logró hacer que esa imagen se moviera. Pasó de pensar en ella el último día en estático, a hacerlo como si fuera cine. Durmió hasta que la luz de la ventana le pidió que se marchara a la cama.

Al año, el otro, con un cambio también en su manera de hablar, pues se le veía seguro y un poco altivo, le propuso lo que él consideraba un negocio perfecto. Para qué iba a estar pagándole todos los meses por entrar en los perfiles de ella y espiar su teléfono si podía hacerlo él mismo. Las claves cambiaban a menudo pero su software cambiaba también para siempre tener éxito, le dijo. Le pidió dinero, mucho, por usarlo. Él acepto. Así tendrás el control y no solo dosis. Sé que es mucho dinero hermano, pero estás tan moribundo que ya puedes vivir sin beber. No lo necesitas.

Le pagó en billetes que ya tenía preparados para esa u otra cosa y el otro le dio una dirección y una clave. Le dijo que desde ese momento, por seguridad, negocio, privacidad, ya sabes, no volverían a verse. Ya no le necesitaba. El otro cogió los billetes y los metió en una bolsa de cuero marrón, nueva y con una textura humana. Salió rápido del piso y corriendo del portal. Él oyó sus pisadas en la acera vacía y sintió cómo se hacían cada vez más huecas.

Guardó la dirección y la clave en la caja, bajo la cama, que era parte de él en cierta medida y se tumbó sobre ella para diseñar, ahora que tenía todo el control sobre la mentira, los caminos por los que entrar en la vida ficticia de ella.

La caja bajo la cama era combustible para imaginarla como siempre había sido. Perderla no era soportable; recuperarla con imágenes irreales, la mejor forma de pasar los días.

Le dio en sueños las gracias al otro mil veces porque ella ya no estaba muerta. Nunca abrió la caja; solo la miró y la miró, pensando en las miles de horas mirando al techo que esa caja prometía. ♦︎

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